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El hombre dió un paso hacia atrás.

Su respiración se volvió errática mientras alternaba la mirada entre Lucifer y Leal, incapaz de decidir cuál de los dos le provocaba más miedo.

—No... —susurró con la voz quebrada—. No... esto no puede ser...

Lucifer no respondió.

Durante un instante permaneció inmóvil, observándolo con una frialdad que hizo que al desconocido retrocediera otro paso.

Leal sintió un nudo en el estómago, pues conocía esa expresión. O, al menos, ya podía sospechar de ella.  Era la misma que había visto cuando Lucifer estaba a punto de dejar de contener al monstruo que  encerraba en sus adentros.

—Señor... —murmuró con cautela, acercándose apenas a él, pero Lucifer no apartó la vista del hombre que ahora miraba a ambos con miedo.

—Si sale de esta habitación y habla... todos lo pagarán.

El hombre negó con desesperación.

—¡No te acerques!

Buscó la puerta a tientas, pero antes de alcanzar el picaporte, Lucifer apareció frente a él con una velocidad imposible. El hombre lanzó un grito ahogado e intentó golpearlo, empujarlo, pero fue inútil. Lucifer sujetó su muñeca con firmeza. No hacía falta ejercer fuerza. Bastaba con el terror que inspiraba su presencia.

Leal negó, asustada, e intentó acercarse.

—¡No! ¡Espera!

Ella sabía de lo que era capaz. Ya se lo había demostrado antes con uno de sus devotos.

—Por favor... no lo mates.

Lucifer se detuvo un instante, sin dejar de mirar con amenaza a aquel hombre. 

Había sido la solución más sencilla durante siglos.

Eliminar al testigo.

Hacer desaparecer el problema.

Eso era lo que el antiguo rey del Averno habría hecho sin detenerse un segundo, pero ya no era aquel ser...

Últimamente... ya no.

—No voy a matarlo, Mía. Tranquila.

El hombre apenas alcanzó a entender esas palabras. Lucifer levantó una mano y la apoyó después con suavidad sobre su frente.

—Perdóname.

El aire cambió.

Una oscuridad silenciosa comenzó a extenderse alrededor de ambos, como una neblina que absorbía el sonido. Los ojos del hombre se abrieron de golpe. No gritó. Simplemente dejó de mirar la habitación.

Miraba otra cosa.

Algo que solo él podía ver.

Fragmentos de un cielo imposible. Un jardín bañado por una luz eterna. Un joven de alas blancas sonriendo mientras sostenía la mano de una pequeña criatura luminosa.

Después...

La guerra.

La caída.

Las alas ennegrecidas.

El vacío.

Siglos de absoluta soledad.

Las lágrimas comenzaron a correr por el rostro del hombre sin que él entendiera por qué.

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⏰ Última actualización: 7 days ago ⏰

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Luzbel. (En Curso)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora