Capítulo 7: Heridas abiertas

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- ¡No! ¡Nooo!

Cogí el vaso de cerveza que tenía sobre la mesa y lo estrellé contra la pared de mi salón. El cristal se hizo añicos y los pedazos volaron por toda la estancia.

- ¡Maldita sea, Sandra! ¡Maldita sea! ¡No tenías que descubrirlo!

Cogí la botella de cerveza casi vacía y le di un largo sorbo hasta que la espuma me salió por la comisura de los labios. Solté la botella y me dejé caer al suelo con ella, destrozado, humillado, hundido.

- No tenía que pasar esto – gemí, desconsolado – ¡No tenía que pasar!

Ya no podía seguir con la venganza. Estaba acabado. ¿De qué servía emprender un camino tan largo si terminaba tropezando en la meta? Sandra era la última de las chicas que debía conquistar, la última de aquellos monstruos que se merecían sufrir tanto como había sufrido yo por su culpa. Pero ahora todo había quedado en nada.

Alcé los ojos, abatido, y me quedé mirando una fotografía de mis padres. Entre ellos, estaba Andrea, la dulce Andrea. Siempre había sido una chica muy guapa, preciosa. Y nunca hubo nadie que fuera más inocente y bondadoso. Acaricié su rostro sobre el cristal de la fotografía y dejé que las lágrimas se desbordaran por mi rostro.

- Te echo de menos – susurré entre sollozos – Ojalá siguieras aquí. Yo... – gemí – Yo ya no sé ni quién soy. Mira en lo que nos han convertido. Yo solía ser un chico bueno...

Y me dejé caer sobre la cerveza y los cristales del suelo, temblando de frío, asustado, perdido, destruido, hasta que el sueño reclamó mi presencia.

* * *

Había pasado una semana desde la fatídica noche en que Sandra destrozó mi última posibilidad de vengarme de su persona. Desde ese día, no había un solo instante en que no pensara en algún plan alternativo para concluir con mi misión, pero no se me ocurría ninguno. Y lo peor era que no conseguía sacármela de la cabeza. Guardaba la imagen de sus labios casi pegados a mi boca, su cintura ondulante contra mis caderas, su pelo oscuro enmarcando aquella mirada diabólica que, de alguna forma inexplicable, me hechizaba a la vez que me repelía.

«Lo único que puedo hacer es plantarle cara», pensé, decidido. «Sin rodeos, sin engaños. De frente. Deberá responder por lo que le hizo a Andrea».

Y ahí me encontraba yo, frente a la puerta trasera del bar en el que trabajaba, desesperado en un último intento por concluir mi trabajo.

«Terminemos con esto, chica número nueve».

La chica número nueve [COMPLETA]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora