Capítulo 3.2

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Entro en la cafetería Oassis y veo a una chica muy rubia en uno de los asientos. Voy junto a mi mejor amiga. Ella me dirige una mirada de soslayo, luego gira la cabeza para observar a la gente desde la ventana mientras se toma su batido de fresa con tranquilidad.

Al llegar, me inclino sobre la mesa apoyando las manos.

—¿Dónde está Jairo? —le pregunto con brusquedad.

Ella toma un sorbo de su batido y me dirige una sonrisa luminosa como el sol de verano. Así es Tina.

—¡Hola, Helen! —Muestra su dentadura blanca y perfecta. A diferencia de mis dientes torcidos, ella luce siempre una sonrisa de revista—. Hoy no has venido a clase. ¿Has estado mala?

Niego y me siento en la silla de en frente. Apoyo la cabeza en las manos. Estoy tan cansada...

Ella tuerce la boca preocupada y me da un toque en el brazo con un dedo.

—Eh, ¿estás bien? —Al ver que no contesto, me da otro toque—. ¿Qué tal te fue ayer con el programa de Jairo?

Sacudo la cabeza de nuevo. Saco el pendrive de la mochila y lo miro. Casi me da vergüenza admitir que he fallado. «Amateur». Las palabras de Jairo resuenan en mi cabeza.

—Nada —confieso avergonzada. Suelto un suspiro desesperado—. Es imposible. Dile a tu hermano que su programa es una bazofia.

—No lo es —dice alguien detrás de mí. Jairo se sienta al lado de Tina, al otro lado de la mesa. La preocupación es palpable en su mirada—. El problema es que, sea quien sea ese tal Darkwings, debe ser un hacker profesional, como te advertí.

Frunzo mis labios y miro por la ventana para evitar la vergüenza del fracaso. Jugueteo nerviosa con el pendrive en las manos. Si no logro derribar a Darkwings, puede que cumpla su amenaza y publique el vídeo. Pero también es posible que, si vuelvo a intentarlo y fallo, el resultado sea el mismo. Apoyo la cabeza en mis manos sintiendo una lavadora de nervios en el estómago. Vuelvo a mirar a mi novio.

—Pues ayúdame —suelto desesperada. Tiro la memoria encima de la mesa como la cosa inútil que es—. ¿No te das cuenta de que puede pedirme cualquier cosa?

—Claro que sí —asiente—. Confía en mí. —Coge mis manos con ternura por encima de la mesa—. Sé de lo que te hablo. Mucha gente paga rescates, tú no eres la única.

Me zafo de él y meto las manos en los bolsillos de mi sudadera. Me masco el interior del carrillo con nerviosismo. Darkwings no me ha pedido dinero, sino que haga lo que me diga.

—¿Y qué hago? —le pregunto—, ¿se lo digo a la Policía? Me ha dejado muy claras las consecuencias.

Jairo niega con la cabeza.

—No, haz lo que te pida. —Pasa las manos por su cabello peinado hacia atrás con nerviosismo—. Quizás no sea nada importante; un par de pruebas para reírse. —Ve mi gesto alarmado y rectifica rápidamente—. O puede que sea un friki y solo esté obsesionado contigo. —Se encoge de hombros y suspira—. Cuando se aburra, quizás te deje en paz.

—¡No quiero esperar hasta que se aburra de mí! ¿Quién sabe qué tipo de barbaridades me obligará a hacer hasta entonces?

—Oye, Jairo. No le has contado lo que te dije ayer —interviene Tina—. Que puede que Luis esté detrás de todo esto...

—Imposible —la interrumpo—. La última vez que lo vi, no sabía hacer la O con un canuto.

Jairo y Tina se miran un segundo.

—Pues tenemos noticias sobre él —susurra.

—¿Cómo? —pregunto interesada. Me inclino sobre la mesa y atiendo.

Tina se remueve nerviosa y apura su batido. Tras un rato de silencio, se decide:

—Pues se comenta que está reuniendo su antigua pandilla. —Se mastica el carrillo y cruje el plástico del vaso entre sus manos—. Esto no es cosa mía, pero creo que tiene algo que ver con Darkwings porque uno de ellos está estudiando la carrera de Jairo.

Si un compañero suyo ha hecho el perfil de Darkwings, tiene más sentido. Y también las palabras que dijo, que sean solo un puñado de muchachos que quieren hacerme pasar un mal rato y que, en cuanto cumplan su objetivo, me dejen en paz. Pero ¿para qué esperar hasta entonces?, ¿y si cojo el toro por los cuernos?

—¿Sabes cómo se llama? —pregunto con renovado interés—. ¿Su número de teléfono? Dime al menos que tenéis su correo.

—Calma, calma. —Me frena Jairo—. No sabemos nada todavía, por eso te he pedido paciencia. —Inclina la cabeza hacia un lado—. Entre tanto, haz lo que te digan e interrumpe la conexión con el servidor del instituto. Más tarde lo arreglaremos.

Cruzo los brazos sobre el pecho. Mi novio nunca me ha fallado, sé que me puedo fiar de él; además, no suele equivocarse. Su cabeza perfectamente organizada analiza a la perfección y siempre encuentra una salida a los problemas.

—Vale. —Me rindo—. Confío en ti. Espero no arrepentirme, nos la estamos jugando —recalco especialmente el «nos».

Es una advertencia; si yo caigo, él y Tina irán detrás.

***

Hay una caja enorme delante de la puerta de casa. ¿Quién habrá pedido un paquete tan grande? Tuerzo la boca extrañada y me agacho para inspeccionarla. Uso la llave a modo de cuchillo para descubrir lo que hay dentro. Casi me caigo de culo.Hay muchas joyas, tantas como para montar una joyería. Alcanzo una para verla mejor. Es fina y sobria, pero está muy fría. Parece como si la hubieran metido en el congelador antes de dejarla en mi casa.

—Oye, eso es mío —dice Lucy detrás de mí.

Me levanto como un resorte y me giro. Mi hermana, en cambio, me mira con la expresión neutra de siempre.

—¡Me has asustado!

—No era mi intención... —susurra.

Suspiro, hastiada, cruzo los brazos y la miro de arriba abajo. No parece nerviosa, ni siquiera enfadada.

—¿Por qué has pedido tantas joyas? —le pregunto para poner sus nervios a prueba—. No sabía que eras tan presumida.

Ella frunce el ceño ligeramente.

—Nunca hablas conmigo. —Se encoje de hombros—. Es normal que no sepas muchas cosas de mí.

Levanto las cejas sorprendida, las reacciones de Lucy suelen ser inesperadas; más que humana, parece un androide.

—Ah, claro. —Asiento lentamente mientras mi cerebro trabaja a toda máquina para buscar una respuesta adecuada—. Entonces, eres presumida...

Menuda tontería acabo de soltar.

—¿Me dejas pasar? —me pregunta.

Levanto las manos y me aparto. Ella levanta la pesada caja casi sin esfuerzo y entra en casa sin mirar atrás. Nada me descoloca tanto como la neutralidad de Lucy.

 Nada me descoloca tanto como la neutralidad de Lucy

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Hawing 1: Alas En LlamasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora