T R E C E

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El parabrisas se movía de lado a lado, limpiando apenas una ligera brisa. Entraba en Soria, aunque parecía más un lugar fantasmal por la niebla de la tarde. Cerró la puerta del taxi después de pagar, agradeció una última vez y el taxi arrancó, dejándolo en la plaza de Soria. Rubén se refugió rápido debajo de una marquesina de un negocio que estaba cerrado. Se colgó la mochila y solo dio un paso, titubeando en su ruta. Sin celular, no sabía por dónde caminar, ni la hora exacta.

   Se abrazó a sí mismo cuando una ráfaga de viento sopló con la brisa. Era, sin duda, el aire de invierno recordando la cercanía de las fechas decembrinas. Tomó rumbo y entró poco después a una cafetería. Sin querer, llamó la atención; se veía algo jodido por dormir en la calle y por haber dormido chueco en el taxi. Se obligó a ignorar las miradas y se sentó en la barra.

   La cafetería era pequeña, tanto que se podían escuchar las pláticas mezcladas de todos y, de igual manera, percibir el aroma de las bebidas. Predominaba el café. Una mujer se acercó del otro lado de la barra y le sonrió algo mecánica. Preguntó qué le ofrecería y, después de levantar su orden, le arrimó su café y su croissant.

   Rubén comió. Su vista estuvo frente al ventanal, observó cómo la neblina oscurecía la calle, y que esa llovizna duraría más rato. Regresó su vista y se topó con su reflejo distorsionado en la gran cafetera plateada cerca de él. Se dio cuenta de su propio aspecto. Rio un poco incrédulo y se talló la cara intentando salir del malestar.

— Pero vamos a ver, Rubén —se llamó a sí mismo en bajo—. Que vamos a conocerlo, ¿en serio? No un sueño, no droga. Él en persona.

   Se le escapaba una risita nerviosa, pero tampoco disfrutaba completamente por la ansiedad que le ataba el estómago. Se llevó la mano a la panza después de pensarlo. Recordó el dinero, y con confianza pidió un baguette de pollo y una bebida con gas. Aprovechó a pedir las indicaciones sobre los autobuses, y las tiendas.

   Pagó orgullosamente al no sentirse limitado con el dinero. No era una grandiosa cantidad en la cuenta, pero lo emocionaba. Lo hacía sentir normal y cargado de una falsa sensación de utilidad. Se quedó un rato más ahí, en lo que esperaba a ver si la llovizna se iba. Con una mano recargada en la mejilla, no podía con las sonrisas soñadoras al imaginar escenarios con el dichoso veterinario.

   A sus ojos, su mente proyectaba estar en una cita con Samuel, en esa misma cafetería en la que se encontraba. Solo que, en vez de la barra, estaban en una mesa como una pareja en su cita, detrás del castaño. El Rubius de ensueño le sonreía sin ocultar su sonrisa a Samuel, y este sonreía igual.

— ¿Rubius? ¿Cambiaste algo en ti, tío, o mis ojos están fallando? —preguntó Sam, analizando a Rubén sin apartar la vista.

— ¿Eh, qué? —el castaño se enderezó, mostrándose casual. Ya no llevaba su ropa vieja. Era una playera naranja y un collar grueso plateado. Y una gorra hacia atrás—. ¿Esto? ¿La ropa? Ah sí, sí, solo compré ropa nueva. Nada interesante, ¿me ves guapo?

— Mucho más de lo que ya estás. Aunque —Samuel estiró su mano, limpió el labio del castaño de una mancha casi inexistente de café— te hace falta un poco de cuidado.

   Samuel se lamió un poco ese rastro que limpió, y Rubén se puso tan rojo que bajó la mirada, resistiendo la risa.

— Qué cosas dices, tío. Me vas a matar de cringe.

   Samuel le levantó el mentón con el mismo dedo, obligándolo a mirarlo.

— A ver, tontito —Samuel arqueó una ceja, primero completamente neutro, y luego dio una ligera sonrisa ladeada—. Déjame ver cómo te mato... pero déjame matarte de amor.

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⏰ Última actualización: Apr 29 ⏰

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