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Otra de las razones por las cuales traté de disuadir a mis padres de mudarnos a Chicago, fue el instituto. Estábamos a mediados de invierno, apunto de empezar los exámenes finales y comenzar el último semestre. En Italia, el sistema educativo era completamente diferente. No solo los periodos estaban divididos de otra forma, sino que tenía materias que nunca antes había dado, como economía del hogar. Pero, como todas mis otras suplicas, aquello no funcionó. Usaron de escusa que mi rendimiento académico era perfectamente suficiente como para cambiarme casi a finales de curso y mantener mi promedio de notable alto.

Estaba a punto de cumplir los dieciocho; cambiarme de instituto no es lo que desease precisamente como regalo de mayoría de edad. Por no mencionar que allí no sería considerada adulta hasta los veintiuno. Suspirando, me recliné sobre el respaldo de la butaca en la que estaba sentada y suspiré dramáticamente. La secretaria, sentada al otro lado del escritorio que nos separaba, dejó de escribir en el ordenador y me miró de reojo con fastidio. A lo mejor era porque aquella era la quinta vez que suspiraba en los últimos diez minutos. Mi madre estaba reunida con la directora del centro, la señora Mc no sé qué, en su despacho, y al cual se accedía por el despacho de la secretaria. Miré de reojo el reloj, siendo consciente de que llevaban allí metidas casi una hora. Me pregunté qué narices tenían que hablar, cuando lo único que necesitaba saber era mi horario y el aula al que tenía que ir. Lo bueno es que eran las casi las nueve, por lo que ya había perdido una hora.

Desde que supe que no me quedaba otra que aceptar mi cambio de instituto, me había pasado las horas muertas investigando sobre aquel lugar, o el Chicago High School (sí, lo sé, original), y, por más que me jodiese, no podía decir que era un lugar desagradable. Se trataba de una institución moderna, agradable a la vista y con instalaciones propias, como un gran pabellón deportivo o sala de conferencias. Además, tenían no sé cuántos premios de educación y las críticas eran casi todas positivas.

La puerta del desapacho de la profesora se abrió, ella se asomó y me sonrió antes de decir:

―Gía, pasa por favor.

Le di una mirada a la secretaria, que me ignoró deliberadamente, y entré en su despacho. Me indicó que me sentase al lado de mi madre y ella lo hizo en su sillón, sonriéndome. Era una señora algo mayor, rozaría los sesenta, con un traje que tenía pinta de ser caro y el pelo rubio, algo canoso, recogido en un moño francés perfecto. A pesar de su pinta de estirada, típica de los pijos ricos de Gossip Girl, tenía una expresión amable. Bajé la mirada y vi un pequeño cartelito, de esos con forma triangular, en el que estaba escrito con letras doradas Sra. Mc Queen.

―Bueno, Gía, ¿cómo te encuentras?

Enarqué una ceja y dije:

―Bien, supongo.

Ella asintió, comprensiva, y dijo:

―Sé que es difícil cambiarse de instituto a mitad de curso, por eso quiero que sepas que me tienes a mí y a la orientadora escolar a tu disposición siempre que quieras.

―No estoy loca ―dije a la defensiva.

Su expresión amable vaciló y mi madre me dio un codazo en el brazo. Me limité a encogerme de hombros: no iba a ocultar mi desagrado por estar en aquel lugar.

―Bueno, acudir a la orientadora escolar no es sinónimo de estar... loco. Se encarga de aconsejar a los estudiantes sobre qué camino seguir después de graduarse, de la convivencia, de los problemas que uno pueda tener no solo en el instituto, sino en su entorno familiar... Por eso siempre podrás acudir a ella siempre que te sea necesario ―terminó, sonriendo de nuevo.

Parecía maja de verdad, pero aun así no me daba buena espina. En realidad nada en aquel sitio me la daba, pero sobre todo ella. Al ver que no decía nada, cogió unos papeles que tenía sobre la mesa y me los entregó.

In my bloodDonde viven las historias. Descúbrelo ahora