Capítulo IX | ROMINA

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I

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I.IX — Todo estará bien

Al salir del coche, me coloqué inmediatamente los lentes de sol con fastidio, tratando de no marearme y caer al cerrar la puerta. Con algo de dificultad, lo logré.

Acomodé mi bolso sobre mis hombros y suspiré mirando la entrada de Las Encinas.

Estúpida resaca.

Entré a paso lento al instituto, pero justo al entrar, el ruido me ensordeció, causando que el dolor de cabeza aumentara a un nivel increíble. Todos hablaban, caminaban de un lado a otro, reían a carcajadas con sus amigos. Todo era diez veces más molesto y horrible gracias a mi gran idea de anoche.

Después de la pijamada con Lu, decidimos colarnos al minibar de su padre para beber hasta que perdiéramos la conciencia. Me pareció buena idea, considerando que iba a ser mi primera vez tomando "de verdad" y, que estaríamos las dos juntas y solas en su casa. Así no había peligro de que hiciera el ridículo frente a una audiencia que se reiría de mí al día siguiente por las muy estúpidas tonterías que posiblemente cometería estando ebria. Así que acepté la invitación.

Además, quería comprobar si uno en realidad podía "olvidar sus problemas" al embriagarse.

Cosa que, evidentemente, no fue así.

A los tres tragos, comencé a marearme como nunca y, una hora después, Lu comenzó a llorar porque me había terminado la botella entera. Traté de tranquilizarla y le dije que iría por otra, sin embargo, lo último que recuerdo es haber despertado en el armario de la vacía habitación de Valerio. ¿Por qué? No tengo ni puta idea.

Lu había amanecido en la bañera de su baño, sólo en ropa interior y abrazada a una botella nueva de tequila aún sin abrir. Al parecer ella sí la había encontrado.

Al llegar a mi casa, la primera noticia que recibí fue sobre la llamada de extorsión que le habían hecho a mi padre para entregarle los relojes a cambio de dinero. Gran manera de empezar el día.

Y ahora estaba aquí.

Pagando el precio de mis decisiones.

—Buenos días, preciosa —saluda un Ander muy feliz. Hago una mueca de dolor por el volumen tan fuerte de su voz y coloco mi mano sobre su cara, apartándolo de mí. Él ríe extrañado y lame mi mano.

—¡Ander! —me quejo con molestia, limpiando la saliva en su saco. En el fondo, escucho cómo varias chicas platican casi a gritos sobre sus ligues de la semana. —Cuando tienes la resaca, ¿es normal que todo sea mil veces más castrante? —le pregunto, apoyando mi cabeza contra los casilleros.

—Ya veo el porqué de las gafas y tu actitud tan insoportable —se recarga a un lado mío y recorre mi cabello para despejar mi cara. —Sí, es normal. Romie, ¿problemas?

ROMINA | «Élite»Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora