¡Por todos los santos Ana, que hiciste!! Y con el jefe!! Esto no puede ser, tiene que ser una broma de mal gusto, si eso es... es una broma... o un sueño, si eso es... es un sueño... – frente al espejo, miro mi antebrazo y sin pensarlo me pellizco –¡auch! No, definitivamente no es un sueño Ana – suspiro – ya lo hiciste pendeja, no es momento de quejarse ni lloriquear.
Tomo una ducha rápida, con mil cosas en la cabeza. Al sentir que ya estoy lo suficientemente limpia, salgo del baño y me encuentro que sobre la cama hay una camiseta y unos pantalones cortos bien doblados. No lo pienso dos veces y me cambio. Salgo de la habitación admirando los cuadros del pasillo, todos son paisajes coloridos que van acorde a la decoración minimalista que tiene la casa.
Bajo las escaleras, mientras llega a mis fosas nasales el delicioso aroma de huevos revueltos, tocino frito y algo de frutas. Ya en el primer piso, lo veo sentado en el comedor, con el celular en las manos.
-ven a desayunar Ana – ordena sin despegar la mirada del celular, luego de sentir mi presencia.
Como la niña obediente que soy, asiento sin decir una sola palabra. Tomo la silla junto a él y me siento en la mesa.
Desayunamos en un silencio para nada incomodo, se ve tan guapo cuando esta relajado, cuando no anda dando órdenes de aquí para allá. Ahora que tengo la oportunidad de tenerlo más cerca, me fijo en que tiene unas cuantas pecas en los pómulos que lo hacen ver más joven. Todo un espécimen digno de estudio.
Tras terminar de comer y sin dale mucho tiempo de reacción, recojo los platos, tomando dirección hacia la cocina. Los lavo mientras trato de disipar la mente, asimilando la situación en la que me encuentro, tarareo una canción mientras voy guardando los trastes.
Satisfecha al dejar todo limpio y acomodado, giro al sentir su presencia imponente, con sus ojos fijos en mí, con esa mirada penetrante que te hiela la sangre. Un escalofrío me recorre todo el cuerpo.
—¿Pasa algo? —pregunté, acercándome apenas un poco. Mantuve mi voz firme, casi plana.
Respiró hondo. Su mandíbula se tensó.
—Necesito que hablemos, Ana. Pero no con esa distancia de "empleado-jefe" que nos impone la situación.
—Claro que debemos hablar, Ricardo —respondí. Mis ojos no se apartaron de los suyos—. Pero siento que tiene algo más que decirme. Algo que va más allá de un simple "lo siento, estaba ebrio". Dígalo de una vez. Deje de darle vueltas.
Se quedó mirándome, la sorpresa cruzando su rostro. El Ricardo que yo conocía en la oficina nunca se habría quedado sin palabras.
—Lo que voy a decir... quizás suene descabellado, lo sé. Pero... ¿sería muy atrevido, muy imprudente, que te pida que te quedes esta tarde?
No me moví. Sentí un escalofrío. Mis labios se apretaron.
—Sí, Ricardo. Suena poco común. Suena a que está intentando cubrir el error más grande de su carrera con una charla amistosa que no resuelve el hecho de que... que me acosté con mi jefe y perdí mi virginidad borracha.
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Nuestro {N.1}
Historia Corta1er libro de la Saga Conflictos Familiares. Ellos no se gustaban, ni siquiera se miraban, pero una mala jugada del destino, los unirá!!
