Capítulo Doce

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No lo permitiré.

DAIAN

Ni una sola noticia. Todos los malditos días lo mismo, despierto siempre chequeando las notificaciones y las encuentro siempre vacías. Por cuarta vez en el día, deslizo el aparato de los bolsillos de mi pantalón para encontrarme -de nuevo- con nada. Los días pasan y mi paciencia se termina, el sudor de mis manos me indica que mis nervios están apareciendo, pero no puedo darme el lujo a desesperarme si quiero que las cosas salgan bien esta vez.

Posiblemente Wells sepa algo nuevo. Me dispongo a marcar el número del jefe para confirmar que se encuentra en su oficina, cuando la veo. Está sumida en sus pasamientos. Su cabello ondulado baila con el viento que ingresa levemente por la ventana e inmediatamente siento una opresión en el pecho. El vestido que lleva puesto hoy, resalta su delicada figura y su tés pálida esta mañana brilla más que nunca.

Yo...no. No puedo distraerme, esto es más importante.

Ginebra levanta la vista y sus ojos se clavan en los míos. Está esperando que diga algo, pero no puedo. Sé con certeza que si permito que ingrese a mi vida, las cosas van a terminar en un verdadero caos.

No puedo involucrarla en esto. No otra vez.

Apresuro mis pasos, obligándome a no mirar hacia atrás. Sé que la he dejado confundida, pero no puedo perder más tiempo. Ingreso a la oficina del cretino de Wells y al parecer ya me había estado esperando.

— ¿Y bien? ¿Ya tenemos noticias de su paradero? — estiro uno de sus refinados sillones y me lanzo en él, abusando de su confianza.

— Buenos días para ti también. He estado contactando con los demás y lamento decirte que no hay rastros de esa mujer. Es muy escurridiza.

Maldigo entre dientes. Esperaba que él tuviera más suerte que yo pero ya veo que estamos en las mismas.

— De todas formas, hay algo de lo que quería hablarte... — el hombre parado frente a mi duda entre abrir la boca u omitir lo que acaba de decir. Claramente lo que intenta decirme no será de mi agrado. Se lleva las manos sobre la nuca y suspira. Creo que ya se lo que está por decirme. Y no. No me gusta.

—Escúpelo Wells.

—La puse a cargo del festival.

—Tú no acabas de decir eso. —Tenía que ser una jodida broma. ¿¿Acaso había perdido el tornillo??

—Escucha Daian...

— ¿¿Te volviste loco??? — Él sabía de sobremanera que mi paciencia era tan pequeña como una hormiga, pero aún así se atrevía a decir barbaridades como esta. No me doy cuenta que me he levantado tan rápidamente que golpeo uno de los muebles, pero no podría importarme menos. Observo como el canalla se ríe entre dientes y en este mismo momento es lo último que debería estar haciendo. —¿¿Acaso quieres usarla de carnada?? — Por supuesto que no voy a permitirlo.

— No tenemos opción, Daian. La necesitamos para llevar al cabo el plan.

— ¿¿Y crees que no lo sé?? Pero mientras menos ella sepa, mejor. Yo... Yo no podría volver a permitirme que ella... que ella... —los recuerdos se arremolinan en mi mente y no puedo soportarlo.

Automáticamente me transporto a aquel fatídico día y mi corazón se rompe ante la imagen que proyecta mi cerebro. Es una herida eterna. Una que no se borrará de mí nunca, a menos que corrija mis errores del pasado.

— Lo sé. Créeme que lo sé pero no tenemos muchas opciones.

—El día del festival será luna nueva. Ya sabes lo que nos pasa cuando el maldito satélite decide desaparecer. ¿Y aún así te atreviste a arriesgarla?

Dejavú PAUSADAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora