EMMA sólo echaba de menos una cosa para que el proyecto del baile fuese
completamente satisfactorio: el que la fecha fijada cayera dentro de las dos semanas que
su familia había concedido a Frank Churchill para su estancia en Highbury; pues, a pesar
de la confianza del señor Weston, la joven no consideraba tan imposible que los
Churchill no consintieran a su sobrino quedarse allí un día más de los quince que le
habían concedido. Pero esto no era factible. Los preparativos requerían tiempo, y no
podía prepararse nada para antes de que empezara la tercera semana de su estancia, y
durante unos cuantos días tenían que hacer planes, preparativos y concebir esperanzas en
la incertidumbre -en el peligro-, según su opinión el gran peligro, de que todo fuera en
vano.
Sin embargo, en Enscombe se mostraron generosos, generosos en los hechos, ya que no
en las palabras. Evidentemente, su deseo de quedarse más tiempo allí les contrarió; pero
no se opusieron. Se hallaban, pues, seguros, y se siguió adelante con el proyecto; y como
una preocupación generalmente al desaparecer cede su lugar a otra, Emma, una vez ya
segura de que el baile iba a efectuarse, empezó a considerar con inquietud la provocadora
indiferencia que el señor Knightley mostraba para con estos planes. Ya fuera porque él no
bailaba, ya porque los planes se habían hecho sin consultarle, parecía haber decidido que
no sentía ningún interés por aquello, que no sentía ninguna curiosidad por enterarse de
los detalles, y que para él la fiesta no iba a proporcionarle ningún género de diversión.
Cuando Emma, entusiasmada, le explicó de lo que se trataba, no logró obtener una
respuesta más aprobadora que ésta: -Perfectamente. Si los Weston consideran que vale la pena tomarse todas estas
molestias por unas cuantas horas de ruidosas expansiones, yo no tengo nada que decir en
contra, pero que nadie quiera elegírmelas diversiones por mí... ¡Oh, sí! Claro está que
tengo que ir; no puedo negarme; y procuraré estar tan animado como pueda; pero
preferiría quedarme en casa repasando las cuentas que cada semana me presenta William
Larkins; confieso que preferiría esto mucho más. ¿Es un placer ver cómo bailan los
demás? No para mí, se lo aseguro... Nunca me ha gustado ver bailar... ni sé de nadie que
le guste. En mi opinión, el bailar bien, como la virtud, no necesita espectadores, y la
satisfacción que proporciona basta. Generalmente los que se quedan a ver bailar suelen
estar pensando en otras cosas muy diferentes.
Emma se dio cuenta de que se estaba refiriendo a ella, y esto la puso fuera de sí. Sin
embargo no era para favorecer a Jane Fairfax que se mostraba tan indiferente y tan
