Capítulo diez: Ni se las olía (Documental)

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Tal como un gran virus ataca el sistema inmune del ser humano, el tipo abre los ojos sintiéndolos pesados, el cuerpo se quiebra tan sólo de respirar y al percatarse de una gran bolsa de hielos en su rostro, se extraña de su estado, incluso de su sentir. Miró por todos lados. La habitación le era completamente desconocida, incluso las demás botellas encima del buró no le parecían familiares. ¿Acaso había tenido una aventura? ¿Acaso por su estado decidió rentar una habitación de hotel? Lo único tranquilo para él es que no debía avisarle a nadie en su hogar sobre su paradero porque no vivía con nadie, era un solitario trabajador fastidiado de la vida y sin amor. ¿Por qué habría de preocuparse por la noche anterior? ¿Acaso le habían robado? El pensaba que sí, era una posibilidad. Lo que él ignoraba es que no era algo material.

El tipo hizo remembranza desde que salió del trabajo con sus compañeros de área, iban a celebrar el final de la semana y quincena como todo trabajador que medio vive con los depósitos. Para la quitarse ese estrés y mal sabor de boca de sus labores diarias, optaron por visitar su bar de frecuencia, donde tomarían un par de cervezas antes de partir a sus hogares para vivir en la mediocridad de sus vidas. Todo marchó como cada quince o inicio de mes para él y sus colegas, hasta que él quedó solo con la compañía de las botellas de vodka que el chico del bar le cedió a regañadientes. Este segundo acostumbraba a ver tipos mala copa todo el tiempo.

Un olor a fresas silvestres atacó la sudoración y alcoholismo del bar, aroma que provocó al tipo buscar de dónde provenía tan dulce fragancia que decoró de feminismo el lugar. Una mujer rubia con un pegado vestido azul que relucía su gran escote se coló dentro del lugar y par sorpresa del tipo, ella se acercó a la barra donde el yacía.

El bolso de la desconocida rubia cayó y la emergente oportunidad se presentó par el tipo, un golpe en a conversación y por fin rompería la rutina solitaria de su vida. Ella le agradeció y acto seguido pidió al chico del bar una margarita. El tipo, amablemente, le mencionó que esa bebida iría por su cuenta, acción que despertó la sonrisa de la rubia ojiverde. La conversación fue fluyendo con los minutos hasta que el ambiente se tornó caliente, fogozo, o sólo el tipo lo sentía gracias a los niveles de alcohol en su cuerpo y la insistencia de dejar escapar el instinto animal.

―Aún no sé tú nombre, señorita.

―No necesitas saberlo sí sólo quieres una noche conmigo.

Rojizos trazos de vergüenza aparecieron en las mejillas del tipo sin saber que decir, la respuesta le había dejado atónito. La rubia, con seguridad, tomó su mano y salieron del bar. La predominante oscuridad de la noche hizo más romántica la salida, o quizá más fogosa. Pequeños destellos de las luces de la ciudad se reflejaban como si fuesen las estrellas al momento de morir.

Caminaron en silencio por unos minutos hasta que llegaron a unos apartamentos de la Colonia Roma, una de las colonias más cotizadas de la Ciudad de México. Subieron hasta el cuarto y último piso donde supuestamente vivía la ojiverde. Antes de abrir la puerta, ella se giró al tipo con un poco de pena.

―Sé que apenas nos conocemos pero debo decirte algo antes de pasar.

―¿Qué ocurre?

―Tengo un hijo y está dentro, dormido... No, ¿Sabes? Mejor lo dejamos para otra ocasión.

Ante las palabras de la rubia, el tipo sintió la desesperación en sus adentros. No podía permitirse dejar pasar una oportunidad así, sobre todo por las inmensas ganas que tenía de volverse un animal ante la espera de alguna mujer que le quisiera de esa forma, o de otra.

―No tengo inconveniente, prometo no hacer ruido.

La vergüenza que la mujer sentía, el pequeño rubor pintado en sus mejillas, se desvaneció en ese instante y relució una sonrisa extraña. Par el tipo fue una señal de deseo, para ella fueron las palabras "ya te tengo, ingenuo".

―Por favor, pasa. Espero te guste estar aquí conmigo aunque sean unas horas.

―Con gusto, será un placer para mí.

El tipo pasó al departamento, aquel lugar que desconocía pero que sería su tremendo final. O quizá, un final parcial.

―¿Gustas algo de beber? ¿Agua? ¿Tequila? Por ejemplo.

El tipo carcajeó suave ante la propuesta y cedió ante el tequila, fue una maravillosa decisión a los ojos de la rubia. Se adelantó a la cocina a servir dos caballitos de tequila, preparó unos limones y un poco de sal. Continuaron la charla y los sorbos secos a la bebida. El ingenuo veía extraño su vaso y pensó que se debía a tanto alcohol consumido tras pasar la conversación. Él quiso pararse para ir al baño, su acto fue tan fallido que terminó desmayado en medio del suelo.

La luz diurna inundó la habitación. Para la resaca del tipo, esta era insoportable. Trató de recordar lo más cercano a su desvanecimiento, antes de perder todo conocimiento. Escuchó murmullos, muchos pasos de gente por la habitación. Sin duda, lo habían drogado.

Parecía que aquella rubia sólo se aprovechó de él y de su dinero, él ya se esperaba encontrar su billetera vacía, pero no. Esta estaba intacta.

Extrañado, trató de pararse y un líquido espeso cayó de su nariz. Rápidamente se miró la mano y encontró sangre escurridiza de su nariz. Se limitó al paso lento por el departamento gracias al mareo que su cuerpo ocasionó tras ver putitos amarillos por toda la habitación hasta el baño. Más impactado por ver su nariz, su expresar de pánico se relució al ver lo escrito en el espejo del baño.

"Gracias por tu amable donación"

OLFATO (Adaptación Camren)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora