2. Mi amiga Grace

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-Y bien, esta es tu habitación Hidemi.- Señaló papá abriendo la puerta.
Entré algo cohibida e intentando tenerle algo de gusto a esa enorme y fría habitación.
Miré a papá que se mantenía espectante.
-Lo... Lo hiciste por nosotros... ¿No?- Hablé un poco tartamudeante, me sentía nerviosa pues no quería llorar frente a él.
Caminó hasta mí y me abrazó.
-Todo lo que hago, lo hago por ustedes.- Me dijo al oído. Cerré los ojos con fuerza para espantar todo impulso de llanto que sentía y mantenerme fuerte.
Lentamente se separó de mí y me tomó de los hombros, luego creo que me dijo algo sobre la escuela pero no lo escuché, tenía mi mente en Japón, en mis recuerdos, en todo lo que ese país representaba para mí.
-¡Hidemi!- Exclamó papá sacándome de mis pensamientos.
-¿Eh?, ¿Qué decías?- Pregunté.
-Mañana irás a la preparatoria, ¿No estás emocionada?- Papá sonaba muy poco interesado, sin embargo me limité a responderle que sí.
-Bien, prepara tus cosas en lo que Amanda prepara la cena. - Dijo a punto de salir.
-¿Amanda?- Cuestione sentándome en la cama. No me atrevería a llamarla mi cama.
-Nuestra mucama. - Contestó para al fin irse.
Me tiré por completo a la cama y, observando el blanco techo, pensaba en que tal vez jamás me acostumbraría a este estilo de vida. Era demasiado para mí.
Miré hacia mi brazo y encontré en él mi brazalete, el que mis amigos me regalaron en mi cumpleaños número dieciséis. Tenía tres dijes; un gatito, un tigresito y un cachorro, Kai era el tigre, Mika el gato e Ikuto el cachorro.
-Gracias, tsuin's, gracias por todo.- Les dije a mis vándalos, a lo mejor ellos también se encontraban mirando sus brazaletes iguales al mío y por casualidad podían oírme.
Con aquella esperanza en mente fui cerrando mis ojos lentamente para perderme en un profundo sueño.

