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Hubiese querido que el abrigo con el que eligió salir lo cubriese tanto como sus otros abrigos. Pero no contaba con dos cosas: que el clima en Jersey decidiese empeorar de un día para otro, y que Linda estuviese lavando sus otros abrigos que sí lo cubrían del frío terrenal. Para esa época, sabe qué es lo que se viene. Jersey baja a temperaturas insoportables sólo en ocasiones especiales: cuando agosto está acabando, cuando están a pleno septiembre, cuando su cumpleaños se aproxima y más allá, como regalo de cortesía, se viene Navidad.

En la cafetería, su jefa siempre es una de las primeras en gritar que la víspera se acerca. La ve sonreír, desearle feliz navidad adelantada a todos e incluso regalarle docenas de cajas de galletas que termina recolectando y calladamente llevando a refugios para niños a primera hora de la mañana el día del veinticinco, entonces regresa a casa, sin darle explicaciones a su madre que no las necesita, después de todo.

Ella probablemente sabe que Navidad no es su festividad favorita. La cafetería se decora desde el último detalle en las afueras como en los adentros, mientras que en su hogar el ambiente nunca abandona lo sombrío. Linda le prepara chocolate caliente, da un fuerte abrazo, y entonces se acuesta a dormir. Esperando que, al despertar, todo haya acabado, los adornos y la nieve se hayan ido y los niños dejasen de cantar villancicos por doquier.

Pero quién sabe, quizás... quizás este año sea diferente.

— ¿No estás bromeando? —su carcajeo le hace estremecer bajo la delgadez del abrigo. Intenta que su cabello no le cubra el rostro con la ventisca que se cuela entre ellos para poder verlo. Le sonríe tras negar—. Ah, mierda. Eso explicaría bastante.

— ¿Bastante? —Gerard le asiente, jadea una risa—. ¿Nunca en todo este tiempo te ha interesado alguna chica?

Gerard se detiene, con sus manos en ese largo abrigo negro que le ha visto mucho últimamente. Desviando su mirada, lo sigue hasta que se monta a una de las atracciones sin funcionamiento del parque. Debe seguirlo. Lo ve acariciar la cabeza plástica de un caballo perteneciente al desgastado carrusel. El blanquecino sonríe, encogiéndose de hombros.

—He tenido cosas más importantes de las cuales preocuparme, Frank. Como mi carrera, y mis alumnos. Ellos son importantes. Pero no quita que me dé curiosidad el saber cómo era en secundaria.

—Pues salías con muchos chicos —el avellana hace un mohín, teniendo todas las intenciones de hacer hincapié en el tema—. Incluso te gustaba el más idiota. Como si no pudiese ser más típico.

—... Si me gustaba el más idiota, quiere decir que posiblemente era el más popular, ¿no? —entrecierra sus ojos. Frank sube a su lado en el viejo carrusel. Se apoya de otro caballo a un metro de distancia de él.

—Puede ser. Muchos te conocían, muchos no. Nadie era el centro de atención en la secundaria, Gee. Todos eran uno más entrando y saliendo por esas puertas, para entrar por cinco años o no volver nunca más.

— ¿Así fuese gay?

— ¿Cuál es el problema con ser gay? —alza una ceja, y no quiere sonar a la defensiva, pero en su tono se cuela algo de molestia.

—No, no, ninguno, es sólo... Ese tipo de... cosas siempre logran... llamar más la atención. Pero no hay nada en contra. Mas bien, ahora que lo pienso, todo tiene un poco más de sentido. Realmente no me he sentido atraído a ninguna chica en estos tiempos. Debe ser por eso.

Con esfuerzo logra hincarse para subir al caballo que acariciaba. Frank desciende su mirada, mordiendo sus labios. Se da mérito extra por haberlo hecho llegar a esa conclusión, ya se había tardado en dar los primeros pasos para conquistarlo de nuevo. Y quizás sí es un proceso lento, pero es un proceso que al final valdrá la pena. Gerard se enamoraría de él nuevamente, y él podría intentar cada cosa que, según él, falló en el pasado.

remembering you › frerardHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora