Ruby, una híbrida de conejo, creció sin saber que tenía un hermano gemelo, Aqua, un híbrido de tigre. Su madre, una coneja, se la llevó al nacer, mientras su padre tigre se quedó con Aqua. A los 18, su madre le reveló la verdad: Aqua vivía en el campo. Furiosa por el secreto, pero intrigada, Ruby decidió conocerlo.
Al llegar a una lujosa mansión, Aqua la recibió en la entrada. Su cabello rubio brillaba bajo el sol, y sus ojos azules tenían un destello salvaje.
“Hola, Ruby, soy tu hermano,” dijo, con una voz que vibraba con algo más que cortesía. Ruby, nerviosa, solo respondió, “Hola.”
Aqua la guio por la mansión, mostrándole salones opulentos y una habitación para ella. Intentó conectar con él, pero Aqua era esquivo, su mirada cargada de un deseo que Ruby no entendía. Antes de partir por un viaje, dejó un cuenco de zanahorias.
“Para ti, mi pequeña coneja,” dijo, acariciándole la cabeza con dedos que se demoraron demasiado, encendiendo un cosquilleo en su piel. Luego, se fue.
Sola, la naturaleza hipersexual de Ruby, propia de su herencia de conejo, se desató. Su cuerpo ardía, sus muslos se apretaban instintivamente.
Explorando, encontró una puerta entreabierta que llevaba al cuarto privado de Aqua.
Dentro, había espejos en las paredes, velas apagadas y un aroma a cuero y almizcle que la mareó.
Sobre una mesa, un cuaderno abierto de Aqua describía su lucha con sus instintos de tigre:
“Ella es como yo. Si la veo, no podré contenerme.” Ruby tembló, su cuerpo reaccionando con un calor húmedo entre sus piernas.
Esa noche, incapaz de resistir, Ruby se deslizó bajo las sábanas, sus dedos explorando su cuerpo mientras imaginaba a Aqua.
En su mente, él la encontraba así, vulnerable, y no se detenía.
Sus manos de tigre la sujetaban con fuerza, su lengua recorría su cuello, sus orejas de conejo temblaban mientras él susurraba, “Eres mía, Ruby.” Se tocó frenéticamente, gimiendo su nombre hasta que un clímax la dejó jadeante, pero insatisfecha.
A la mañana siguiente, Aqua regresó sin aviso.
La encontró en su cuarto, el cuaderno en sus manos, su rostro sonrojado.
“¿Curiosa, hermanita?” dijo, acercándose con una sonrisa felina.
Sus ojos recorrieron su cuerpo, deteniéndose en sus muslos apretados. Ruby, atrapada entre la vergüenza y un deseo ardiente, no se movió.
“No deberías husmear,” murmuró Aqua, rozando su oreja con un dedo, haciéndola estremecer.
“No me detuviste,” respondió Ruby, su voz quebrándose.
Aqua la atrajo hacia él, su aliento caliente contra su piel. “Pequeña coneja traviesa,” gruñó, sus manos deslizándose bajo su blusa, acariciando su cintura. Ruby gimió, sus instintos de conejo rindiéndose al dominio de su hermano tigre.
Aqua la alzó con facilidad, sentándola en el borde de una mesa.
Sus dedos rasgaron su ropa, dejando su piel expuesta. “Eres tan suave,” dijo, su lengua trazando un camino desde su cuello hasta sus pechos, mordisqueando suavemente. Ruby arqueó la espalda, sus uñas clavándose en los hombros de Aqua mientras él exploraba más abajo, sus dedos encontrando su calor húmedo.
“Estás empapada,” susurró, deslizando un dedo dentro de ella, luego dos, moviéndolos con una precisión que la hizo jadear.
“¡Aqua, por favor!” suplicó Ruby, sus caderas moviéndose contra su mano. Él sonrió, su mirada hambrienta, y se arrodilló, reemplazando sus dedos con su lengua. Lamió con avidez, saboreándola mientras Ruby se retorcía, sus gemidos resonando en la habitación.
El placer era abrumador, sus alas de conejo vibrando mientras alcanzaba un clímax que la dejó temblando.
Pero Aqua no terminó. Se puso de pie, desabrochando sus pantalones, revelando su erección. Ruby, aún jadeante, lo miró con una mezcla de temor y deseo.
“No sé si puedo…” empezó, pero Aqua la silenció con un beso feroz, sus lenguas enredándose. “Puedes, mi coneja,” gruñó, guiándola para que se sentara a horcajadas sobre él.
Ruby, temblando, se frotó contra él, su cuerpo pequeño luchando por adaptarse a su tamaño. Aqua la sostuvo, moviéndola lentamente, sus manos firmes en sus caderas. “Eres tan apretada,” murmuró, mientras Ruby gemía, sintiéndolo llenarla. Cada movimiento la llevaba al borde, su cuerpo temblando de placer y dolor.
“¡Aqua, es demasiado!” lloriqueó, pero no quería que parara.
Cuando Aqua alcanzó su clímax, su calor la llenó, desbordándose por sus muslos. Ruby se desplomó contra él, exhausta, su cuerpo aún palpitando. “Eres perfecta,” susurró Aqua, lamiendo una lágrima de su mejilla. Ruby, avergonzada pero extasiada, no pudo responder. Sabía que eran hermanos, pero la conexión entre sus instintos animales era innegable.
“No volveremos a ser solo hermanos,” dijo Aqua, acariciando su cabello. Ruby, aún en sus brazos, no supo si quería que eso cambiara.
