El Picnic.

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Aparqué el auto frente al cementerio. Abrí la cajuela y saqué la canasta del picnic y la manta. Cerré con llave el auto y entré al cementerio, y al acto empecé a buscar las lápidas de mis padres. Ahí estaban, de solo mirarlas me daban asco... ¿Cómo era posible que los nombres de sus padres estuvieran ahí?. Fácil, por idiota las personas que más amaba estaban enterrados tres metros bajo la tierra.

Abrí la manta en el suelo, justo enfrente de ambas lápidas y me senté. De la canasta que había traido, saqué un sandwich y me comí sólo la mitad. Duré todo el día platicando con unas lápidas inertes; reí, lloré y hasta les conté chistes a mis padres y por si se lo preguntan, sí, si estoy totalmente conciente de que no me encuchaban.

Eran las seis y media y el cementerio estaba por cerrar y nadie, absolutamente nadie había venido a saludar a la tierra aunque fuera solo eso.

Penosamente el guardia me hizo una invitación muy cordial para que saliera del cementerio, sus palabras fueron algo así "Señorita, es hora de cerrar, se ve cansada, debe ir a dormir"; pero yo pienso que lo que realmente quizo decir era que sacara mi trasero de la tierra y que las lapidas no hablan. No estoy segura, pero algo me dice que me observó todo el día.

Caminé directo hacia mi carro que por cierto ya no estaba en el lugar donde lo dejé. Vi al anciano de la casa diagonal de donde dejé mi auto.

-Hola, Señor. ¿Sabe usted que le ha sucedido a mi auto?. -Resoplé.

-Claro, se lo ha llevado la grua. -me contestó en tono de gracia.

Siendo sincera a mi no me causaba nada de gracia.

Tenía tres horas de andar caminando por las calles sin encontrar el rumbo, iba con mi canasta de picnic y la manta. Me detuve un momento y de la canasta saqué unas veinte pastillas para dormir y una botella de agua.

-Bueno, Creo que si me tomo 20 pastillas para dormir debo morir, es tiempo de parar mi sufrimiento. -Me dije a mi misma mientras me llevaba la primera pastilla a la boca y la tragaba con un poco de agua. Continué caminando con las pastillas en el bolsillo y el agua en las manos, la canasta la avandoné en el camino. El plan era tomarme una pastilla cada diez minutos.

Al rato me tomé la segunda pastilla, ya la dosis me tenía algo atontada y distraida; aparte todo estaba oscuro y solo.

De repente siento un golpe fuerte en mi hombro ; me había tropezado con un muchacho. Alcé mi mirada y al ver su belleza balbuseé. - Disculpa.

El amor salva vidasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora