―A correr diez vueltas al campo, vamos ―dijo, o más bien ordenó, la entrenadora Sullivan, ganándose las quejas de la mayoría de la clase.
Tener clase de gimnasia a primera hora desmotivaba a la mayoría a acudir a clase, pero a mí me ayudaba a despejarme. No era precisamente mi pasatiempo favorito, pero siempre había practicado deporte. Hacía frio, y estábamos en febrero, pero eso no parecía ser un impedimento para que la entradora nos sacase a correr al campo de futbol americano mientras los jugadores de éste entrenaban también a la misma hora.
―No pareces tener inconveniente en tener que correr ―se burló Will, una de las pocas que no se había quejado.
Me encogí de hombros.
―Salía a correr con frecuencia en Milán.
―¿Por qué te mudaste?
―Motivos de trabajo, o secuestro, como quieras llamarlo.
Ella me miró y se echó a reír.
―No sé por qué, pero tengo la sensación de que Chicago te acabará gustando.
Lo dudaba, y mucho menos siendo precisamente aquella asquerosa ciudad castigada por el viento.
―Ya veremos ―me limité a decir.
Ella se encogió de hombros y seguimos corriendo. A pesar del frio, ella no había tenido problema en quedarse en manga corta. Ahora, el tatuaje en su antebrazo estaba completamente a la vista y llamaba mucho más mi atención que el día anterior. Había llegado a la conclusión de que ella, Cameron y Paul eran parientes y por eso tenían el mismo símbolo de la rosa, pero seguía sin saber qué significa esa conversación que tuvo con mi madre antes de que yo llegase. Negué con la cabeza para sacar ese pensamiento de mi cabeza y miré al frente, encontrándome con un jugador de futbol americano rubio que no me quitaba ojo de encima. Oh, más bien, a Will.
La miré y fruncí el ceño al ver su empeño en mirar al suelo mientras corría. Era perfectamente consciente de que ese chico la estaba mirando.
―Will, no mires, pero ese chico no deja de mirarte.
Como esperaba que hiciese, levantó la cabeza, sus miradas conectaron y ella volvió a mirar al suelo con las mejillas encendidas. Me reí, y ella me chistó para que me callase.
―¿Es tu novio? ―le pregunté.
―No ―masculló.
―¿Y él lo sabe?, porque te está comiendo con la mirada ―dije, divertida.
―Gía, que te calles ―me espetó, mirando a nuestro alrededor con nerviosismo.
Me di cuenta de que la molestaba que la preguntase aquello, así que me callé. Volví a mirar al centro del campo de futbol, donde los chicos se encontraban entrenando, y el rubio en cuestión bajó la cabeza cuando otro chico, éste con el pelo castaño, que estaba a su lado le dijo algo al oído. Entonces, el castaño me miró, y juro que mi corazón se saltó un latido. Mi estómago se contrajo, y tuve que apartar la mirada porque casi me tropiezo con mis propios pies. Cuando volví a mirarlo, descubrí que él parecía haber tenido la misma reacción: me miraba con los ojos bien abiertos, como si tuviese dos cabezas en vez de una. El otro chico le tiró el balón a la cabeza, haciéndolo reaccionar, y él se giró, mascullando algo que no pude oír. Parecían no llevarse muy bien. Ambos nos miraron a Will y a mí una última vez y siguieron a lo suyo.
―Eh, Will, ¿quién es el de pelo castaño?
Ella me miró confusa, y yo le indiqué con la cabeza a los jugadores.
―El que está con tu novio ―la aclaré, y ella gruñó.
Negó con la cabeza y volvió a mirar hacia delante.
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In my blood
WerewolfGía no esperaba que volver a la cuidad en la que nació cambiase su vida como lo hizo. Gía no esperaba que su pasado colisionase con su presente con tanta brutalidad. Gía tampoco pudo evitar enamorarse de quien lo hizo, a pesar de que esa persona rep...
