Capítulo 2

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Necesitaba que él me hablase de una manera más profunda y aún no sucedía. Cuando las funciones de teatro llegaron a su fin, ya no podía verlo todos los días en las salidas. Eso me deprimió mucho y a cada momento me sentía profundamente sola. Mi soledad y yo no nos llebábamos muy bien, por lo que mi vida se apagó en los siguientes 3 meses de vacaciones. Era un verano hermoso, créeme, con unos atardeceres de lo más espléndidos. El cielo y sus fragmentos componían un mar de interminables sueños inocentes, la profundidad de sus colores y el magnetismo de su perfección atraían mi corazón, me hacían sentir que en algún momento un ángel me bajó de aquel lugar para que lo viera maravillada cada atardecer y deseara poder cantar en los algodones que en él se acurrucan. Ahora que lo pienso, esa fue tal vez la única razón por la cual aquel verano no fue tan lúgubre como mi estado de ánimo en aquel momento. Cuando regresamos de vacaciones, ver a Adriano me dio un gran impacto. Seguía igual que siempre, eran los mismos ojos marrones, el mismo cabello ligeramente enroscado, la misma sonrisa dulce. Sólo estaba bronceado por el sol (que, según estadísticas, quemó más que en otros años). Seguía igual, pero algo me parecía extraño... Su forma de caminar, de hablar y de mirar habían cambiado, se habían vuelto algo altaneras. La gente cambia, eso todos lo saben, pero en ese instante sentí que su cambio era negativo. Pero cuando me miró, me habló y me sonrió, por vez primera en ese año, sentí que su imágen era la misma de hace unos meses atrás. Entonces pensé que su actitud podría haber sido camaleónica, que dependiera de con quien hablase, aunque en ese momento, para ser sincera con usted, no me preocupé demasiado.

El año escolar se fue pasando lentamente. Recuerdo hasta el día de hoy que siempre me habían hartado las clases de matemática. Lo único que siempre deseaba en esos instantes en los que tenía que resolver problemas matemáticos era ir al teatro. No podía esperar a que sea el recreo, o mejor aún, la salida. 

Entre la maraña de recuerdos que mi muy confiable memoria guarda, hay un día que fue esencial para que mi historia de amor con Adriano realmente diera un inicio y no se quedara en un simple amorío de miradas y sonrisas tiernas. Me atreveré a contárte lo que pasó ese día, aunque intentaré no soltarte tantos detalles, pues necesitarías primero ganarte mi confianza para conocerlos. Y esto es lo que sucedió en ese día cálido de mayo:

Era un día aburridísimo en el que la campana del recreo me salvó por enésima vez de las clases motónoas y aburridas. Bajé las escaleras y me fui al sitio en donde siempre paraba con mis amigos en los recreos. Me senté en una de las bancas y empecé a conversar con mis amigos más cercanos sobre los temas algo tontos de los cuales siempre hablábamos.

- Oye Bonnie, no te conté lo último que me dijo Adriano – susurró Andrés, mi mejor amigo

- ¡Dime! – exclamé

- Bueno, el me dijo que tú le gustas

- ¿Enserio? ¿Y cúando te lo dijo? – le pregunté

- En marzo

- ¡Pero si ya han pasado 2 meses desde marzo! – exclamé un poco molesta, pero emocionada al mismo tiempo

- No te enojes, por lo menos te lo estoy diciendo ahora – se defendió

Luego de conversaciones casuales que siempre tenía con él y con otros amigos, Adriano pasaba a mi costado y yo me quedaba fría. Siempre me lo cruzaba, siempre tenía oportunidad de saludarle,de inventarle algún tema absurdo de conversación sólo para poder hablar con él, pero nunca me atrevía a hacerlo. Yo me limitaba a mirarlo y saludarlo con un tímido "hola". 

- Adriano, Bonnie te llama – decía algunas veces Andrés, por el simple hecho de fastidiarme y de hacerme pasar verguenza

Adriano volteaba la cabeza pero yo nunca decía nada, ni siquiera improvisaba. Mi temor, mi falta de seguridad eran tan grandes y evidentes que él me dirigía una de sus sonrisas acogedoras y yo se las devolvía. Cosas así eran comunes en los recreos... ¡Tiempos aquellos, en donde todavía mi vida era almibarada! Al terminar las clases, me iba directo al teatro: el lugar en donde lo conocí y en donde me han pasado muchas cosas mágicas con él. Recuerdo aquella vez en que me abrazó y me dijo lo mucho que me quería, no dejé de sonreír en toda esa presentación. También recuerdo cuando él ponía su mano encima de la mía y me miraba con sus ojos indomables. Y por supuesto, nunca olvidaré aquel día en que me habló por primera vez, lleno de dulzura. Han pasado ya tantas cosas, que tendría que escribir un libro entero sobre todo lo que nos ha pasado con todo los detalles... Pero que estoy diciendo... ¡Te dije que no te daría detalles, querido lector! Ya te los dí, no tiene caso. Conociéndome como me conozco, no tendré recato alguno en contarte esta historia. Prosigamos.

Al entrar a la puerta del teatro veia las mismas caras de siempre, todas alegres por entrar a aquel mágico lugar. Veia llegar a Adriano, y me sonreía cada vez que lo miraba. Tenía que practicar las escenas, concentrarme, entrar en el personaje, pero la mirada de Adriano me apuntaba y me ponía nerviosa. Querido lector, ¡su mirada era un hilo de distracción muy grueso! Pasada una media hora, me senté en una de las butacas delanteras junto a una amiga. Empezamos a hablar sobre "cosas de chicas" y en eso Adriano se acercó a nosotras con firmeza. Se sentó atrás mío y se unió a nuestra conversación. Estábamos hablando tranquilamente hasta que él se desvió de la conversación y me preguntó:

- ¿Quién te gusta?

Él me acababa de hacer una pregunta que me moría por escuchar. Ya había pasado mucho tiempo desde la última vez que me lo preguntó (que fue en nuestra primera conversación, por cierto, hace casi un año ahora que memorizo). Aunque yo era lo suficientemente precavida para no poner circunspectamente su nombre en mis labios, mi corazón se empezó a acelerar, pero simplemente no podía encontrar una alternativa adecuada a mi verdadera respuesta , así que me limité a responderle algo cortante ("No te diré" fue mi frase de limitación).

- Dime quién te gusta, dame al menos una pista, estoy con la intriga - insistió Adriano

Era muy obvia su manera de preguntarlo, que también iba acompañada de un ademán nervioso en sus manos (y, en las mías también). Traté de cambiar de tema y él se prestó perfectamente. Ay, ¡mi corazón parecía el de un potrillo que corría fuertemente después de haber sido liberado de una jaula! Y la expresión ladina de Adriano lo decía todo: el se sentía tan emocionado, eléctrico, e impaciente como yo. 

Obsesión inmiscuidaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora