Capitulo 9

10K 432 4
                                        

—Chicos, esta tarde, pueden irse una hora antes.

—No, jefa, hay cosas por terminar —responde Jorge, tecleando con una concentración admirable.

—Usted tiene que descansar un momento —prosigue Scott.

—Así que, siéntese, tómese un tesecito, y cualquier cosa, le preguntamos —concluye María José.

Estoy tan feliz de mis chicos. Siempre tan considerados. Me senté y sonreí, agradecida por el equipo que había formado. Al parecer, sería un lunes hermoso. Hoy despacharía una hora antes, así podría cerrar el departamento y ver en qué podía ayudar a Ricardo.

Sé que todas en la empresa se quedan mirándome. Creen que me acosté con el jefe por su dinero. Si supieran que yo no lo necesito, que estoy trabajando para independizarme de mis padres y dejar de ser una mantenida...

Toqué su puerta. "¡Pase!" Escuché su voz. Entro, y al verme, la tensión de su rostro se relaja al instante.

—No deberías estar en tu puesto —dice, mirándome con una sonrisa que ya se me hace familiar.

—Vine a ayudarte.

—¿Y el departamento?

—Los despaché.

—¿No tienen trabajo pendiente?

—Nop. Mis chicos hasta adelantaron algunas facturas de mañana.

—Esa es mi chica —dice, y me indica que me siente en sus piernas.

Lo hago, y me abraza, el calor de su cuerpo es reconfortante.

—Me encanta que vengas a darme vueltas.

—Sé que tienes mucho trabajo y vengo a ayudarte —Me pasa algunos documentos.

Miro la hora y ya está bastante tarde. La luz de la oficina empieza a tornarse dorada.

—Ricardo, debemos irnos. Aún no has comido nada.

—Termino esto y nos vamos.

—No. Nos vamos ahora, y quiero que guardes todo.

—Tengo que tener listo todo esto, Ana, entiende por favor.

—Tienes el día entero sin comer nada. Te vas a enfermar.

—¿Estás preocupada por mí? —Levanta las cejas de esa forma tan graciosa, y no puedo evitar reírme.

—¡Estúpido! Claro que me preocupas. Eres el padre de Nuestro hijo. ¡No quiero decirle después que su papá murió por tarado!

—Bien, solo es revisar y nos vamos.

Al cabo de unos minutos, guardó todo. Salimos de la empresa, y la sensación me golpeó de nuevo. Cada vez que salgo, tengo la misma sensación "siento que me observan". Tengo la piel de gallina, me está dando hasta miedo. Subimos al coche y nos fuimos a casa. Yo tenía hambre.

2Meses Después

—El doctor te puso fecha de parto.

—Sip. Es en una semana.

—Ya no puedes ir a trabajar.

—Me necesitas.

—No voy a trabajar sabiendo que cualquier movimiento brusco te puede hacer daño.

—No me moveré de mi oficina.

—¡Qué mujer más terca!

—Hasta que no cedas, no dejaré de insistir —Sonreí. He descubierto que soy su debilidad, y no puede negarse a todo lo que pido. Le quiero mucho. Él se ha convertido en un buen amigo y sé que será un gran padre.

Nos pasamos la tarde hablando tonterías y haciendo bromas. Llamamos a Nuestros padres para avisarles que, en cualquier momento, el bebé llegaría. Hablé con Randy, mi hermano, y me contó que conoció a una linda chica en una heladería. Prometió presentármela.

Al anochecer, Ricardo insistió en que ya era hora de dormir.

—Ana, de verdad, ¿quieres ir a trabajar? No te ves muy bien.

—Sí, quiero ir. Si me quedo haciendo nada, me voy a aburrir.

—Ok. —Subimos al coche. Tenía un mal presentimiento, y algo me decía que no podía quedarme en casa, que tenía que estar cerca de él.

Llegamos a la empresa y, al bajar, sentí de nuevo esa mirada inquietante en la nuca.

Como es habitual, subimos en el ascensor. Al salir, nos dimos un beso rápido, y cada quien se fue a su labor. Al entrar al departamento, vi que ya los muchachos estaban allí. ¡Qué madrugadores! Los saludé y entré a mi oficina a terminar unas cosas.

Al mediodía, Vianky trajo el almuerzo. Comimos todos juntos en el comedor que instalé en el mismo departamento —idea de los chicos para que no tuviera que usar el ascensor. Después de almorzar, seguimos trabajando, y de repente, recibí una llamada extraña que se cortó al instante. Marqué el número, y no contestaron. Volvió a sonar, y contesté:

—¿Usted es Ana Ross?

—Sí, ¿quién habla?

La voz, distorsionada y fría, me heló la sangre.

—Su hermano Randy tuvo un accidente. Lo están ingresando al Hospital Central —Y colgaron.

¡¿Qué?! ¡Randy! Lo llamé, y no contestó. Seguí intentando, y nada. Me estaba desesperando. Sabía que Ricardo estaba muy ocupado, pero no podía esperar.

Tomé mis cosas y salí de la oficina, alarmando a los chicos.

—¿A dónde va? —cuestionó Scott.

—Debo ir al hospital. Mi hermano tuvo un accidente.

—Debe informarle al Señor Roberts.

—No se preocupen, cuando esté allá, lo llamo. —Me despedí y caminé al ascensor, llamando de nuevo a Randy.

Salí del ascensor, me despedí de uno de los guardias y esperé un taxi. Me sentía mareada, las palabras del doctor resonando en mi cabeza: "nada de estrés o emociones fuertes".

De repente, sentí un golpe seco y terrible en la cabeza. El mundo se tambaleó, y todo se volvió oscuro. Lo último que sentí fue la desesperación de saber que, por mi culpa, mi bebé estaba en peligro.

Nuestro {N.1}Donde viven las historias. Descúbrelo ahora