Beso

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Beso


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Kyoya odiaba a los niños por el simple hecho de ser los herbívoros más ruidosos del mundo —en su excepción estaba Sora, por supuesto—. Sí, no los soportaba, pero jamás pensó que podría llegar a odiar tanto a una niña cómo lo hacía en esos momentos.

Y es que la cría no se separaba de su Tsunayoshi. Era insoportablemente «adorable» y el castaño era demasiado inocente como para darse cuenta de las intenciones de esa niña del demonio.

Ambos habían ignorado el comentario de la niña que logró sacarle los colores al cielo —cosa que le agradaba, porque verle sonrojado era una buena vista pero aborrecía al no ser el causante de su rubor— y siguieron caminando hasta llegar al lugar acordado pero...

—¿Cuándo nos encontraremos con el herbívoro piña y el herbívoro malvavisco? —refunfuñó el azabache, impaciente por librarse de la criaja esa.

—Según Miu—chan, deberían llegar pronto —miró a la albina que sostenía en brazos, la cual se entretenía jugando con su cabello castaño para la frustración de Kyoya.

—Cuando me dejaste tu móvil, les dije que se dieran prisa... —la nube no creía ni una sola de las palabras que decía, pero Tsuna sí, y volvió a mirar a Kyoya con una sonrisa de disculpa.

—Lo siento, Hibari—san, si quieres puedes marcharte... Yo me quedaré con Miu—chan y seguiré buscando a Sora junto a Mukuro y Byakuran —el azabache negó con la cabeza. Ni en broma pensaba dejar a su omnívoro solo con esa jauría de herbívoros, menos con la cría y con la piña. Es que ni de coña.

—No te preocupes, esperaré —fulminó con la mirada a la pequeña que tenía una sonrisita de superioridad muy incómoda.

Y es que Miu de tonta no tenía un pelo. Había decidido que quería esperar a sus padres en el lugar más concurrido de Namimori, según ella porque le daba más seguridad. Con esa carita de «no rompo un plato», logró convencer a Tsuna de hacerlo, y como obviamente no iba a dejar al castaño solo, tuvo que aguantarse y atenerse a esperar en ese maldito lugar repleto de herbívoros.

Detestaba las multitudes y eso Miu lo sabía muy bien.

Si no la mataba ya, era porque Tsuna se entristecería y se molestaría con él, pero la piel le estaba empezando a picar de estar parado y encima con multitud.

—¿Seguro que les has dicho que se den prisa? —preguntó hastiado. Tsuna seguía preocupado por Sora, al igual que él, y la espera era eterna.

—¿Dudas de mí, tío alondra? —preguntó dolida—. ¡Tío Tsuna! ¡Dile algo! —hundió su rostro en el hombro del aludido y empezó a emitir sollozos.

—Hibari—san, no seas malo con ella, debe estar asustada... —acarició el albino cabello de la niña—. Ya está, tranquila Miu—chan, no llores...

—Pe—pero... —era el tartamudeo más falso que había oído, pero para los oídos del castaño era real—. Tío alondra... me odia...

—No te odia, ¿verdad, Hibari—san? —miró suplicante al mayor, pidiéndole apoyo. Desgraciada niña, no podía declinar algo al chico si lo miraba de esa manera.

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