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Felix está esperándonos en casa, paseándose por el porche delantero, con unos vaqueros deshilachados y una camiseta azul que no compite ni por asomo con las lustrosas mechas azules de su pelo oscuro. Se le ilumina el rostro al vernos. Mi madre aparca y Felix corre a través de la niebla perpetua que cubre nuestro pueblo, cortesía de Nidia. La niebla es crucial para nuestra supervivencia. Ningún avión que pase fortuitamente por nuestro espacio aéreo podrá detectarnos debajo de ella. Felix me estrecha en un fuerte abrazo en cuanto salgo del coche. Yo suelto un quejido y Felix retrocede, preocupado. -¿Qué, estás herido? ¿Qué ha pasado? -Nada -murmuro, mirando de reojo a mi madre; ella sabe que estoy herido, y no hace falta recordárselo-. ¿Y tú? ¿Tú estás bien? -Sí -responde Felix, asintiendo con la cabeza-. Hice lo que me dijiste y me quedé sumergido hasta que noté que se habían marchado, y entonces volví volando a casa para pedir ayuda. No recuerdo haberle dicho que buscara ayuda. Ojalá no lo hubiera hecho, pero no puedo culparlo por haber intentado salvarme. -Adentro, chicos. Con un ademán, pero sin mirarnos, mi madre nos indica que entremos. Está mirando por encima del hombro al otro lado de la calle, a una de nuestras vecinas. Joy, tía de Siwon, está plantada en su porche, observándonos muy atenta con los brazos cruzados sobre el pecho. Últimamente nos observa mucho. Mi madre está convencida de que informa a Severin de todo lo que hacemos. Con un tenso movimiento de cabeza, mi madre nos insta a entrar. Ella y Joy eran las mejores amigas del mundo. Cuando yo era un crío, antes de que mi padre muriese. Antes de todo. Ahora apenas se dirigen la palabra. Cuando entramos en casa, Jisung levanta la vista desde el sofá, donde está sentado con las piernas cruzadas y un cuenco de cereales en el regazo. El televisor truena con unos viejos dibujos animados. Mi hermano no parece «muerto de preocupación», como aseguraba mi madre... Mamá va hacia el televisor y baja el volumen. -¿De verdad necesitas tenerlo tan alto, Jisung? Jisung se encoge de hombros y hurga entre los cojines del sofá en busca del mando a distancia. -Como no podía volver a dormirme, he decidido intentar ahogar el sonido de la alarma. Siento que se me revuelven las tripas. -¿Han activado la alarma? - pregunto. La última vez que lo hicieron fue cuando mi padre desapareció y formaron un grupo de búsqueda. -Oh, sí -afirma Felix, poniendo los ojos como platos-. A Severin casi le da un ataque. Jisung sube el volumen del televisor tras encontrar el mando a distancia. Luego lo deja caer en el sofá y se lleva a la boca una cuchara chorreante. -¿Es que te sorprende que hayan reunido al pelotón por ti? -dice, mirándome de soslayo con expresión cansada-. Piénsalo. Siento una creciente necesidad de defender mis acciones, aunque la dejo marchar respirando profundamente. He intentado explicárselo un montón de veces, pero Jisung no lo capta. El no puede11 entender el impulso draki. ¿Cómo podría? Mi madre apaga el televisor y , ajena a cualquier tensión, agita las manos en el aire y pregunta: -Bueno, ¿qué ha sucedido? ¿Cómo has escapado? Estaban por todas partes. ¿Has visto esos lanzadores de redes? - Mi madre parece ponerse enferma, pero Felix continúa-. Estaba casi seguro de que no lo conseguirías. Ya sé que eres rápido, y puedes echar fuego y todo lo demás, pero... -Como si pudiéramos olvidar eso -masculla Jisung con la boca llena de cereales, poniendo los ojos en blanco exageradamente. Jisung no se ha manifestado nunca. Es una tendencia creciente entre los drakis, lo cual alarma a los mayores, que están desesperados por preservar nuestra especie. Mi hermano gemelo, que solo es unos minutos menor que yo, es un humano común y corriente, y no puede hacer nada por evitarlo. Eso lo mata. Y me mata a mí. Antes de que yo me manifestase, estábamos muy unidos y lo hacíamos todo juntos. Ahora no compartimos nada más que la misma casa. Entonces reparo en mi madre, que se mueve por el salón cerrando todas las contraventanas de madera y sumiendo la estancia en la penumbra. -Felix -dice-, ya es hora de que te despidas. -¿Cómo? -replica mi amigo, pestañeando. -Que te despidas -repite mi madre con voz más firme. - Oh. -Felix frunce el entrecejo y me mira-. ¿Quieres que mañana vayamos andando a clase? -Sus ojos relucen significativamente, dando a entender que entonces podré contárselo todo-. Me levantaré temprano. Felix y yo vivimos en extremos opuestos del pueblo. Nuestra comunidad tiene la forma de una rueda gigantesca con ocho radios. Cada radio sirve como calle. El centro, el eje, funciona como el corazón del pueblo. El colegio y el salón de actos se encuentran allí. Yo vivo en la Primera Calle Occidental, y Felix, en la Tercera Oriental. Prácticamente estamos tan alejados como es posible. Un muro cubierto de hiedra rodea la población, de modo que no podemos tomar el borde exterior para llegar antes a nuestras casas. -Claro. Si estás dispuesto a levantarte temprano y venir hasta aquí... En cuanto Felix se marcha, mi madre cierra la puerta con llave. Jamás la había visto hacer eso. Luego se queda mirándonos un largo rato. El único sonido es el repiqueteo de la cuchara de Jisung en el cuenco. Después, mamá nos da la espalda para mirar a través de las contraventanas, como si le preocupara que Felix pudiera oírla. U otra persona. Tras volverse hacia nosotras, anuncia: - Empaquetad vuestras cosas. Nos marchamos esta noche. El estómago se me cae a los pies, como cuando desciendo deprisa y de repente en el aire. -¿Qué? Jisung se levanta del sofá tan rápidamente que el cuenco de leche y cereales cae al suelo. Mi madre ni siquiera grita al verlo, ni siquiera mira el desaguisado, y es entonces cuando sé que todo ha cambiado... o está a punto de cambiar. Mi madre habla en serio. - ¿Lo dices de verdad? -Los ojos de Jisung tienen un brillo febril. Parece vivo por primera vez desde que..., bueno, desde que yo me manifesté y quedó claro que el no iba a hacerlo-. Por favor, mamá, dime que no estás bromeando. -Yo no bromearía sobre esto. Empezad a hacer las maletas. Coged tanta ropa como podáis y... cualquier cosa que consideréis importante -replica mi madre, y luego clava los ojos en mí y añade-: No vamos a volver. Yo no me muevo. No puedo. El ardor de mi hombro se intensifica, como si tuviera un cuchillo clavado ahí, retorciéndose, hundiéndose más profundamente. Con un gritito de emoción, Jisung corre a su cuarto. Oigo cómo la puerta de su armario se abre de par en par y golpea contra la pared. -¿Qué estás haciendo? -le pregunto a mi madre. - Algo que deberíamos haber hecho mucho tiempo atrás. Después de que tu padre muriera. -Aparta la vista y parpadea furiosamente antes de mirarme de nuevo-. Supongo que siempre tuve la esperanza de que algún día volviera a entrar por esta puerta. Y teníamos que estar aquí por él -añade con un gran suspiro-. Pero ya no va a volver, Jeongin, y yo debo hacer lo mejor para ti y para Jisung. -Querrás decir lo mejor para ti y para Jisung, ¿no? Abandonar la manada no supone gran cosa para ellas, eso lo sé de sobra. Mi madre aniquiló deliberadamente a su draki hace años; lo dejó extinguirse por inactividad cuando fue evidente que Jisung no se manifestaría nunca. Supongo que lo hizo para que mi hermano no se sintiera solo. Como un acto de solidaridad. Yo soy el único de la familia que se siente conectada a la manada. El único que sufrirá si nos marchamos. -Jeongin, ¿es que no ves que sería muchísimo más fácil, y muchísimo más seguro, renunciar a tu draki? Doy un respingo, como si me hubiera abofeteado. -¿Quieres que niegue mi draki? ¿Que me convierta en lo mismo que tú? -Un draki inactivo que pasa por humano... Sacudo la cabeza-. No importa adónde me lleves: no lo haré. No olvidaré quién soy. Mi madre me pone una mano en un hombro y me da un leve apretón. Para animarme, supongo. - Ya lo veremos. Quizá cambies de opinión al cabo de unos meses. -Pero ¿por qué? ¿Por qué tenemos que irnos? -Ya sabes por qué. Supongo que una parte de mí lo sabe, aunque se niega a admitirlo. De repente quiero fingir que todo es perfecto. Quiero olvidar mi malestar por la dictadura de Severin. Quiero olvidar la mirada posesiva de Siwon. Olvidar lo aislado que se siente mi hermano en una comunidad que lo trata como a una leprosa, y olvidar la culpabilidad que siempre he sentido por eso. -Algún día lo comprenderás -continúa mi madre-. Algún día me agradecerás que te haya salvado de esta vida. -¿De la manada? ¡Ellos son mi vida! Mi familia. Un alfa repugnante no cambia eso. Severin no estará al mando para siempre... -¿Y Siwon? - me recuerda mi madre frunciendo los labios-. ¿Estás preparado para él? Doy un paso atrás; no me gusta el temblor emotivo de su voz. Por el rabillo del ojo veo que Jisung se queda inmóvil en el umbral de su habitación. -Siwon y yo somos amigos -respondo. Más o menos. Por lo menos lo éramos. Claro. -¿Qué quieres decir? -Tú ya no tienes ocho años y él no tiene diez. Una parte de ti debe saber de qué he estado protegiéndote. De quién he estado protegiéndote. Desde que te manifestaste, la manada te ha marcado como su posesión. ¿Tan malo es que quiera reclamarles a mi hijo? Tu padre lo intentó, peleó constantemente con Severin. ¿Por qué crees que salió a volar solo aquella noche? Estaba buscando una manera... La voz se le quiebra y se interrumpe, y yo lo escucho paralizado. Mi madre nunca habla sobre aquella noche. Sobre mi padre. Me da miedo que pare. Me da miedo que no pare. Su mirada vuelve a posarse sobre mí, fría y decidida, y eso me asusta. En mi interior brota un calor familiar que me quema y aprieta la garganta. -Ni que la manada fuera una secta demoníaca, mamá... -¡Lo es! -exclama ella con los ojos llameantes y agitando un brazo violentamente-. ¿Cuándo vas a comprenderlo? Cuando exigen que entregue a mi hijo de dieciséis años a su amado príncipe para que puedan empezar a procrear, ¡son demoníacos! ¡Quieren que seas su yegua de cría, Jeongin! ¡Para llenar la manada de pequeños piroexhaladores! Ahora está muy cerca, gritándome a la cara. Me pregunto si Joy u otro vecino podrá oírla. Me pregunto si a mi madre le importa ya. Retrocede e inspira profundamente, y añade: -Nos marchamos esta noche. Empieza a empaquetar. Yo me voy corriendo a mi habitación y cierro de un portazo. Es melodramático, pero hace que me sienta mejor. Me paseo por mi cuarto tomando aire y soltándolo. Me brota vapor de la nariz en pequeños chorros furiosos. Me paso una mano por la cara y el cuello, por la cálida piel. Tras dejarme caer en la cama, suelto un resoplido y me quedo mirando al infinito, sin ver nada, sintiendo solo el calor que burbujea en el centro de mi cuerpo. Poco a poco, mi fuego interior se enfría y mis ojos empiezan a recorrer las centelleantes estrellas que cuelgan del techo en tiras. Papá me ayudó a colgarlas después de pintar el techo de color azul. Me dijo que sería como dormir en el cielo. Un amargo sollozo me abrasa la garganta. No volveré a dormir en este cielo nunca más, y si mi madre se sale con la suya, tampoco volveré a volar.

