¡YA A LA VENTA! 🔥🔥
Un perfil de Instagram amenaza a Helen, y ella sospecha que tiene algo que ver con su nuevo poder de fuego.
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Helen es una hacker con un pasado oscuro que prefiere ocultar. En su instituto la odia todo el mundo y, tras recibir...
Llego a casa exhausta. El sudor pega mechones de pelo sobre mi rostro acalorado.
Hoy han ardido cosas cerca de mí en dos ocasiones y en una de ellas se ha achicharrado la mano de un chico. ¿Soy yo la que quema las cosas?, ¿por qué?, ¿cómo lo hago?
Me encojo y me dejo caer en el sofá. Por si fuera poco, el dolor de la espalda ha vuelto. Aumenta por segundos.
Oigo el crujido de una puerta y veo a Lucy salir de su cuarto. En cuanto me ve, sube un poco las cejas con sorpresa, aunque disimula y mantiene su rostro neutro. Me dan ganas de abofetearla para que cambie la maldita expresión. Me pone de los nervios que nunca le afecte nada.
—¡Hola, Helen!, ¿te ocurre algo?
Río sarcástica y con fuerza. Debo de parecer una loca.
—¡No!, ¡no me ocurre nada!
Lucy no reacciona. Juguetea con sus pulseras tranquilamente y luego me mira. Trato de incorporarme para largarme, pero suelto un quejido cuando noto el dolor punzante en la espalda.
—¿Te duele algo? —pregunta. Ella siempre tan audaz.
Frunzo el ceño y me cruzo de brazos, pero no se inmuta; mantiene su gesto sereno y calculador.
—No es nada —gruño.
Pero insiste.
—Deberías probarte mis pulseras, te puede ayudar —me propone.
¿En serio? ¿Ahora me va a hablar de joyitas cursis?
—¡No me quiero poner nada de tu maldito joyero!
Ella levanta las manos en son de paz y se acerca a mí lentamente como si intentase domar a un animal.
—Por favor, hazme caso —insiste mientras se quita una de las pulseras y me la tiende—. Son de titanio; te ayudarán.
Con el gesto contraído de ira, se la arrebato para que me deje tranquila y me la coloco en la muñeca. Las piezas tintinean al chocar entre ellas y mi hermana me observa atentamente. Poco a poco y para mi sorpresa, siento el calor de mi cuerpo desvanecerse como el polvo. Abro los ojos estupefacta. Es imposible. Y el pinchazo de la espalda ha desaparecido. Miro a mi hermana.
—Pero... ¿cómo? —digo con el ceño fruncido por la confusión.
Lucy se encoge de hombros y se da la vuelta hacia su cuarto, pero no voy a dejar que se vaya sin haberme contestado. La persigo por el pasillo.
— ¡Lucy! ¡Contéstame!
Cierra la puerta en mis narices. Suelto una exclamación airada y trato de abrir, pero ha echado el pestillo.
—¡Lucy! —Aporreo la puerta con las manos—. ¡Ábreme la puerta! —Le pego una patada. Un quejido furioso sale de mi boca.
Golpeo repetidamente con los puños. ¡Es una auténtica imbécil!, ¿se cree que me voy a quedar contenta sin explicaciones? Necesito respuestas y Lucy las tiene, pero se niega a dármelas.
La puerta se abre de repente y mi puño da en la cara perfecta de mi hermana. Un hilo de sangre sale de su nariz rompiendo la blancura de su piel. Ha sido sin querer, pero se lo merecía.
—Tú te lo has buscado —le gruño.
Vuelvo a arremeter para darle otro golpe en la cara, pero ella me detiene. Su mano blanca y fría es hielo puro y atrapa con fuerza mi muñeca. Sus ojos dorados se clavan en los míos, pero no con desafío, sino con la maldita neutralidad de siempre. Me analiza.
—Tranquilízate, Helen —me susurra—. Tienes que hacerlo. Voy a salir. No te preocupes; volveré, pero no hagas ninguna tontería. —Sus labios se fruncen y noto por primera vez el parecido entre nosotras—. Y relájate, este será nuestro secreto. —Acerca su rostro al mío. Un escalofrío se escurre por mi espalda—. No lo cuentes.
Relajo la mano para hacerle entender que no voy a oponer resistencia y me suelta con cautela. Deja caer el brazo al costado y me mira a los ojos, asegurándose de que he captado el mensaje. Finalmente, pasa por mi lado, se pone el chaquetón en la entrada y sale sin mirar atrás.
¿Qué es lo que sabe Lucy sobre mí y por qué se empeña en ocultármelo?
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