TODO el mundo de Highbury y de sus contornos que hubiese visitado alguna vez al
señor Elton, estaba ahora dispuesto a obsequiarle con motivo de su boda. En honor suyo
y de su esposa se organizaron una serie de comidas y de cenas; y las invitaciones
afluyeron en tal número, que la señora Elton no tardó mucho en tener el placer de
comprobar que no iban a tener ningún día libre.
-Ya veo lo que ocurrirá -decía ella-; ya veo la dase de vida que voy a tener que llevar a
tu lado. Sí, vamos a llevar una existencia disipada. La verdad es que parecemos estar muy
de moda. Si eso es vivir en el campo, te aseguro que no es nada envidiable. ¡Fíjate, desde
el lunes hasta el sábado no tenemos ningún día libre! Una mujer con menos recursos de
los que yo tengo ya no sabría donde tiene la cabeza.
Pero ninguna invitación le parecía inoportuna. Gracias a las temporadas que había
pasado en Bath, estaba ya totalmente acostumbrada a cenar fuera de casa, y Maple Grove
le había hecho familiarizarse con las invitaciones a comer. No dejó de quedar desagrada-
blemente sorprendida al ver que en muchas de aquellas casas no había más que un salón,
que los pasteles eran de tamaño bastante exiguo y que durante las partidas de cartas de
Highbury no se servían bebidas heladas. A la señora Bates, la señora Perry, la señora
Goddard y otras, les faltaba mucho mundo, pero ella no tardaría en demostrarles cómo
debían hacerse las cosas. Antes de que terminara la primavera iba a corresponder a estas
atenciones, invitándolas a una reunión de gran estilo... en la que exhibiría sus mesas de
juego con sus propios candelabros, y las barajas por estrenar, tal como es debido...
contratando para la cena a más criados de lo que les permitía su fortuna, a fin de que sirviesen los refrescos exactamente en la hora adecuada, y en el orden debido.
Entretanto Emma no podía sentirse satisfecha hasta haber organizado una comida en
Hartfield para los Elton. No podían ser menos que los demás, de lo contrario se exponía a
malévolas sospechas y a ser considerada capaz de un triste resentimiento. La comida
tenía que celebrarse. Después de que Emma hubiese estado hablando de ello durante diez
minutos, el señor Woodhouse se mostró dispuesto a ceder, y sólo puso la habitual
condición de que no fuera él quien presidiera la mesa, creando así la dificultad, también
habitual, de tener que decidir quién ocuparía la cabecera.
En cuanto a las personas a quienes debía invitarse, no había mucho que pensar. Además
de los Elton, tenían que venir los Weston y el señor Knightley; hasta aquí todo iba bien...
pero también era inevitable pedir a la pobre Harriet que fuese el octavo invitado; pero
esta invitación Emma ya no la hizo con el mismo entusiasmo, y por muchos motivos se
alegró de que Harriet le rogara que le permitiese excusarse.
