Estos informes del nuevo equipo que nos mandaron de China van bien, se venden como pan caliente. Me gusta que me den buenos resultados. Estoy terminando de firmar unos papeles, sintiéndome satisfecho, cuando la puerta se abre de golpe. Uno de los guardias de recepción entra corriendo, su rostro pálido y sudoroso.
—¡Señor! ¡Se llevaron a la señora Ana!
—¿Qué dices? —rugí. Mis alarmas se activaron de inmediato. Era peor que un ataque de pánico; era terror puro.
—Unos hombres encapuchados se la llevaron. Le dispararon a los guardias de la puerta, ¡estos van camino al hospital! —La información era un golpe tras otro.
Me levanté de mi asiento, tirando la silla hacia atrás. Corrí escaleras abajo, directo al departamento de Finanzas. Tenían que darme una explicación.
—¡¿POR QUÉ DEJARON IR A ANA?! —Grité furioso. Los chicos se encogieron, asustados por la explosión.
—Recibió una llamada, señor —dijo Vianky.
—Su hermano está en el hospital —añadió Scott.
—¡Joder! —Tomé mi teléfono y llamé a Randy; no cogió. Llamé a Ana; el mismo resultado. Grité al equipo—. ¡Acaban de secuestrar a Ana en las puertas!
—Scott, rastrea el teléfono —dijo Vianky, asumiendo el mando con una calma impresionante.
—Enseguida —respondió el chico, tecleando rápido en su ordenador.
—María José, intenta ubicar al hermano. —La chica asintió, pálida—. Señor, no se preocupe, la encontraremos.
La miré, mi respiración agitada.
—¿Eres policía?
—Soy ex militar, señor, y Scott era informático de la CIA. —Santo cielo, en verdad no sé a quiénes contrato en mi empresa.
Los chicos llevaban varios minutos tratando de rastrear. Lo único que se confirmó fue que Randy estaba bien y venía de camino a la empresa. Pensando en el caos, fui a mi oficina y busqué la carta que me llegó hace unas semanas, la amenaza de Beatriz, a ver si era de ayuda.
Justo cuando las tenía en la mano, recibí una llamada a mi celular. Era un número desconocido. Contesté de inmediato.
—Roberts —dije, tratando de sonar firme.
—Si quiere ver con vida a su mujer e hijo, necesitamos treinta millones de dólares en una maleta —Una voz distorsionada y robótica, desprovista de emoción.
—¡Espera! ¿Dónde...? —La línea se cortó.
¡Oh, Dios, que Ana esté bien!
Regresé con el equipo, el miedo transformado en adrenalina pura. Les entregué la carta arrugada y les conté sobre la llamada. Scott rápidamente interceptó mi teléfono y ubicó el número de donde me llamaron.
—Esta es la letra de Beatriz —dijo una de las otras chicas, Kiara.
—¿Estás segura, Kiara?
—Claro, mire. —Nos mostró un documento archivado con su puño y letra—. Qué estúpida.
—Perfecto —comenté. La ira era un fuego frío. Si le pasaba algo a Ana o al bebé, ella me las iba a pagar bien caro—. Rápido, localícenla.
A la verdad que este es un buen equipo; estos chicos son muy entregados. Ya entiendo por qué Ana los pidió cuando aceptó el puesto. Luego de algunos segundos, ya teníamos la ubicación. Por seguridad, Jorge y Samanta fueron por ella. No querían que me moviera ni un centímetro de aquí, porque yo era el blanco, era a mí al que querían.
—¿Qué ha pasado? —Randy entró, jadeando.
—Ven, siéntate —Le conté lo que había pasado y todo lo que habíamos hecho. Él también colaboró en la investigación.
Estaba tan desesperado. Ana pronto daría a luz, y no sabía en qué condiciones la tendrían. ¿Estaría herida? ¿Asustada? Quería tenerla y abrazarla. Ya hasta la amo, y cómo no, ¿quién no amaría a una mujer tan encantadora, paciente, decidida, con un corazón que vale oro?
—Listo —comentó Scott—. Los demás encontraron a Beatriz. No quiere hablar hasta que hable con usted, Señor.
—Pues, andando.
Bajamos a la primera planta. Jorge y Samanta tenían a Beatriz. Estaba sentada, muy asustada, pero con una mirada de locura helada en los ojos.
—¿Dónde la tienen?
—No diré nada hasta que estemos solos —Les asentí a los chicos, y estos se retiraron.
—Yo debí ser tu esposa.
—Ana y yo no estamos casados.
—Va a tener un hijo tuyo.
—Eso no significa que estemos casados.
—¡Pero lo harán pronto, lo sé! Están planeando la boda. Ella no te quiere, ¡yo sí!
—Beatriz, entiende, tú y yo nunca tuvimos nada. Eso que pasó entre nosotros fue un error.
—Fue lo más hermoso que me ha pasado. Yo te quiero, Ricardo, y si no puedo estar contigo... —Se levantó de su silla, y de repente, sacó una pistola de su cintura—. Ella tampoco. Di la orden de que si no llego en treinta minutos, la maten. Y por lo visto, no la volverás a ver.
Llevó el arma a su sien, y antes de que pudiera moverme o gritar, apretó el gatillo.
El sonido del disparo fue ensordecedor. Me quedé atónito, viendo cómo el cuerpo de Beatriz caía sin vida. Esta mujer siempre ha estado loca.
—¡Tenemos media hora para encontrarla! —Grité al equipo que entraba corriendo. El tiempo se acababa. Tenía que salvar a Ana.
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Nuestro {N.1}
Short Story1er libro de la Saga Conflictos Familiares. Ellos no se gustaban, ni siquiera se miraban, pero una mala jugada del destino, los unirá!!
