La noche cubría la ciudad en un manto de terciopelo negro, salpicado de estrellas frías y distantes. La luna, una hoz pálida y filosa, cortaba las nubes y arrojaba sombras alargadas y retorcidas sobre las calles silenciosas.
El aire estaba fresco y cargado con el aroma de la tierra húmeda y las flores nocturnas, los pétalos de cada una susurraban secretos entre sus hojas, no había ruido, solo el zumbido lejano de la ciudad y el latido anticipado del propio corazón.
Un carro se deslizó hasta detenerse frente a una imponente mansión de estilo georgiano y su fachada de ladrillos oscurecidos por la penumbra.
Lentamente apagó el motor y la quietud lo envolvió. Sus ojos, agudos y adaptados a la oscuridad, escudriñaron los alrededores con meticulosidad, los setos podados con precisión, la vereda desierta, las ventanas de las casas a oscuras.
Se aseguró de que ningún faro se acercara, de que ninguna silueta se moviera entre las sombras. Estaba solo.
Con una calma que era en sí misma una declaración de guerra, abrió la guantera y sacó un objeto pesado y frío. El metal relució brevemente bajo la luz plateada de la luna antes de que lo deslizara en la cintura de sus jeans, en su espalda, oculta por el dobladillo de su camisa.
Era un peso familiar, una promesa de una violencia que no le desagradaba, en su lugar, disfrutaba de ella.
Al salir del auto colocó sus lentes, el viento nocturno lo recibió calando en su piel, jugueteando con sus rizos y enfriando su nuca.
Caminó hacia la puerta principal con una lentitud deliberada, cada paso era como un redoble de tambor que precedía al acto principal.
No hubo prisa en su andar, solo una tensión eléctrica, como la de un depredador que se acercaba a la guarida de otro, dispuesto a todo.
Se detuvo frente a aquella puerta de madera maciza para luego llevar sus dedos hacia el pequeño timbre, se giró sobre sus talones, asegurándose una vez más que nadie estuviese espiándolo.
En ese momento, de espaldas a la puerta, respiró hondo, sintiendo el latido acelerado de su sangre recorriendo su cuerpo. Se pasó los dedos por el cabello, alisando los rizos que el viento había alborotado, era un gesto vanidoso, casi instintivo, que no pasó desapercibido.
No tuvo que esperar mucho.
Con un clic casi imperceptible, la puerta de aquel lugar se abrió.
Will no se dio la vuelta de inmediato. Permaneció de espaldas, permitiendo que la presencia al otro lado del umbral lo absorbiera. Aun de espaldas, pudo sentir la mirada del otro hombre posándose sobre él, recorriendo la línea de sus hombros, la curva de su columna, todo, hasta la forma en que aquel pantalón apretujaba sus piernas.
Era una mirada intensa, cargada de un reconocimiento tan profundo que era casi físico, un suspiro sutil, apenas un escape de aire, que se filtró desde el interior de la casa, era un sonido de apreciación, de un hambre saciada momentáneamente con solo la vista.
Y entonces, la voz surgió, una voz que era tan familiar como el sonido de su propia conciencia, grave, melodioso y peligrosamente serena.
-"Will..." - dijo el otro hombre, y en esa sola palabra había un mundo de bienvenida, de posesión y de un juego que acababa de elevarse a su nivel más alto.
Una sonrisa se formó en sus labios, Will, finalmente, se volvió para enfrentar al diablo, y en sus ojos, no había nerviosismo, solo el destello frío de la anticipación y del reconocimiento.
Por un breve momento, solo existió el silencio entre ambos. Dos pares de ojos, uno de una tormenta helada y otro de un ámbar depredador, se sostuvieron un reconocimiento mutuo que transcendía las palabras.
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Moon River [Hannigram]
Fiksi Penggemar"No importa cuanto o cuan seguido las personas se lastimen las unas a las otras...amar a alguien nunca es un desperdicio" [Nana] [Fanfic largo] [Omegaverse: Hannibal...
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