Horas más tarde, mientras el pueblo duerme, nos deslizamos sigilosamente a través de la niebla de Nidia. Lo mismo que nos protege, que nos oculta del mundo exterior, nos ayuda ahora a escapar. En cuanto doblamos nuestra calle y entramos en la Principal, mamá pone el coche en punto muerto. Jisung y yo empujamos mientras ella guía el vehículo por el centro municipal. La escuela y el salón de actos se yerguen silenciosos, observándonos con ventanas oscuras que parecen ojos. Los neumáticos crujen sobre la gravilla suelta. Me arden las piernas de empujar. Contengo la respiración y aguzo el oído, esperando que suene la alarma cuando nos acercamos a la verde entrada en arco de nuestro pueblo. La casita cubierta de hiedra de Nidia se alza más adelante, como un cuartel situado a un lado de la entrada. Una débil luz brilla en la gran ventana de su salón. Seguro que ahora nos detecta. Su trabajo consiste en no dejar que nada entre... ni salga. Cada manada tiene al menos un ocultador: un draki que cubre con niebla el poblado, además de la mente de cualquier humano que tropiece con ella. La niebla de Nidia haría que una persona olvidara su propio nombre. Su talento supera al mío. La manada vive temiendo la muerte de nuestra ocultadora, el día en que nuestros terrenos quedarán expuestos, visibles para los aviones que los sobrevuelen y
cualquiera que se interne profundamente en el bosque. No oigo nada en su casa. Ni un sonido. Ni siquiera cuando dejo que las suelas de mis zapatos resbalen sobre la grava demasiado ruidosamente, con lo que me gano una mirada asesina de Jisung. Me encojo de hombros. A lo mejor quiero que Nidia nos pille. Cuando franqueamos el arco, mi madre pone en marcha la vieja furgoneta. Antes de montarme, echo una última mirada atrás. En el tenue resplandor de la ventana del salón de Nidia se alza una sombra. Siento que se me acelera el pulso en la garganta. Doy un respingo, segura de que ahora Nidia activará la alarma. La sombra se mueve. Me duelen los ojos de mirar tan fijamente. De pronto la luz de la ventana se apaga y yo parpadeo y sacudo la cabeza, desconcertado. -No -susurro. ¿Por qué Nidia no nos detiene? -Jeongin entra -sisea Jisung antes de meterse en el coche. Despego los ojos de donde estaba Nidia, pensando en negarme a marchar. Podría hacerlo. Aquí, ahora. Podría plantar los pies en el suelo y negarme. Mi hermano y mi madre no podrían conmigo. Ni siquiera lo intentarían. Pero al final no soy tan egoísta, o tan valiente. Sin estar muy seguro de cuál de las dos cosas es, me meto en el coche. Pronto estamos descendiendo las montañas a toda prisa, precipitándonos a lo desconocido. Aprieto la palma de la mano contra el frío cristal de la ventanilla con el odioso pensamiento de que no volveré a ver a Felix, y me sube un sollozo por la garganta. Ni siquiera he llegado a despedirme de el. Mi madre aferra el volante, mirando atentamente la carretera, que a estas horas está muy poco transitada. Va asintiendo. Asintiendo, como si cada movimiento de su cabeza aumentara su determinación. -Es un nuevo comienzo. Solo para nosotros - declara con una voz demasiado alegre-. Tendríamos que haberlo hecho antes, ¿verdad? -Desde luego - coincide Jisung desde el asiento trasero. Yo le miro por encima del hombro. Como mellizos, siempre hemos compartido una conexión, algo que nos hace sentir las ideas y las emociones del otro, pero en este preciso momento no puedo notar nada más allá de mi propio miedo. Jisung sonríe, mirando por la ventanilla como si viera algo en esta noche negra. Por lo menos, al final ha conseguido su deseo. Vayamos a donde vayamos, ahora ella será la normal, y yo seré el que lucha por encajar en un mundo que no está hecho a su medida. Yo pertenezco a la manada. Puede que incluso pertenezca a Siwon. Aunque eso le rompa el corazón a Jisung, es posible que sea así. Él es lo correcto, creo. Bueno, no lo sé. Solo sé que no puedo vivir sin volar, sin cielo, sin tierra húmeda y viva. Nunca renunciaré de buen grado a mi capacidad de manifestarme. Yo no soy mi madre. ¿Cómo voy a encajar entre humanos? Me convertiré en lo que es Jisung, un draki extinto. O en algo aún peor, porque yo recordaré lo que se sentía siendo draki. Una vez vi un programa sobre un tipo al que habían amputado una pierna pero que seguía sintiéndola. Se despertaba por la noche para rascarse la pierna, como si todavía estuviera ahí, pegada a él. Lo llaman el síndrome del miembro fantasma. Yo seré así. Un draki fantasma, atormentado por el recuerdo de lo que fui.

🔥Alma de Fuego🔥 [Hyunin]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora