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"Es hora de la depuración."

Las palabras retumbaron como un disparo seco en la mente de todos. Esta vez no estaban preparados. No había armas. No había plan. Solo quedaban sus conocimientos... y 48 horas. Pero lo sabían: eso no bastaba.

Jimin tragó saliva, sintiendo cómo el miedo le apretaba el pecho. Dio un paso hacia Jungkook, con la voz apenas sostenida por la tensión.

—Jungkook... —susurró, tembloroso.

Jungkook cerró los ojos un instante, como si necesitara reunir todo el autocontrol que aún le quedaba. Al abrirlos, ya no era el mismo. Su mirada se volvió dura, precisa, como el filo de un cuchillo.

—Otra vez no... —murmuró, antes de erguirse con determinación—. Jimin, Taehyung, lleven a los niños a nuestra habitación. No los dejen solos, ¿entendido?

Su tono no admitía réplica.

—Namjoon, Yoongi, Hoseok... vamos a bloquear las ventanas y puertas. Cualquier cosa que puedan usar para defenderse, ténganla a la mano.

El ambiente cambió. El pánico se convirtió en tensión contenida. Nadie lloró. Nadie gritó. Había algo más fuerte que el miedo: la voluntad de sobrevivir.

Ahí estaba de nuevo ese Jungkook. Frío. Serio. El estratega que tomaba las riendas cuando todo se venía abajo. El mismo que no se dejaba intimidar por nada... ni por nadie.

No era momento de titubear. Era momento de estar alerta. De despertar cada sentido... y si era necesario, de despertar también ese instinto dormido, salvaje, asesino.

Porque la depuración no perdonaba a los débiles.

—¿P-papá, qué pasa...? —La voz de Yoon temblaba mientras se acercaba a Jimin, con el rostro pálido y los ojos bien abiertos por el miedo.

Jimin se volvió hacia ella rápidamente, manteniendo la calma a duras penas.

—Shhh... No te alejes de nosotros, ¿sí? Pase lo que pase, quédate cerca.

El silencio apenas duró unos segundos antes de que el infierno se desatara: gritos desgarradores, risas maniáticas, disparos lejanos que parecían cada vez más cercanos.

—¡Jimin! —gritó Taehyung desde el otro lado de la sala—. ¡Hay que tapar las ventanas con los muebles!

Jimin asintió, y ambos comenzaron a mover lo que podían: una mesa, un armario, lo que fuera que sirviera como barricada improvisada. Las paredes ya no ofrecían seguridad. Era cuestión de tiempo.

Yoon, con el corazón golpeándole el pecho, cometió el error de acercarse demasiado a una ventana rota.

Solo fue un instante.

Sus ojos se encontraron con una figura dantesca: un hombre disfrazado de payaso, con la ropa empapada en sangre, avanzando con paso lento pero decidido... y un arma apuntando directamente a la casa.

El payaso sonrió. Levantó el brazo.

¡Bang!

Jimin no lo pensó. Corrió y empujó a Yoon hacia el suelo, cubriéndola con su cuerpo. La bala le rozó el hombro, arrancándole un jadeo de dolor, pero logró evitar lo peor.

Se incorporó, con la respiración agitada y los ojos encendidos de furia, dirigiéndose a Yoon y a otro adolescente que había presenciado la escena.

—¡Escúchenme los dos! —vociferó, sin contenerse—. ¡No hagan cosas tan estúpidas como esa! ¡Esto no es un maldito juego! ¡Afuera hay locos que te matan con solo verte! Así que piensen, actúen con cabeza... o no llegarán vivos al amanecer. ¿¡Entendido!?

48 horas para SobrevivirDonde viven las historias. Descúbrelo ahora