-Hidemi, levántate.- Escuché la voz de Yuri intentando levantarme.
En otras palabras, misión imposible 2.
-Déjame. - Reproché con la voz dormida. Me di vuelta y me cubrí aún más con la manta preparada para seguir durmiendo.
-Hidemi, vamos, debes ir a la prepa. - Insistió.
-Empezaré mañana, no hay prisa. - Renegué.
Finalmente tiró de mi pierna haciéndome caer al piso frío.
-Eres una pesada. - Bufé sin poder quitarme el sueño de encima.
Me levanté del suelo y caminé hasta el baño que había en mi habitación.
El resto no fue novedad, me duché, me lave los dientes, me peiné, me vestí, desayuné junto a papá y mis hermanos para finalmente irme a la preparatoria nueva.
Papá se ofreció a llevarme en el auto pero me negué, no quería llamar la atención o algo por el estilo, además, no estaba tan lejos como para ir a pie.
En el camino veía pequeños grupos de adolescentes que se dirigían en la misma dirección que yo, supuse que eran alumnos del mismo instituto que yo, ¿Cómo se llamaba? John Peaters... John Pather... John... Bueno, era John algo.
Llegué a mi destino al cabo de quince minutos, tenía tiempo de sobra para leer "Hana", mi libro de romance.
Atravesé las rejas que rodeaban el edificio y seguramente se cerraban al cumplir las 9:00 a.m
Muchos estaban divididos en pequeños grupos de no más de cinco o seis personas, y la mayoría (no me atrevo a decir todos a pesar de que fuera cierto) me observaba caminar por el pasillo del patio camino a las puertas de entrada.
Ignoré las miradas y me dispuse a ir al salón con una mueca... No muy amigable.
Ninguno de ellos eran mis amigos y eso me parecía buena razón para detestarlos.
Según el horario que le dieron a papá, mi primer clase era matemática en el salón 4-D. Ahora mi dilema era encontrarlo.
Caminé por los pasillos sin mucha conciencia de a dónde me dirigía, sólo mirando las placas de las puertas esperando encontrar el dichoso 4-D.
Finalmente, luego de diez minutos, lo encontré. Había sido que la porquería de estas puertas están enumeradas por abecedario, lo cual era bastante lógico, sin embargo, este abecedario tiene distintas formas de letras y eso cuesta descifrarlo un poco.
Lo bueno es que tengo memoria fotográfica, por ende recuerdo a la perfección las clases de inglés que recibí años anteriores.
Atravesé la puerta y el salón aún se encontraba vacío, así que opté por sentarme en el último lugar de la tercera fila.
Saqué mi novela romántica de la mochila y comencé a leer.
Poco a poco mis alrededores se fueron poblando, el salón se fue llenando con alumnos de (probablemente) mi edad.
Con las risas y ruidos tan fuertes se me dificultaba leer, perdía fácilmente la concentración y debía leer la misma línea una o dos veces. Era frustrante.
El día transcurrió con normalidad, o bueno, un día cualquiera de una chica cualquiera con una vida cualquiera, para mi opinión.
En todas las clases me tuve que presentar, ya saben, nombre, edad, de dónde vengo y decir esa formalidad de "espero agradarles" que en mis labios era más falsa que papá con una sonrisa en mi cumpleaños.
Al terminar mi día en la escuela me dispuse a caminar por donde vine, aunque esa idea fue interrumpida rotundamente al ver un gatito gris frente a mí en una caja, parecía abandonado y no me contuve a acercarme a él.
-Hola, pequeño neko, ven conmigo.- Le hablé como si fuera mi propio hijo mientras estiraba mis brazos para tomarlo. De pronto, en un momento fugaz salió de la caja disparado cruzando la calle, lo perseguí, claro.
Crucé la calle hasta el otro lado en donde había una reja de alambre impidiendo el paso hacia el espacio verde tras ella. El gatito era listo, descubrió una abertura unos metros más adelante y se adentró al mini-bosque.
Acercándome a la abertura noté que era lo suficientemente grande como para que yo pudiera cruzar, así que miré para ambos lados de la acera y nadie parecía verme, por lo tanto me adentré a ese espacioso lugar a buscar a mi amigo el gato.
La tarde cada vez se iba durmiendo más, gracias a eso la noche iba tomando poco a poco su lugar. Busqué al gatito detrás de los pocos arbustos y árboles que había pero no lo encontré. Finalmente, ya cansada, me senté en el césped a mirar cómo caía el sol. Era algo bonito, no lo negaré, pero me hubiera gustado más ver las estrellas, sin embargo, creo que eso sólo quedará en mi lista de sueños imposibles pues estamos en una de las ciudades más famosas del mundo y si hay algo que caracteriza a las grandes ciudades es su iluminación eléctrica, la cual no le permite brillar a las estrellas.
Creo que esto se podría considerar una buena metáfora; las luces superficiales, siendo muchas, a veces no dejan brillar a las auténticas luces de las estrellas.
Okay, no soy un Augustus Waters para crear metáforas, lo siento.
Pensando en todo esto se hizo de noche, y yo no logré mi objetivo de encontrar a mi amigo el gato. Me sentí nuevamente una inútil, no sé porqué, pero me sentí una inútil.
Mirando el cielo sin ver ni una sola estrella sentí un ronroneo cerca, el cual probablemente provenía del gatito.
-Psss, gatito, ¿Eres tú?- Dije tratando de ser silenciosa en caso de que mis oídos me traicionaran y fuera una persona la que había escuchado.
Para mi suerte, el gatito gris apareció tras un arbusto como si nada, parándose ante mí y lamiéndose la pata.
-Desearía llevarte a casa, pero papá no quiere mascotas, es un amargado.- Le comenté al gato. - ¿Y si nos encontramos mañana a la salida del instituto? Puedo llevarte a una heladería... O a una pescadería, ya sabes, por salmón o trucha. ¿Trato?- Ofrecí mi dedo pensando que no lo tomaría, aunque para mi sorpresa, lo hizo.
-Eres simpático, ¿Quieres un nombre? Veamos...- Me puse a pensar. ¿Kio? Nah... ¿Stuart? Nah... ¡Ya sé!
-Mucho gusto, señor Grace...- Revelé su nombre -Lo siento, señorita Grace.- Me corregí al notar que mi amigo el gato era mujer.
-Nos vemos, Grace.- Me despedí de ella para dirigirme a casa, papá seguramente está molesto y ni hablar de cómo se pondrá Hano.
Atravesé nuevamente la reja por el hoyo y salí hacia la acera, no sin antes echarle una última mirada a mi nueva amiga.
Tal vez mañana ya no vuelva a verla, me gustaría recordarla como buena población de Inglaterra.
Caminé en silencio a casa, sin mucho más que decirme a mí misma más que sentirme feliz por haber hecho una amiga.
Al entrar al edificio el recepcionista me reconoció y me saludó, yo le devolví el saludo, algo extrañada, pero se lo devolví.
Al estar en el ascensor me miré en el espejo. Pude notar algo de la antigua Hidemi en esta fría chica oriental.
Sentí algo de orgullo por mí, a pesar de que aún me sentía una inútil.
-Hidemi, hola.- Me saludó Hano.
-¿No estás molesto porque llegué tarde?- Indagué curiosa, como dije, creí que su expresión sería otra.
-Quiero creer qué hiciste una amiga nueva y te entretuviste con ella.- Respondió con seguridad.
-Estás en lo cierto.- Afirmé siendo que lo que él dijo no era del todo mentira, aunque su idea de "amiga" no era la verdadera.
-¿Cómo se llama?- Indagó mientras se sentaba en el sofá del living a comer su sandwich de crema de maní y jalea.
-Grace.- Contesté mientras dejaba mi mochila en una especie de perchero para mochilas que había al lado de la puerta de entrada.
-Genial. ¿Tiene tu edad?- Prosiguió con su cuestionario, aunque algo inentendible por la comida en su boca.
-Digamos que sí.- Lo dejé con la intriga al cerrar la puerta de mi habitación.
Vaya, hasta ya podía usar la palabra mi para esta grande y fría habitación.
Me recosté en la cama a pensar en mi día, o al menos lo bueno que obtuve de él y sólo una criatura se me pasó por la mente; mi amiga Grace.

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