20. El perdón tras un adiós. (Final)

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Los días avanzaban tan lentamente que en momentos creía que el tiempo se detenía. Ahora entendía porque su madre no quiso en un primer momento tenerlos ahí encerrados, tan sólo viendo como la vida seguía avanzando.

Sus lazos comenzaban a repararse con el paso del tiempo, aún existían roces contra su padre pero su madre siempre se encontraba a tiempo para detener la pelea antes de que empeorase, sin duda si su madre siempre hubiese estado con ellos habrían sido la familia perfecta que por mucho tiempo anheló.

Pero ya no era momento de seguir lamentándose sobre todo lo que pudo haber sido o no, ahora tenía la oportunidad de empezar de cero sin que su existencia fuera una amenaza para la humanidad. Pese a los pocos lugares que tenía por recorrer o lo poco en sí que podía hacer, ya había tenido la oportunidad de conocer a antiguos lugareños del lugar y empezar a socializar más. Esa máscara fría que siempre cargaba consigo comenzaba a quebrarse poco a poco, ahora ya no tenía nada a que temerle ni nada de que protegerse o de que proteger a los que amaba.

—Chris, necesito que me hagas un favor.

—Claro mamá ¿Qué pasa?

—Necesito que vayas a la entrada del laberinto.

—¿Estás bromeando? —Una risa irónica salió de sus labios. —¿No recuerdas lo que dijo el anciano? No debo ni acercarme.

—Eso fue exagerado, mientras no cruces la entrada estarás bien, la advertencia era sólo para que no te tentaras a acercarte.

—Sea o no cierto, ¿para qué quieres que vaya ahí?

Susan sonrió un momento y se acercó a su hijo, depositándole un suave beso en la mejilla.

—Sólo confía en mí y ve.

Christian se revolvió el cabello y asintió emprendiendo su caminata hacia la entrada del laberinto. Desde que había llegado no se había ni acercado ahí pero confiaba ciegamente en su madre y sabía que no sería capaz de poner en riesgo a la humanidad sólo porque sí.

Al irse acercando a la zona mencionada pudo notar que el atardecer se encontraba afuera, hacía cuatro años que no había visto la luz del sol y sus ojos habían perdido la costumbre. Caminó hasta llegar al borde y no avanzó más, sólo esperó a que sus ojos se acostumbraran de nuevo para poder ver con claridad ese exterior que jamás volvería a tocar.

—Hola Christian.

Dirigió su vista rápidamente a Jazmín, no entendía que hacia ella justo en ese lugar.

—¿Jazmín? ¿Qué, cómo, por qué? —No podía completar ninguna pregunta, simplemente no entendía cómo es que ella había llegado ahí.

—Tu mamá me contó todo y me dijo que aquí podría hablar contigo, nunca pude despedirme bien de ti desde... aquella vez.

Christian repasó lentamente con su mirada a Jazmín, pese a que ya habían pasado cuatro años desde la última vez que la había visto, no había cambiado mucho, era la misma chica rubia de ojos azules, la misma "típica extranjera" que vio en ese salón de clases el primer día que apareció en su vida, sólo que ahora con rasgos ligeramente más maduros.

—¿Te contó todo? —Intentó adivinar en que momento su madre se había salido y entonces cayó en cuenta de que si su familia estaba en ese lugar era sólo por él, pero realmente ellos si podían salir a voluntad y hacer lo que quisieran.

—Si, todo.

Un silencio incómodo se adueñó del lugar, él la miraba a ella pero Jazmín no podía sostenerle mucho tiempo la mirada, sólo la bajaba y suspiraba ocasionalmente.

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