CUANDO las damas volvieron a la sala de estar, después de la cena, Emma se dio
cuenta de que le era casi imposible evitar que se formaran dos grupos; tanta era la
perseverancia con que juzgando y obrando equivocadamente la señora Elton acaparaba a
Jane Fairfax y la dejaba a ella de lado; así pues, Emma y la señora Weston se vieron
obligadas a estar todo el rato o hablando entre sí o guardando silencio juntas. La señora
Elton no les dio otra posibilidad. Si Jane lograba llegar a contenerla un poco, ella no tar-
daba en volver a empezar; y aunque la mayor parte de lo que hablaron era casi en
susurros, sobre todo por parte de la señora Elton, no dejaron de enterarse de los
principales temas de la conversación: la oficina de correos... pillar un resfriado... ir a
recoger las cartas... la amistad... fueron las cuestiones que se discutieron largamente; y a
éstas sucedió otra que resultaba por lo menos tan desagradable para Jane como las
anteriores... preguntas acerca de si había tenido noticia de alguna colocación que le
conviniera, y afirmaciones por parte de la señora Elton de que no dejaba de ocuparse de
aquel asunto.
-¡Ya estamos en abril! -decía-. Me tienes muy preocupada. Junio ya está muy cerca.
-Pero es que yo no me he puesto como plazo ni el mes de junio, ni ningún otro mes... yo
sólo pensaba en el verano en general.
-Pero ¿de verdad no te has enterado de nada que te convenga?
-Aún no he empezado a buscarlo; todavía no quiero hacer nada.
-¡Oh, querida! Pero nunca es demasiado pronto para eso; tú no te das cuenta de lo
difícil que es conseguir exactamente lo que queremos.
-¿Que no me he dado cuenta? -dijo Jane sacudiendo tristemente la cabeza-; querida
señora Elton, ¿quién puede haber pensado en eso tanto como yo?
-Pero tú no conoces el mundo como yo. No sabes cuántos candidatos hay siempre para
las colocaciones más ventajosas. Sé que hay muchas por las cercanías de Maple Grove.
Una prima del señor Suckling, la señora Bragge, puede ofrecer infinitas posibilidades de
ésas; todo el mundo estaba deseando entrar en su casa, porque pertenece a la sociedad
más refinada. ¡Hasta tiene velas de cera en la salita donde se dan las clases!16 ¡Ya puedes
imaginarte la categoría de la casa! De todas las familias del reino, la de la señora Bragge es la que yo preferiría para ti.
-El coronel y la señora Campbell ya habrán regresado a Londres para mediados de
verano -dijo Jane-. Y tengo que pasar una temporada con ellos; estoy segura de que lo
querrán. Luego, probablemente podré hacer lo que me parezca. Pero por ahora no
quisiera que se tomara usted tantas molestias para buscarme un empleo.
-¿Molestias? ¡Ah! Ya veo qué reparos me pones. No quieres causarme molestias; pero
