El sonido del disparo fue la mecha. ¡Maldito desgraciado! Vi el fogonazo, vi el cuerpo de Ana desplomarse. Sin dudar, saqué mi propia arma, un respaldo legal que siempre llevaba, y le vacié el cargador al cobarde que disparó. Tenía que matarlo. Tenía que protegerla.
Corrí hasta Ana. La vi desangrarse en el pavimento, la nieve blanca ahora manchada de un rojo escandaloso. La levanté como pude, ignorando la sirena de dolor en mi propia cabeza, y la cargué hacia la ambulancia que ya estaba llegando.
—Viniste a buscarnos —dijo con voz débil, sus ojos intentando enfocarme.
—Claro. Iría hasta el fin del mundo por ustedes.
—Te amo —Fue lo último que escuché antes de que sus ojos se cerraran y su cuerpo se relajara, inerte, en mis brazos.
La entregué a un camillero. Le dieron asistencia de inmediato para llevarla al hospital. Mi bebé tenía que nacer bien. Ana tiene que estar bien. Subí con ella en la ambulancia, sujetándole la mano, rogando por una señal de que estaba consciente.
Llegamos al hospital. La ingresaron a emergencias. Horas fueron y vinieron, y yo seguía aquí, esperando a que alguien me diera una respuesta. Si Beatriz no se hubiera disparado, yo la mato con mis propias manos. Esa maldita mujer es la causante de que Ana esté así.
Finalmente, salió uno de los doctores, su rostro grave.
—Señor Roberts.
—¿Qué pasa, doctor?
—Debe decidir, Señor Roberts. El bebé o su esposa.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. No podía ser real.
—¡¿Cómo me dice eso?! ¡Tienen que estar bien los dos!
—Están muy delicados. Ambas vidas están en riesgo, Señor.
—¡Tiene que salvarlos o cierro este maldito lugar! —rugí. La amenaza era vacía, pero la desesperación era auténtica. El doctor asintió, su expresión tensa, y volvió por la puerta que salió.
Estaba al borde del colapso. Di vueltas y vueltas por toda la sala de espera hasta que vi a Randy llegar.
—¿Qué ha pasado? —preguntó, con la misma desesperación.
—Me pusieron a decidir por Ana o el bebé. —Randy se puso blanco, al igual que yo.
—¿Qué dijiste?
—Decidí por los dos. Ese estúpido médico no puede hacerme elegir.
—Verás que saldrá bien —dijo Randy, con un esfuerzo visible por sonar optimista.
Ya llevaba alrededor de una horas esperando. Estaba exhausto. Me estaba quedando dormido en una de las sillas, cuando escuché a una de las enfermeras llamarme.
—Señor, el doctor dice que puede pasar. —Asentí, y la seguí.
Me ayudó a ponerme uno de esos trajes azules, un gorro y a cubrir mis zapatos. Me lavé las manos, me coloqué unos guantes. Entramos a la sala. Vi más enfermeras, las luces de quirófano, y al doctor.
—Señor Roberts —Me acerqué. Mi corazón latía a un ritmo frenético—. Es para que corte el cordón de su bebé.
Miré al niño en brazos de la enfermera. Estaba limpio, diminuto, con un llanto débil. Ese era mi hijo.
Tomé las tijeras que me dio el doctor y corté su cordón umbilical. La enfermera me lo entregó. Era cálido y pesado. El bebé se acomodó en mis brazos. Rodeé la camilla y me acerqué a Ana, que estaba pálida, sin fuerzas.
—Mira, chiquito, esa es tu mami —le mostré el bebé.
Ana sonrió. Una sonrisa débil, pero radiante.
—Hola, amor —dijo, casi inaudible, y de pronto, sus ojos se cerraron.
Entré en pánico. Las máquinas empezaron a sonar con un pitido estridente.
—¡Estabilícenla! —gritó el doctor, inyectando algo en ella. Una enfermera tomó al niño de mis brazos.
—Debe salir de aquí, señor —dijo otra, empujándome hacia la puerta.
—Ella debe estar bien —le rogué—. ¡ANA! ¡ANA! —Grité su nombre antes de salir. Mi hijo estaba a salvo, pero la mujer que amaba se desvanecía ante mis ojos.
Fin
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Nuestro {N.1}
Nouvelles1er libro de la Saga Conflictos Familiares. Ellos no se gustaban, ni siquiera se miraban, pero una mala jugada del destino, los unirá!!
