En el camerino después del concierto, solo quedaban ellos dos.
Ruby aún jadeaba por el encore, sudor brillando en su cuello. Aqua cerró la puerta con llave, la miró fijo y dijo con voz ronca:
—Quítate todo menos las medias.
Ruby obedeció temblando de anticipación. Se quedó en lencería negra y medias hasta el muslo. Aqua la empujó contra el espejo, le levantó una pierna y la penetró de una sola estocada profunda.
El espejo se empañó con sus alientos. Cada embestida hacía temblar el camerino; Ruby gemía su nombre mientras él le apretaba el cuello justo lo suficiente.
—Eres mía, Ruby. Siempre lo fuiste.
La giró, la inclinó sobre el sofá y la tomó por detrás, azotándole el culo hasta dejarlo rojo. Ella se corrió gritando, apretándolo dentro, y Aqua no se detuvo: la llenó hasta que el semen le chorreaba por los muslos.
Después la cargó, aún dentro de ella, y la sentó en la mesa de maquillaje. La besó con hambre mientras volvía a moverse lento y profundo.
—Otra vez —susurró Ruby, clavándole las uñas en la espalda.
Aqua sonrió y la folló hasta que ambos colapsaron, sudorosos, temblando, con el eco de sus gemidos todavía rebotando en las paredes.
