X

256 20 4
                                        

Sin seguir faltando a su palabra, Dru, siguió visitándola cada noche. Hacía varios días que ya había recopilado toda la información necesaria sobre su historia, pero debido a la guerra, hasta que no terminase, no podía hacer nada, así que mientras siguiera allí, visitaría a Medusa todas las veces que hicieran falta.
Era consciente que cuando terminase al fin la guerra, él debería de marcharse y pensándolo fríamente aquello le dolía. No quería dejar de verla, quería estar con ella como hacía por las noches, si no era apuntando su historia, era narrándole sus aventuras allá afuera del templo o informándole sobre la evolución del mundo desde que su generación desapareció.
Le fascinaba la sonrisa de Medusa, le encantaba cuando se ilusionaba cuando le hablaba de otros países, incluso le prometió que un día la sacaría de allí y la llevaría consigo, solos ella y él de viaje al país que ella quisiese. Realizaban bromas, se reían de ellas y todo aquello y más hacían que sus veladas con ella fueran fantásticas, pero lo que sí no dejaría de hacer era besar aquellos labios que a pesar de estar fríos como el mármol, igualmente eran cálidos cuando los sentía sobre los suyos.
Debía de reconocerlo, Medusa lo había embaucado a tal punto que no podía sacarla de su mente. Desde que se levantaba hasta que iba a visitarla, pensaba en ella y aquello, fue un descuido.
Sus compañeros de guerra, veían a Dru demasiado raro, se comportaba de manera extraña y sobre todo, lo que más les mosqueaban era que se interesase tan repentinamente por los mitos de la antigua Grecia. Cierto era que Dru en ningún momento habló con ellos sobre aquel tipo de cosas, pero sus compañeros descubrieron por sí solos sus libros sobre la mitología griega esparcidos sobre su cama. Un día decidieron saber qué era lo que hacía y en cuanto averiguaron que Dru se escapaba del campamento cada noche y se dirigía en dirección al campo de batalla, pensaron que lo estaban traicionando con el enemigo y que aquellos libros de mitología Griega que había por su habitación, sólo era para despistarlos y evitar que supiesen la verdad.
Un día por la noche, Dru inocentemente, se levantó de nuevo de la cama a realizar lo mismo que hacía cada noche, pero aquella fue distinta.
Se dirigió hacia el templo y nada más ver a Medusa le dio un beso casto en los labios que correspondió ella a la perfección, pero, cuando ambos pensaban que estaban en paz y en tranquilidad como cada noche, un gran estruendo provocado por una bomba estalló sobre los escombros que habían tapando un agujero que en tiempo pasado ya fue hecho por Zeus y rompieron la figura de piedra de la madre de Medusa.
Los compañeros de Dru, tras la explosión, entraron con las escopetas cargadas y uno de ellos le dio un disparo en el corazón a este quien se llevó la mano al pecho entre dolorido y confundido, sin embargo, las serpientes de Medusa, se pusieron en alerta y al ver que eran una amenaza, comenzaron a petrificarlos y atacarlos.
Medusa se horrorizó, no quería que Dru viera todo aquello y que toda la magia que había entre ellos se esfumase por culpa de sus serpientes. Intentó controlarlas mediante órdenes pidiéndoles que parasen, pero ellas estaban tan centradas en proteger a Medusa, que no le hicieron caso.
Medusa miró asustada a una de sus serpientes que ciegamente por defenderla, se dirigía hacia Dru que estaba de rodillas en el suelo, herido. Tenía intención de atacarlo, Medusa lo sabía, pero no quería que Dru, el único hombre del que se había enamorado después de tantos años viviendo sola, se muriese por su culpa, ya no más muertes por su culpa. Desesperada, antes de que su serpiente le atacase, cogió una espada que había hincada en el suelo de aquella sala y sin pensarlo, cortó a todas las serpientes de su pelo.
Ellas, sin tiempo a caer sobre el suelo del templo, se evaporizaron como polvo de arena y Medusa comenzó a sentir cómo su cuerpo se volvía frío.
Todos los que atacaron el templo, yacían muertos debidos a los ataques de las serpientes, excepto Dru, quien se levantó como pudo del suelo y poco a poco, se dirigía hacia Medusa tumbándose después al lado de donde estaba ella debido al dolor.
Se estaba desangrando y Medusa se arrodilló junto a él para presionarle la herida, para hacer algo para poder curarlo y así cumplir lo que todas las noches soñaban mientras miraban las estrellas del cielo.

— Parece que no vamos a poder viajar a donde tu querías — intentó Dru romper el hielo, pero tosió sangre.

Medusa comenzó a llorar sin importarle sentir que su cuerpo comenzaba a petrificarse debido al sacrificio que había realizado para intentar salvar a Dru.

— No te vayas... — pidió Medusa aun sabiendo que ella, también moriría en aquel momento.

Dru se quitó las gafas y Medusa se impresionó al fijarse en sus ojos verdes esmeralda.
Los poderes de Medusa aún seguían haciendo efecto y en cuanto se quedó fijamente mirándole a los ojos entristecida, Dru comenzó a petrificarse.

—¿Esto es un adiós? — lloró Medusa realmente lastimada, aquello le dolía más de lo que había pensado.

Los cuerpos de ambos poco a poco comenzaron a tornarse más duros y fríos, provocando que apenas pudieran moverse.

Dru negó con la cabeza.

— Morir es duro, pero no tengo miedo de irme si es contigo — confesó y elevó su cabeza buscando los labios de Medusa quien los apresó sin pensárselo.

El silencio gobernó el templo que fue durante tanto tiempo el refugio de Medusa y el que estuvo presente en aquellas noches cuando los dos enamorados estaban juntos.

Las estatuas de piedra de Dru y Medusa eran alumbradas por la luz que emanaba el alba. Los enamorados quedaron justamente petrificados cuando se dieron aquel beso sellando su amor, demostrando que aún petrificados, perduraría para siempre.

FIN

MedusaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora