Capitulo 4

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—Buen Día —comenté, entrando en la empresa. Esas semanas de descanso me sentaron de maravilla, y hoy podía apreciar que los empleados estaban más activos que nunca. El ambiente se sentía limpio, revitalizado. Espero que den todo por el todo.

Subí por el ascensor, verificando unos cuantos correos. El ascensor se detuvo en un piso que no era el mío; subieron unas cuantas personas. Me saludaron, y respondí con una sonrisa, el saludo automatizado del jefe. Llegué a mi piso y caminé a mi oficina.

Al llegar a la puerta, me fijé en que Beatriz no estaba en su escritorio. Esa chica va a tener problemas. Abrí la puerta de mi oficina y la encontré sentada en mi escritorio, semi desnuda.

—¿Qué diablos estás haciendo? —rugí.

—Quise sorprenderte —respondió, con esa mirada estúpida y calculadora que siempre ponía.

—Prepara tus cosas. Estás despedida.

—No puedes hacerme esto, estoy embarazada de ti.

Me reí, sin humor.

—No digas estupideces, Beatriz. Te pueden salir caras.

—Claro que lo estoy, y es tuyo.

—Si es mío, no te molestará ir conmigo a un doctor.

—¿Por qué no crees en mis palabras?

—Porque estás desesperada y dirías cualquier cosa para tenerme otra vez. Ahorrémonos el teatrito de llevarte al doctor. Recoge tus cosas y vete de la empresa antes de que acabe con tu vida —La amenaza no era literal, pero sí sentí la rabia. Ella abrió mucho los ojos, y supe que iba a llorar. Se cambió rápidamente y salió corriendo de mi oficina.

«Eres un imbécil». Las palabras de Ana llegaron a mi mente. Debería despedirla por haberme hablado así, pero no, no mezclo lo personal con el trabajo. Respiré hondo y comencé mi día con un informe financiero.

Ya para las doce, recordé que no tenía secretaria. Debía conseguirme una de aquí mismo. Veamos, ¿Cuál está más capacitada? Vianky Montero. Fue secretaria bien recomendada, perfecto, está en el área de finanzas. Llamé a la extensión.

—Ross —contestó Ana. Esa mujer siempre al pie del cañón, a pesar de todo.

—Necesito hacer un cambio.

—¿A quién necesita?

—A la Señorita Montero. No tengo secretaria y creo que es la correcta para el puesto.

—Usted es el jefe, va de camino —Y colgó.

Me colgó, a mí, a su jefe. Mejor me calmo, esto es estúpido. Cinco minutos después, tocaron mi puerta.

—Pasen —dije, y entró la Señorita Montero.

—¿Me mandó a buscar?

—Sí, siéntate —Le mostré la silla—. Aquí tengo tus papeles. Quiero ascenderte de asistente en finanzas a secretaria del jefe. Prácticamente lo mismo, pero con más exigencias.

—¿Y si me niego?

—¿Por qué te negarías ante mi propuesta?

—Con todo respeto, Señor, me gusta el área de finanzas.

—Hace unos meses, pediste tu traslado, lo veo aquí. ¿Por qué ahora no quieres?

—Cuando reemplazo a la encargada, ese departamento cambió. No solo yo lo digo, ahora sí se puede trabajar, y mejor que antes.

Maldición. Ana.

—Lamentablemente, ya firmé su cambio. Empiezas hoy. Tomarás el escritorio que era de Beatriz. Te daré un día para que te adaptes.

—No se preocupe, estoy bien. ¿Con qué empezamos?

—Perfecto. Empieza archivando los papeles que están en tu escritorio —Asintió y se fue.

Es cierto, por lo menos ya es un departamento menos al que debo hacerle algunas reformas. Los días pasaron, y con el tiempo se disiparon algunas cosas. La tal Vianky resultó ser mejor que Beatriz. Más eficiente en todo, incluso hasta en el café.

Tocaron mi puerta. —Pasen —dije, y para mi sorpresa, entró Ana.

—Tenemos que hablar.

—Si no son cosas de la empresa, no tengo nada que hablar con usted —respondí secamente. El recuerdo de su frialdad al irse aún me picaba.

—Bien, pues cuando mires esto, me llamas —Me entregó un sobre y se retiró. ¿Qué querrá Ana?

Tomé el sobre y lo abrí. Eran unas sonografías con una manchita en el medio. Decía que el feto tenía tres semanas... No puede ser, ¿o sí?... No usamos protección... y esa puta no se cuidó. Mierda, Ricardo, metiste la pata. ¿Y qué quiere, dinero? ¿Una boda?

Tuve que llamarla.

—Te espero en el café de Mary —dijo, y colgó. Estoy jodido.

—Vianky, saldré por unos momentos, cualquier cosa, llamas a mi celular —Ella asintió y continuó con su trabajo.

Esto no puede ser. No puede ser. Tanto tiempo que me cuidé, que hice todas mis averías bien calculadas, tantas veces que me dije que no me metiera con empleadas y mira. Todo por lo que luché, al caño. Pero esto tiene que tener solución.

Salí al parqueo de la empresa y subí a mi auto rumbo al famoso café de Mary. Ella tiene que darme una buena explicación. Aparqué en el estacionamiento y al entrar la vi en una mesa con una taza en las manos.

—Quiero que me explique esto —Le arrojé el sobre sobre la mesa.

—Tengo tres días de licencia por malestares. Estuve hoy en el doctor y me dijo que estoy embarazada, faltan algunos días para tener un mes.

—¿Y dirás que es mío?

—Eres el único hombre con el que he estado.

—Eso no me prueba a mí nada – solté con frialdad, no voy a ser ante su chantaje.

—Está bien. Solo quiero decirte que lo voy a tener, contigo o sin ti —Se levantó y salió de la cafetería.

Puse unos billetes en la mesa y, al salir, la vi esperando un taxi. Sentí la necesidad de decirle que la llevaría, pero no. No correré el riesgo de que nos vean juntos.

Llegué a la empresa y me encerré en mi oficina. Tenía la cabeza llena de pensamientos. ¿De verdad será mío? No, no puede ser. Quizás sea un truco, sí, eso debe ser, un truco bien tramado. La estúpida de Beatriz lo intentó, pero no llegó tan lejos como esta. Debió pagarle a un doctor para que hiciera esas fotos de la sonografía.

Escuché cómo se abría la puerta y miré a Vianky.

—Señor, disculpe, mandaron esto de RRHH. Es la carta de renuncia de Ana Ross.

Es un chiste.

—¿Quién la trajo?

—Ella misma. Está recogiendo sus cosas de la oficina.

Salí disparado hacia ese departamento. Ella no puede hacerme eso, ahora que la empresa va bien.

—¿Qué pretendes? —grité, entrando al departamento y llamando la atención de todos.

—Hasta ahora nada, ¿por? –hablo con una calma inquietante.

—Si descubro que es un truco, te va a ir mal.

—Ya no me importa. No me puedes hacer más daño del que ya hiciste.

—Te necesito aquí en la empresa.

—No necesito que me ruegues. Mi decisión está tomada —Tomó la caja con sus cosas y salió.

Todos me miraban con deseos de saber por qué Ana se fue. Esa decisión de ella me recuerda a lo que me dijo. No mezclo mi vida personal con el trabajo...

Nuestro {N.1}Donde viven las historias. Descúbrelo ahora