Viernes, 12 Julio 2018, Guinea Ecuatorial
Nicolás estaba sentado en la sala de su pequeña cabaña, tenía unos papeles que aseguraban que podía acceder a la última etapa de sus estudios, la tesina, sentía varias emociones y todas ellas eran de felicidad, y la mayor de todas era ella, estaba sentada en el sofá delante de él observándole con la misma sonrisa en la cara, esa sonrisa que lo tenía puesto a hacer locuras, ella se acercó a él para envolverlo en sus brazos, el tacto fue gratificante y su cercanía aún más, la chica a la que eligió como compañera de por vida estaba con él, nada podría ir mal, la calidez de su cuerpo lo embriagaba, pero ese tacto que tanto amaba fue desapareciendo entre sus brazos hasta quedarse solo, solo otra vez, quería gritar pero no podía, parecía que no podía emitir sonido alguno, ella no volvería, ya no volvería a tenerla, se fue, se fue para siempre.
Abrió los ojos y su sueño se desvaneció en la luz de la primera hora de la mañana. ¿De qué narices iba todo eso? Intentó atrapar algunos fragmentos antes de que se fueran, pero todos se escaparon. Si bien ya no cada noche desde hacía 4 años, cuando logró librarse de ese miedo e ir hacia delante, después de toda aquella atrocidad que vivió, esa mujer aparecía en su mente, así, sin ser solicitada, y rememorar todos sus recuerdos solo despertaba en él una furia insaciable, la ira lo carcomía, el odio y el rencor lo corroían.
El daño que le hicieron fue irreparable, sobre toda a ella, ya no la tenía, y la odiaba por eso, la odiaba con toda su alma, con la misma intensidad con la que la amo y la sigue amando, deseaba eliminar la huella que dejo en él, pero también deseaba mantenerlo ¿Cómo olvidar que por ella fue feliz? ¿Cómo olvidar que con ella aprendió a amar? había tantas cosas que no podía olvidar.
Se sentó sobre aquella mullida superficie, a pesar de que tenía aire acondicionado sudaba. Se frotó el rostro. Ojeo el reloj que tenía sobre la mesa de mármol blanco. Las cinco de la mañana. Se dejó caer sobre las sábanas blancas resoplando. Parecía que debería recordar infinitamente sus errores del pasado, su debilidad y su estupidez.
Se olvidó del sueño, como hacía casi todas las mañanas, salió de la cama y busco unos pantalones de chándal recién lavados en el vestidor. Fuera, había un cielo plomizo auguraba lluvia, Malabo era considerada como una de las ciudades donde más llovía en el país, y hoy no estaba de humor para mojarse. Así que por el mal tiempo decidió ir al gimnasio de la planta de abajo, encendió el televisor para ver las noticias de economía de la edición matinal y se subió a la cinta de correr. Centro sus pensamientos en el día que le esperaba. Solo tenía reuniones. ¿Y si llamo a Emma? Sí, tal vez. Podrían quedar un día de esta semana. Paró la máquina de correr, y bajó para darse una ducha. Luego se dispuso a enfrentarse a un nuevo día monótono.
****Mientras miraba la vista panorámica de Malabo, su disgusto ya familiar se coló en su mente. Su humor estaba tan gris y aburrido como el cielo. Los días se mezclaban unos con otros y Nicolás era incapaz de diferenciarlos. Necesitaba algún tipo de distracción.
Nicolás trabajó todo el fin de semana y ahora, en los confines siempre constantes de su despacho, se sentía inquieto. No debería estar así, pero así se sentía. Frunció el ceño. Lo cierto es que lo único que capto su interés recientemente había sido la decisión de enviar dos Contenedores a Bata. Eso le recordó que se suponía que Ana su socia y amiga tenía que haberle pasado ya los números y la logística. ¿Por qué demonios se estaba retrasando? Miró su agenda y se acercó para coger el teléfono con intención de descubrir qué estaba pasando. Pero se acordó de otro asunto más importante. Sonó el teléfono.
-Sí _le respondió bruscamente a Jornet, como si ella tuviera la culpa, de su mal día.
-Su billete para el domingo a España ha sido confirmado, señor Esono.
-¿También confirmaste la reunión?
-Sí señor. La reunión se hará el lunes a las diez de la mañana.
-Gracias, eso es todo.
Nicolás se incorporó de nuevo en su asiento, giro el rostro, ahí a un costado de su máquina, estaba la foto de su sobrino, Oscar, sonrió dejando de lado aquel malestar que sentía desde la mañana.
Su hermana, Esther, la última hija de su padre, había dado a luz a un chico sano y grande hacia un año. Su cuñado y mejor amigo Fabián, mostro una tranquilidad poco usual en él, puesto que todo lo concerniente a ella lo preocupaba. Ese hombre vivía para hacer feliz día y noche a su hermana. Volvió a sonreír.
Después de quince minutos de una breve reunión, se quedó con Jornet para verificar la información sobre la compra de una conocida cadena de sucursales en Camerún, si todo salía bien, en un par de semanas volarían para allá y el trato quedaría cerrado.
Entre muchas cosas, la empresa Gertel, tenía el privilegio de ser una de las empresas más grandes de telecomunicaciones en el país y hacia un año atrás comenzó a internacionalizarse, todo iba sobre ruedas gracias ese hecho.
-Jornet_ la nombro cuando terminaron de ponerse al día. La morena lo miro esperando la siguiente orden, Al ver el rostro de su apuesto jefe, supo que no era estrictamente laboral lo que diría, no lograba entender porque seguía soltero, lo conocía bastante bien y conocía su historia, él se merecía más que vivir en las sombras._-Lamento mi comportamiento de esta mañana _ ella solo le sonrió, no estaba obligada a soportar su temperamento, pero lo hacía _ -¿Cómo va tu esposo? ¿Y tus hijos?, ¿estas segura que no necesitas vacaciones?
-Ellos están bien, y ya deja de insistir, por ahora nada de vacaciones. Hay bastante trabajo del que ocuparse._ la miro entornando los ojos, ese hombre era de armas a tomar, poderoso, firme y de un par de años a la fecha, todo un tempano de hielo, pero ¿quién lo podía juzgar? Vivió una verdadera pesadilla echa realidad. Le conocia desde antes de que fuera de ese modo y ya llevaba siendo su asistente personal desde hacía un buen tiempo en el cual le demostró su incondicionalidad y lealtad en todo momento, cosa que él, su jefe, sabía apreciar.
-Bien, tú ganas, y espero que luego no te quejes _soltó con un deje de amenaza en su voz, Jornet negó comprendiéndolo; era desconfiado.
El resto del día fue ir y venir, llamadas, inversiones, todo igual, sin fallos, sin cambios, sin error. Así era su vida ahora, pero no como debía ser. Salió de su despacho frotándose el puente de su nariz con la llave de su Audi, su tableta y móvil a mano. Ya los empleados se habían ido, incluso Jornet.
No le agradaba que nadie se quedara más tiempo del necesario.
Para terminar a las diez de la noche ya fatigado, y listo para darse una última ducha en su casa y dormir hasta el día siguiente si ella no volvía a aparecerse en sus sueños, recibió una llamada de su padre requiriendo que les visitará el sábado en la tarde.
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Enredo
RomanceCarla Andeme, esta casada con uno de los hombres más influyentes en el sector tecnológico en Madrid, tiene una familia perfecta y un hijo al que aman. Todo cambia cuando va a visitar a sus padres a Malabo, y conoce a Nicolas, un hombre que se esta...