Capitulo 8

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El fin de semana transcurrió tranquilo y en familia. Un remanso de paz forzado. Mis padres, al igual que los de Ana, quedaron encantados con la noticia, y ya hasta le pusieron fecha a la boda. Será en casa de los Ross, un lugar con un jardín imponente, perfecto para la ocasión según nuestras madres. Con Ana, todo fue igual: hablamos, nos dimos una segunda oportunidad, acordamos muchas cosas, e incluso, ella aceptó venir a vivir conmigo. Nos iríamos adaptando uno al otro. Todo iba de acuerdo a un plan que yo nunca tracé, pero el destino se encargó de tirármelo en la cara y me empezaba a gustar.

Al regresar, empezamos con los cambios. Le comenté a Ana que quería decorar la habitación de Nuestro hijo, y ella me dejó claro que hasta que no supiéramos bien qué era, no podíamos estar haciendo planes. Y aquí estábamos, en la sala de espera, para su cita con su famoso doctor.

—¿Qué número eres?

—El ocho.

—¿Por cuál número van?

—Por el dos.

—No me gusta esperar —dije, golpeando ligeramente mi pie. La impaciencia era parte de mi ADN.

—Lo sé, pero debes tener paciencia. —Me miró, relajada—. ¿Por qué estás tan tranquila?

—Porque no es la primera vez que vengo. Cálmate, ¿sí? ¿Quieres un café? No has tomado ni una gota hoy.

—Iré a buscarlo. Ya vuelvo. —Fui a la máquina por un vaso y regresé.

—¿Por cuál número van? —pregunté antes de tomar un sorbo.

—El tres acaba de entrar. Me estás poniendo histérica, Ricardo.

—Ya, está bien. —Me tomé mi café en silencio. No quería arriesgarme a otra bronca.

Luego de lo que pareció una eternidad, nos llamaron. Pasamos a la sala con el doctor. Él le dio algunas instrucciones a Ana, ella subió a la camilla y dejó al descubierto su hermosa panza. El doctor le aplicó un gel, frío y azul, y lo empezó a distribuir con el aparato.

—Pues, aquí está —señaló la pantalla.

Vi a la criaturita. Era pequeña, una sombra bailando en un universo blanco y negro. Estaba bien posicionado.

—Y así se escucha su corazón. —Unos latiditos rápidos, frenéticos, llenaron la sala. Estaba tan emocionado que sentí un nudo en la garganta. Miré la cara de Ana, y ella estaba igual, con los ojos brillando.

—Y por aquí podemos ver que será un varón.

¿Qué? ¡Un niño! ¡Tendré un niño!

Salimos del consultorio. Todo esto lo hice con Ana de la mano, apretándola con fuerza. Le abrí la puerta del auto y luego giré para entrar. No sabía que esto de las citas era tan divertido. Debería investigar más sobre el embarazo a ver qué podía encontrar, y también para saber sobre los cambios drásticos de humor que tiene esta mujer, que, honestamente, son muy frecuentes.

—Ese no es el camino a casa.

—No iremos a casa.

—¿Y a dónde, entonces?

—¡A comprar las cositas de mi hijo! ¡Porque es un varón! —dije, emocionado. Pude ver la cara de felicidad que tenía Ana, su sonrisa era genuina.

Fuimos a la plaza y entramos en Baby Mundo. Me habían recomendado que comprara las cosas del bebé allí. Dando el recorrido con Ana, vimos cunas, muebles, armarios. Quise comprarlos todos, pero ella no me dejó; escogimos solo lo necesario. Pagamos y dimos la dirección para que llevaran las cosas a nuestra casa.

Entramos en otra tienda para bebés y compramos ropita, biberones y ciertas cosas que ella dijo que eran necesarias; hasta un extractor de leche. No sabía que las mujeres se ordeñaban. Pasamos por la ferretería y compramos unas cuantas latas de pintura. Con todo listo, nos fuimos a casa para ir guardando las cosas.

—Quiero pintar el cuarto del bebé.

—Claro que no, eso le haría daño —dijo, automáticamente.

—Puedo ver cómo lo pintarás.

—¿Tan rápido cediste? Pensé que me rogarías o pelearíamos por ello.

—Ya no te llevaré la contraria. Dejaré las cosas por la paz, cansa mucho el estar peleando contigo.

—¡Señor, me la has iluminado! —miré al techo, bromeando, y Ana rio. Me encantaba verla reír.

Llegamos a casa. Bajé todo y entré directo al cuarto que decidimos que era para el bebé. Dejé las latas y fui a cambiarme para empezar a pintar.

Me pasé la tarde pintando el cuarto de crema con detalles de animalitos, siguiendo las indicaciones de Ana. Mientras se secaban las paredes, fuimos ubicando los muebles y armamos la cuna. En un descuido, Ana me arrojó uno de los peluches. La miré, ella rio, y le tiré suavemente un cojín. Así iniciamos una guerra de almohadas improvisada. Cuando todo estuvo listo, nos tiramos en un sofá que puse a un lado de la cuna.

—¿Tienes hambre?

—Un poco. ¿Y tú?

—Mucha.

—¿Qué te gustaría comer?

—Quiero hamburguesas.

—¿De Leidy's?

—¡Sip! —dijo emocionada.

Pasamos por unas hamburguesas y luego por unos batidos. No sabía que salir con esta mujer iba a ser tan divertido. Nos tomamos unos días juntos, e incluso tomamos unas vacaciones cortas en la cabaña de mis padres en las montañas. Lo malo es que el lunes volvíamos a la realidad. Lo bueno es que íbamos a pasar más tiempo juntos, ya que ella accedió a trabajar conmigo. Tenía que prestarle más atención a mi negocio o, si no, iba a seguir cayendo.

El lunes nos levantamos bien temprano. Desayunamos algo ligero y fuimos juntos a la empresa. Al llegar, se nos quedaron viendo; más a ella que a mí, por supuesto. Verla con tremenda panza bajando del auto del jefe era obvio. Subimos por el ascensor. Nos dimos un beso —un beso rápido y necesario— y cada quien fue a su respectivo puesto.

Hablé con Vianky y le devolví su antiguo puesto en Finanzas. Se puso tan contenta al saber que volvería a trabajar con Ana, que no lo pensó dos veces: recogió sus cosas y me dejó solo. ¿Qué tiene esa mujer que todos quieren trabajar con ella?

Me pasé la semana buscando una secretaria, pero no encontré una que pudiera ocupar el puesto de manera decente. Ana, además de estar en su puesto, me ha ayudado con algunas cosas, sirviéndome como secretaria, pero no puedo abusar de ella. El doctor fue muy claro: ella no puede estar bajo mucho estrés.

Es viernes, y aquí estoy, planeando qué hacer después del trabajo. Tocan mi puerta. Veo cómo entra el mensajero, dejándome un sobre en mi escritorio.

—Lo mandan de recepción, señor —Asentí, y él se retiró.

Abrí el sobre y me quedé impactado al leer su contenido. Era una nota de amenaza, sin firma, pero con un mensaje escalofriante:

"Me enteré de tu mujercita. Cuídala, que ni ella se salvará de todo lo que pienso hacerte en venganza de lo que me hiciste."

Sentí un escalofrío helado. Beatriz. La rabia me quemó la garganta. Esto no era un juego de oficina. Ahora mi hijo y Ana estaban en peligro por mis errores pasados. La realidad me acababa de golpear más fuerte que la resaca más terrible.

Nuestro {N.1}Donde viven las historias. Descúbrelo ahora