Epilogo

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ᴥ Años después ᴥ

Desperté sobresaltado, con una mano diminuta y cálida palpando mi rostro en la oscuridad. El sobresalto duró solo un segundo, reemplazado de inmediato por una paz profunda.

—¿Qué pasa, campeón? —pregunté, mi voz grave y soñolienta.

—No puedo dormir, papi. Tuve un sueño feo.

—Ven, te haré un espacio. —Me acomodé mejor en la cama, deslizando el brazo bajo el edredón para que David subiera junto a mí. Su pequeño cuerpo se acurrucó contra mi pecho, y en segundos, la respiración se le hizo lenta y rítmica. Sí, David era el nombre que Ana y yo decidimos el mismo día que el doctor, con lágrimas en los ojos, nos confirmó que teníamos un niño. Cada vez que lo abrazo, recuerdo el terror de aquella noche y la inmensidad de la segunda oportunidad que nos fue dada.

En la mañana, un olor a huevos revueltos y tocino inundó mis fosas nasales, una fragancia de hogar que nunca creí merecer. Me moví, buscando a David, pero la cama estaba vacía. Me levanté y caminé descalzo hasta la cocina. Lo encontré sentado a la mesa, degustando unos pancakes con una seriedad cómica.

Me acerqué a mi esposa, que estaba junto a la estufa, la imagen misma de la serenidad. La abracé fuerte por la espalda, sintiendo la firmeza de su cintura y la suave curva de su cuerpo, antes de besarla en los labios.

—Buen día, mi amor.

—Buenos días. —Ella se giró para devolverme el beso, sus ojos castaños llenos de esa calma que me anclaba a la tierra. Deslicé mi mano hacia su vientre abultado de cuatro meses y lo besé con ternura. Un saludo matutino para el nuevo inquilino.

—¿Vas a desayunar? —preguntó ella. Asentí. Colocó los platos humeantes en la mesa, y nos sentamos, un cuadro de familia perfecta, aunque tardía.

—Luego de almorzar iremos al zoológico —anuncié.

—¡Siiiii! —gritó David, dejando caer el tenedor, la emoción pura en su rostro.

—Recuerda que tienes cosas que hacer, Ricardo. El informe de fusión debe estar listo —me recordó mi esposa, con ese tono profesional que a veces no podía evitar.

—Charlotte, no arruines el día familiar —protesté, usando el apodo que a ella le molestaba (y me encantaba). Ella se rio y negó con la cabeza, una risa clara que era música para mí.

Luego de prepararnos, nos subimos al auto y condujimos hasta el Zoológico. El camino estuvo lleno de risas, canciones infantiles que jamás pensé aprender, y los juegos que David inventaba. Quien diría que años atrás estuve a punto de perder lo que más amo en este mundo. Era un recordatorio constante de la fragilidad de la vida.

Llegamos, compramos los boletos, y dimos vueltas viendo los animales. Yo sostenía la mano de Charlotte, sintiendo la vida crecer entre nosotros.

—¡Mami! —dijo David, tirando de la mano de Charlotte—. ¡Mira los monos!

—Ten cuidado, campeón —respondió ella, paciente.

—Sí, mami. ¡Mira los monos! —repetí yo, levantando mis cejas de una forma divertida. Era una broma interna nuestra. Ella rodó los ojos, pero rió.

—Contigo no se puede —murmuró, su voz llena de cariño.

Me detuve, la giré para que me mirara, y acaricié su mejilla.

—Te amo, Charlotte. Lo sabes, ¿verdad?

Su sonrisa se borró un instante, un recuerdo sutil de nuestros inicios.

—Pensé que solo era un juego para ti.

—No. Me disté dos hermosos regalos —dije, mirando su vientre y luego a David, que corría hacia la jaula de los leones.

—Lo sé —Nos abrazamos, un abrazo profundo y prometedor—. Pero deja de llamarme Charlotte. Sabes que no me gusta.

—Me encanta molestarte, Ana... Mi Ana... Te amo...

—Yo más amor.

El sol brillaba. El olor a animales y aire fresco se mezclaba con la fragancia de su cabello. La vida no era perfecta, pero era nuestra. Era ruidosa, caótica a veces, pero construida sobre una base de terror compartido y un amor que floreció a pesar de las balas y las amenazas. Era la vida en familia que un hombre como yo, un antiguo imbécil, nunca pensó que merecería. Y no la cambiaría por todos los negocios del mundo.

Nuestro {N.1}Donde viven las historias. Descúbrelo ahora