Capítulo uno: De México a Alemania

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Tres semanas, sólo veintiún días para mi cumpleaños número dieciocho y me encontraba de lo más entusiasmada. Sería mayor de edad y, a pesar de no ser una chica rebelde, tendría realmente la libertad que desde pequeña soñé. Después de una leve parada en Frankfurt y más de dieciséis horas de vuelo, llegué al aeropuerto de Berlín, Alemania. Una mujer de mediana edad más alta de lo que yo aspiraba a crecer y de intensos ojos verdes mantenía un cartel entre sus manos, un cartel que me causó gracia con sólo leerlo.

"Kameela"

Supuse que así le había sonado mi nombre y no podía culparle, en casi todos los países las vocales suenan diferente; además estaba en Alemania, ¿Por qué debía molestarme?

Luego de un interrogatorio interminable en el aeropuerto de dicho país, me dejaron tranquila al saber que mi papá se encargaba de todo lo relacionado con en consulado. Me sentí más aliviada al ver a la secretaria de mi papá quien no lucía del todo bien. Seguramente se debatía en lo injusto de la vida al venir por mi en vez de atender algo "más importante", como servirle café a mi papá. Traté de no tomarle importancia a su gusto por recogerme y al saludarnos nos encaminamos al estacionamiento. Ella tenía un Mercedes Benz, así que para hacerle conversación, le pregunté sobre el modelo. Fue el primer error que cometí desde mi llegada. Ella siendo una experta en las agendas, ya estaba haciendo un itinerario para visitar la fabrica ubicada en Stuttgart. Desde ese momento comprendí que con ella SÓLO debía hablar lo necesario.

Suponiendo las previas órdenes de mi papá, ella me dejó en su residencia, una pequeña casa a un costado de la embajada. Encantada por estar en mi "nuevo hogar" y "momentáneo", opté por tomar una ducha y relajarme de todo lo que viví en el cansado viaje. No tomé en cuenta el clima del país europeo pero andar abrigada era lo que más me gustaba, más ducharme con agua hirviendo. Todo mi cuerpo se estabilizó, se calmó al grado de tener ganas inmensas de dormir, pero mis planes fueron interferidos por mi papá, quien llamaba a la residencia.

―Residencia Cabello, ¿Diga?

―Hasta que escucho decencia en una llamada contigo.

―¿Qué tal papá?

―Todo en orden. Alístate, iré por ti y comeremos en un restaurante exquisito.

―Seguro de tus músicos...

―Camila... Anda, que ya te espero abajo.

No repliqué, simplemente colgué y me apresuré a vestir para almorzar. Después de todo, nunca había estado en Alemania y demandaba por comer algo delicioso.

Mis demandas fueron completamente nulificadas, como si mi padre quisiera hacerme pasar un mal primer día a propósito. Fuimos a un restaurante con pinta clásica y tradicional, tal como lo había imaginado. Por donde uno viera colgaban fotografías de grandes músicos, cantantes y directores de orquesta. No me desagradaba pero yo prefería la locura musical que mi papá no lograba comprender.

―Y... ¿Qué opinas, Camila?

Mi respuesta demoró más de lo que el filete de pescado en llegar. Mi papá pidió por mi, excusando su poder en que su adorado Herbert von Karajan solía comer esto en cada visita a Berlín.

―Bueno, no veo a Nina Hagen.

―¿Quién es ella?

―Una famosa cantante de ópera que, gracias a su rebeldía, dejó lo anticuado y se desvió al punk.

―Camila, este país hace música de verdad.

―Pero Karajan es austriaco.

―Camila...

OLFATO (Adaptación Camren)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora