Capítulo 7

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Hace una semana me expulsaron del instituto y hoy he vuelto, pero no me puedo concentrar en clase de Dibujo Técnico

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Hace una semana me expulsaron del instituto y hoy he vuelto, pero no me puedo concentrar en clase de Dibujo Técnico.

El profesor ya me ha llamado la atención por lo menos cinco veces, pero no me importa. Los recuerdos me aturden y eso es lo que me preocupa ahora. Quiero saber qué me está ocurriendo, qué significa el símbolo de Darkwings, por qué me duele la espalda si no llevo la pulsera de titanio y por qué mis manos queman cuando estoy exaltada.

La puerta del aula se abre y todas las miradas se dirigen hacia el recién llegado. Todas menos la mía.

—Helena Dralla —me llama, pero sigo sin mirar. Carraspea—, acompáñeme, por favor.

Miro aburrida al mensajero, el señor Martínez, aunque por dentro tiemblo. Espero que mis manos no se calienten.

Empujo la silla, arrastrándola con estrépito. Todos se tapan los oídos o aprietan los dientes. Me levanto y sonrío al señor Martínez.

—Como guste.

Él no se inmuta, pero tiene un tic en la comisura de la boca. Paso por su lado, cierra la puerta detrás de mí y cuando nadie me ve, suspiro para deshacer los nudos de mi garganta. ¿Qué habrá pasado? Trago saliva con fuerza. ¿Y si el director ya ha descubierto el vídeo? No quiero que me denuncie.

El señor Martínez me guía por los pasillos. Si me encontrase en un aprieto, ¿mis manos volverían a arder? Con la mala suerte que tengo últimamente, estoy segura de que sí.

Nos detenemos delante de una puerta plagada de dibujos infantiles, coloridos y horribles. Tuerzo el gesto cuando me doy cuenta de dónde estoy.

—¿Ahora me lleváis al psicólogo? —le pregunto al profesor. Sonrío—. Qué tierno.

Él se limita a abrir la puerta y paso frunciendo los labios. ¿En serio? Podrían llevarme a un centro de menores, abrirme un expediente..., ¿pero tratarme como a una pobre niña desequilibrada? Qué humillante.

La habitación no puede ser más colorida. Y deprimente. Las paredes están pintadas como si estuviera dentro de un cubo de Rubik mal colocado y de ellas cuelgan miles de dibujos que parecen hechos por un mono sin gusto. Al fondo hay una mesa de escritorio —por fin una cosa normal— y detrás de ella, un hombre con pinta de bonachón.

Entro con toda la dignidad que soy capaz de fingir. El hombre se levanta sonriente y se inclina sobre el escritorio para darme la mano. La deja un buen rato extendida; sin embargo, al ver que no lo voy a tocar ni con un palo, se sienta. Frunce el ceño, pero mantiene la sonrisa. Es raro.

Me siento en una silla delante del escritorio.

—Bueno, bueno... —dice con la voz suave—. ¡Me alegro de conocerte, Helena! Tenemos que compartir muchas cosas, ¿no crees?

Se me dibuja una sonrisa afilada. Él contesta riéndose un poco.

—Veo que no estás de humor, ¿eh? —me pregunta guiñándome un ojo. Se agacha para abrir un cajón y empieza a rebuscar. Por el ruido, deduzco que está hecho un desastre—. Según me han contado, últimamente estás un poco, digamos, inquieta.

Hawing 1: Alas En LlamasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora