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Capítulo VII

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El pelo de Misuzu empezó a crecer y a tornarse blanco como la nieve. Se agitaba con la brisa que emanaba a su al rededor. Misuzu, que tenía la cabeza gacha, empezó a alzarla con tranquilidad y elegancia, tenía los ojos cerrados, como si durmiera.
-¡Levanta!-exclamó uno de los ángeles que la rodeaban.
Pero ella no se movió, seguía de rodillas con los brazos colgando, como si le pesaran.
-Misuzu Miyazawa, no queremos hacerte daño, solo queremos que nos acompañes-dijo alguien que se abrió paso entre los ángeles armadados.-Bajad las armas.
Los ángeles obedecieron al instante y bajaron las armas.
Una mujer de pelo rubio, recogido en una larga coleta, se paró frente a Misuzu. Llevaba una chaqueta blanca de cola y unos pantalones negros apretados que al final se escondian dentro de unas botas blancas que le llegaban hasta la rodilla. Se agachó frente a Misuzu.
-Misuzu...-siguió, sus ojos verdes eran amenazadores.
-Misuzu Miyazawa ya no existe-la interrumpió con voz fría y profunda.
-¿No?¿Qué le ha pasado?-preguntó algo curiosa y burlona.
-Se ha esfumado-dijo, abriendo de golpe los ojos, que se habían vuelto color carmensí, profundos y llenos de ira.
La mujer se quedó paralizada unos segundos, con cierto temor, contemplando los ojos de ella, quien empezó a levantarse con tranquilidad. La brisa cesó. Misuzu había crecido unos centímetros y se había vuelto más esbelta, su piel se volvió más pálida que la nieve y su rostro no mostraba emoción alguna.
-Veo que has decidido colaborar-dijo la mujer, que también se levantó.
-Todo lo contrario, más bien, no tengo tiempo de jugar con vosotros-replicó Misuzu en tono sereno.
-¿Cómo has dicho? Parece que no sabes con quién estás tratando-replicó la mujer algo molesta.
-Lo sé perfectamente, querida Morgianna-Misuzu se sacudió la falda, que ahora le quedaba más corta y empezó a caminar, dandole la espalda a Morgianna.
-¿C-cómo sabes mi nombre?
Misuzu se detuvo, pero no se giró.
-Todos los recuerdos de Lydia viven en mi, por lo que ahora, sé muchas cosas.
Siguió caminando pero dos guardias le cortaron el paso.
-¿A dónde crees que vas?-dijo uno de ellos, que era robusto y fuerte.
-Ya he dicho que no tengo tiempo de jugar con ustedes.
-Y yo he dicho que vas a tener que acompañarnos-dijo Morgianna que se acercó a Misuzu.
Misuzu suspiró.
-Bueno, pues nada, usaré eso.
Misuzu se mordió el dedo y un hilillo de sangre empezó a salirle de la herida. Se agachó y empezó a dibujar runas y símbolos con su sangre en el suelo.
-¡¿Sabe crear portales?!-Morgianna corrió para detener a Misuzu pero no llegó a tiempo.
Una luz violeta empezó a envolver a Misuzu, cegando a todos los ángeles y, en unos segundos, desapareció.
-¡Maldición! ¿Por qué no la habeis detenido?-replicó Morgianna, furiosa.
-Lo siento comandante-se disculpó uno de los ángeles que había cortado el paso a Misuzu, con diferencia al otro era delgado y bastante jóven.
-Guardate las disculpas para cuando estemos en la corte.
Todos los ángeles se tensaron al escuchar las últimas palabras pronunciadas por la mujer.

-Parece que Lydia ya ha se ha ido-dijo el muchacho, asomando sus afilados colmillos.
-Sí-respondió la chica.

Estaban en una sala bastante amplia, semejante a un gran salón, sin ventanas y repleto de columnas al estilo greco-romano. De las paredes laterales colgaban cientos de cuadros que contenían los dibujos de los demonios monarcas que habían existido a lo largo del reinado, el último de ellos, el de Lydia. La sala estaba iluminada gracias a unas vidrieras que hacían entrar la luz en el techo y en el centro de la sala había una larga alfombra negra que recorria la estancia desde la puerta hasta unos escalones al fondo. Encima de estos escalones había una gran silla de madera antigua, con un elegante respaldo alto y unas grandes patas que representaban garras. Era un trono. En medio de la sala empezó a brillar una luz violeta y de ella salió Misuzu.
-¿Quién eres?-preguntó el chico, que era bastante apuesto y debía tener la edad de Misuzu.
-Tú debes de ser Elliot, Lydia me dijo que me estabáis esperando, pero pareceis más bien sorprendidos-dijo Misuzu, ignorando la pregunta.
-En absoluto, te estábamos esperando, Misuzu-dijo la chica, que dió un paso hacia delante.
Era unos diez centímetros más bajita que Misuzu y llevaba el pelo suelto, que le llegaba hasta el final de la espalda, de la cabeza le salían cuatro cuernos, dos grandes y dos pequeños a cada lado.
-Prefiero que no me llameis así, Katelyn-replicó Misuzu, tranquila.
-Entonces, ¿cómo?-preguntó el chico, con diferencia a la chica, él era unos diez centímetros más alto que Misuzu y su pelo era de un color azul oscuro.
-Supongo que, desde hoy, Demonio.

Morginna entró por unas amplias puertas de madera bien talladas que la condujeron a una gran sala repleta de ventanales por los que entraba la luz a raudales. Caminó en línea recta sobre una gran alfombra blanca hasta situarse frente a unos escalones que alzaban un gran trono de madera antigua. Morgianna, que tenía los hombros tensos y sentía como el sudor le caía de la frente, alzó la mirada y contempló al hombre pálido de ojos verdes que se sentaba en el trono. Este hizo una mueca desagradable antes de hablar.
-¿Qué quieres, mi querida Morgianna?-preguntó, con una sonrisa retorcida.
-No hemos podido capturar a Misuzu Miyazawa-respondió desviando la mirada al suelo, en tono apagado.
-¿Cómo?-replicó con tono áspero y furioso.
-Lo siento-se disculpó Morgianna temerosa.
-Está bien, te daré una segunda y última oportunidad-dijo con tono burlón.-Ya sabes lo que pasará si vuelves a fallar.
-Sí su Alteza, muchas gracias-hizo una reverencia y le dió la espalda al hombre para desaparecer por donde mismo había entrado.
De detrás del trono apareció un muchacho de cabello castaño sobre el que brillaba una radiante aureola verde. Iba muy bien vestido y se dirigió al hombre.
-Padre-lo llamó.
-Oh, Gabriel,¿estabas escuchando?-preguntó despreocupado.
-Así es-confesó Gabriel.-No creo que debas ser tan duro con Morgianna.
-¿De verdad lo crees?-preguntó clavando sus verdes ojos en los ojos de su hijo, que eran del mismo color.
-Bueno...yo...-Gabriel buscó las palabras, pero no las hayó, estaba tenso y arrepentido, temía a su padre como todos los del reino lo hacían.
-De todas formas, hay que tener cuidado con esa tal Misuzu Miyazawa, sospecho que ella es.. eso.
Gabriel abrió mucho los ojos, estupefacto y unas ganas irrefrenables de querer conocer a esa muchacha le recorrieron el cuerpo.

-Demonio, si me permites, me gustaria mostrarte tus aposentos-dijo Elliot señalando una puerta en el lateral, casi invisible.
Misuzu asintió y siguió a Elliot, Katelyn los seguía en silencio. Se adentraron en un largo pasillo que parecía no terminar, con algunos cuadros y estatuas a los laterales, solo se podian divisar dos puertas en la mitad del pasillo. Una frente a la otra. La puerta de la derecha era la habitación de Lydia, Misuzu lo sabía gracias a que heredó sus recuerdos. Elliot se detuvo ante la puerta y la abrió, de tal manera que dejaba paso a Misuzu.
-Esta es vuestra habitación, siéntase cómoda por favor-dijo Katelyn que se había situado junto a Elliot.
-Gracias, lo estaré-respondió Misuzu entrando en la habitación.
-Entonces nos vamos-Elliot y Katelyn hicieron una reverencia antes de cerrar la puerta.
La puerta se cerró y los dos muchachos empezaron a caminar por el largo pasillo.
-Da más miedo que tú, Katelyn-dijo Elliot algo burlón.
-La verdad es que sí, sus ojos parecen llenos de venganza y sed de sangre. Supongo, que fue por lo que pasó en ese tiempo-Katelyn hablaba tranquilamente pero con ojos serios.
-Seguramente-suspiró Elliot.-Lo peor es que ese bastardo sigue con vida, espera a que ella se entere y habrá guerra.
-Lo más seguro es que ya lo sepa-replicó la chica, seria.
Elliot se detuvo y miró a Katelyn, preocupado.

Misuzu se quedó sola en la amplia habitación, donde había una cama doble en el medio de ella, acompañada por una mesilla de noche sobre la que descansaba una lámpara, que era la única iluminación de la sala. En frente de la cama, pegado a la pared, había un armario de madera, antiguo y muy elegante de dos amplias puertas y con cajones. Allí dentro estaba toda la ropa de Lydia, que aún no habían podido retirar. Misuzu abrió el armario y observó con atención, después agarró un vestido negro, de manga larga y de falda hasta las rodillas y se lo puso. Se echó el largo pelo blanco para adelante, lo que hizo que su cuello resaltase menos y se quitó los zapatos de la escuela.
En la habitación había un gran balcón que daba cara a unos grandes jardínes, Misuzu abrió las cortinas que tapaban las puertas de este y contempló el paisaje. El cielo estaba nublado y gris pero no parecía que fuese a llover, sólo estaba oscuro y sombrío. En los jardines se podía divisar a alguien a lo lejos, que cada vez se acercaba más, tenía el pelo negro y llevaba el uniforme de el instituto. Yukito.

Heart of Dead [PAUSADA]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora