Capítulo XXIX

23K 1.4K 128
                                        

Después de la revelación de mi madre no había podido dejar de llorar, me pidió que jamás le dijera a nadie y mucho menos a Charlotte, ella decía que no quería causarle más penas a su hija mayor pero yo estaba segura de que mi madre temía que si Charlotte conocía la verdad renunciara a trabajar en el castillo y la perdería para siempre. Yo, por otra parte sabía que el vínculo tan fuerte que habíamos formado Charlotte y yo a lo largo de los años ahora tenía una explicación, y un sentimiento extraño me recorría cuando recordaba que ella me cuidó y cubrió muchas de mis travesuras como una hermana mayor lo hubiese hecho por su pequeña hermana.

Una pensamiento que me atormentaba mucho era mi padre, yo sabía que él era malo, pero ahora lo despreciaba, mataba gente inocente cuyo único pecado había sido levantar la voz en busca de justicia; condenó a mi madre a una vida sin amor, había hecho de ella una esclava en jaula de oro; a mí, me obligaba a correr la misma suerte que mi madre, impulsado por sus egoístas pretensiones y privandome de vivir con amor; y a mi pobre hermana le arrebató la posibilidad de una vida feliz a lado de un amoroso padre; si bien su madre ha estado todo el tiempo a su lado, ella no lo sabe, y era preferible vivir con un padre que la amara aunque eso implicara pensar que su madre estaba muerta, a vivir toda una vida creyendo estar sola en el mundo. Eran tres vidas diferentes, las tres marcadas por una tragedia perpetrada por el mismo hombre y las tres vidas sin un remedio aparente.

Ahora que sabía la verdad, me era extraño aceptar que Charlotte tuviera que trabajar para mí, puesto que somos sangre de la misma sangre; había formado un enorme dilema en mi mente y no podía dejar de pensar en eso, no podía dejar de sufrir por mi madre, por Charlotte e incluso por mí misma, ahora tenía que enfrentarme a la vida sabiendo toda la verdad, cómo fue posible que mi madre viviera tantos años con ese pesar en su alma, día a día saber que no puede estrechar a su hija en brazos y saber que el hombre a quien ama ya no está en este mundo todo gracias al hombre con el que debe compartir la cama cada noche, todo ello mermaba mi felicidad pues sabía que dos de las personas a quienes más quería sufrían cada día de sus vidas.

Esa mañana bajé al comedor para desayunar, cada vez que miraba a mi padre la furia volvía a apoderarse de mí, pero mi madre, quien se daba cuenta de todo, con sus ojos me hacía saber que debía mantener la calma o todas podríamos salir perjudicadas.

Era una fortuna que Daimmen había mantenido la boca cerrada durante todo el desayuno, pues justo hoy era la persona con la que menos quería lidiar, su insoportable actitud crecía día a día y junto con ella crecía mi desilusión, se que no es una exageración cuando digo que pasar los días con él son un martirio, su tema favorito de conversación es él mismo, "yo, yo, yo" es de lo único que sabe hablar, a veces pienso que su ego es más grande que todo su reino. Me resulta vergonzoso incluso pensar cuando me creía enamorada de él, si pudiera revivir esa noche en Francia rechazaría su baile con vehemencia, ese momento fue el que desencadenó todo lo que estoy viviendo, pero ya no había tiempo de lamentarse, ya todo estaba hecho, ahora solo me quedaba tener paciencia.

-Daimmen.-Dijo mi madre.- Espero no te moleste que por este día te prive de la compañía de mi hija.-

-Para nada majestad, después tendré toda una vida para gozar de su compañía.-

Intenté no rodar los ojos, lo hacía cada vez que su lado más hipócrita salía a flote.

-Entonces, Elise, después del desayuno te espero en el salón.-

-Sí, madre.-

Acto seguido se levantó de su silla y salió del comedor, me apresuré a comer, aunque ya creía saber para qué me necesitaba. Me excuse y salí casi corriendo del comedor para reunirme con mi madre; entré al salón, ella ya estaba ahí.

Perdida en mi destino.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora