IX

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Jimin caminaba al lado del hombre que lo había ayudado a salvar a Yoon. Su nombre era Jamal. Ambos llevaban a sus compañeros sobre los hombros, agotados, tambaleándose con cada paso mientras buscaban un lugar donde refugiarse y esperar que todo aquello terminara, de una vez por todas.

—Ya… ya no puedo más… —jadeó Jimin, deteniéndose un momento.

—Vaya… chico, te cansas muy rápido —respondió Jamal con tono burlón, aunque sin malicia.

—No es eso… —Jimin bajó la mirada, con las mejillas levemente sonrojadas—. Es solo que… estoy esperando un bebé.

Jamal lo miró, realmente sorprendido.

—Vaya… eso sí no me lo esperaba.

—Lo sé. Es muy extraño… incluso para mí.

—Bueno —sonrió el mayor—. Aquí estaremos seguros.

—¿Es tu casa?

—Sí. Por ahora es lo mejor que puedo ofrecerte. Dentro atenderemos bien a tus amigos.

Una vez dentro, en esa casa fortificada, los llevaron a habitaciones distintas. Jamal se encargó de limpiar heridas, aplicar medicinas, vendar y estabilizar a los heridos con un conocimiento que dejaba claro que no era la primera vez que veía la muerte de cerca.

—Deberías descansar —le dijo a Jimin con amabilidad, al terminar de atenderlo—. Aún falta mucho para que todo esto acabe.

—Está bien… y gracias, Jamal.

—No hay de qué.

Jimin dudó un segundo antes de preguntar:

—¿Oye… cómo es que sabes tanto?

Jamal soltó una leve risa cansada.

—En las guerras aprendes… aunque no quieras. Tus amigos van a estar bien, solo necesitan tiempo.

Jimin asintió. Tomó la mano de Yoon y juntos se dirigieron a una de las habitaciones más apartadas. Una vez dentro, la hizo sentarse sobre la cama.

—Descansa, hija.

—Papá… —susurró ella.

—¿Sí? —se giró para mirarla.

—Hueningkai y Hoseok… murieron por mi culpa… —sus ojos se llenaron de lágrimas—. Si yo no hubiera salido por ese maldito vaso con agua… nada de esto estaría pasando.

Jimin quedó en silencio por un momento.

—Posiblemente.

—¿Qué? —Yoon lo miró, incrédula—. ¿Eso es lo que tienes para decirme?

—Lo que escuchaste.

—¿Por qué eres así conmigo?

—Deja de gritar —dijo él con voz tensa, sin elevar el tono.

—¡No, papá! ¿Por qué me tratas como una mierda? ¿Por qué no puedes… no puedes abrazarme y decirme que todo estará bien? ¿Por qué no puedes consolarme siquiera cuando me siento así?

—¿Tú crees que eso ayuda? ¿Crees que consolarte va a cambiar lo que pasó? —su voz se quebró, pero se obligó a mantener la firmeza—. Nada va a devolverlos, Yoon. Nada.

Ella rompió a llorar. Pero Jimin continuó, con voz baja, rota.

—Esta es la cruda realidad. En este mundo… el consuelo no te mantiene viva. Lo que te salva es estar despierta, alerta, fuerte. Si te derrumbas, mueres. Así de simple. Y sí… —la miró con ojos tristes—. En parte, esto pasó por tu error. Pero no eres la única que carga culpas aquí.

48 horas para SobrevivirHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora