En el departamento, Ruby ya no encendía las luces. Vivía solo para su hermano fallecido.
Aqua aparecía siempre igual: desnudo, pálido, miembro erecto y helado, goteando escarcha. Su voz era un eco grave que vibraba dentro de los huesos de Ruby.
La primera noche la tomó dormida. La segunda, ella ya lo esperaba de rodillas en el pasillo, boca abierta. Aqua la agarró del pelo y la folló la garganta hasta que lágrimas y escarcha le corrían por la barbilla.
Después la cargó al sofá, le abrió las piernas como si fueran de papel y la penetró hasta el fondo. Cada embestida era un latigazo de frío que le quemaba el útero. Ruby gritaba su nombre, clavándole las uñas a un cuerpo que a veces era sólido y a veces la atravesaba.
Una noche la dobló contra la ventana del balcón, la folló por detrás mientras los vecinos podían verla si miraban arriba: tetas aplastadas contra el vidrio frío, boca abierta, empalada por un fantasma que nadie más veía.
Otra vez la ató con sus propias sábanas y la lamió durante horas, lengua gélida en el clítoris hasta que Ruby se corrió tantas veces que orinó de placer, temblando y suplicando que no parara.
Aqua la llenaba de semen fantasmal que se evaporaba en humo frío, dejando su coño hinchado y ardiendo por dentro. Marcas de mordidas heladas cubrían sus pechos, cuello y muslos internos.
Ruby dejó de salir. Dejó de comer. Solo esperaba, desnuda y abierta en la cama, el momento en que el aire se volvía hielo y su hermano muerto volvía a reclamarla.
Una noche, mientras Aqua la penetraba salvajemente por el culo por primera vez, Ruby susurró entre gemidos:
—llévame con tigo
Aqua sonrió con dientes de escarcha y embistió más fuerte.
Tal vez mañana...
