Chapter 30: The Ripper

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La puerta de aquella oficina, donde hace unos pocos minutos Hannibal y Will habían dado un paso más al abismo que los unía, crujió detrás de él, cerrándose con un sonido suave y definitivo.

La madera crujió y se cerró como el cierre de un sagrario tras haber sido profanado por completo.

Cuando salió de la mansión, el aire nocturno, fresco y libre, lo golpeó como una bofetada de realidad tras la atmósfera asfixiante y perfumada del interior.

Cada paso sobre la gravilla parecía un redoble de tambor que marcaba su escape, pero el ritmo lo llevaba en sus venas, un eco del corazón de Hannibal que aún sentía latir contra su propio pecho.

Al subir a su carro, la sensación fue surreal. El aroma del auto era un universo distante al aroma a ébano, sangre antigua y deseo crudo que impregnaba en ese momento su ropa y su piel.

Al colocar la llave en el cilindro de encendido, una mirada instintiva lo hizo alzar la vista hacia la fachada oscura de aquel lugar.

Allí, justo en la ventana del estudio, recortado contra la luz tenue que dejaba a escapar, estaba Hannibal. No era más que una silueta inmóvil, un depredador lleno de oscuridad y anhelo.

Pero Will podía sentir la intensidad en su mirada fija en él, como garras que se aferraban a la distancia. Un depredador desde su atalaya, hambriento y embriagado, saboreando la huella de lo que había tocado pero que se le escapaba de las manos.

Will sostuvo esa mirada por varios segundos, un desafío silencioso, antes de arrancar el motor y sumergirse en las fauces de la noche.

La carretera serpenteaba como una cinta negra devorada por sus faros, pero dentro de su auto, una tormenta rugía. El sabor del Alfa aún ardía en sus labios, a vino caro, a una verdad peligrosa, a poder absoluto.

Las feromonas del Alfa, un coctel de tierra primigenia y posesiva se enroscaba en sus sentidos, infiltrándose en su torrente sanguíneo como un veneno exquisito.

Su cuerpo, su instinto Omega, respondía con una violencia que lo estremeció. Un calor bajo el abdomen, una tensión eléctrica en la piel, un latido acelerado que no era solo por la adrenalina, sino por un reconocimiento ancestral, el cual gritaba por regresar, por doblegarse, por pertenecer.

La necesidad era física, abrumadora. Un gemido ahogado salió de su pecho. Sus manos apretaron el volante hasta que los nudillos blanquearon. No podía moverse en ese estado.

Con un movimiento brusco, Will desvió el coche hacia el arcén y pisó el freno a fondo. El chirrido de los neumáticos sobre el asfalto solitario rasgó la noche. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el motor y su propia respiración agitada.

Se miró en el retrovisor.

Sus ojos.

Ya no eran el azul tormentoso de siempre, del Will Graham, el profesor, el consultor, era algo más. En la penumbra, bañado por el tenue resplandor de la luna, sus ojos brillaban con un color dorado, un fuego líquido y salvaje.

Era su instinto, el de un Omega puro y sin filtrar, el cual tomaba el control, reclamando su lugar tras años de ser encadenado, y esa visión fue a la vez aterradora y embriagante, Will sabía que, si se hubiese quedado más tiempo con el Alfa, estaría perdido.

Pasando una mano por su frente sudorosa, una sonrisa amplia y desafiante se extendió por su rostro. Una parte de él, por no querer decir, la mayor parte de él, gritaba por dar media vuelta, regresar a la guarida del lobo y entregarse a la promesa de pertenencia que había visto en los ojos del Alfa. Era como un canto de sirena, poderoso y arraigado en la biología misma.

Moon River [Hannigram]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora