Viviana siente que ha perdido la batalla mucho antes de que el cáncer apareciera en su vida. Atrapada entre los errores del pasado y una depresión que la consume, cada día le parece un peso imposible de levantar. Pero cuando un evento inesperado la...
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El arrebol del cielo me hipnotizaba de una manera indescriptible, la paz que transmitía era inigualable. Mientras contemplaba el atardecer, recordé que solo me quedaba un día de vida. En un principio, me sentí abatida por la tristeza, ya que no quería abandonar este mundo y dejar a mis padres; pero en ese momento, pensé:
«¿Por qué te agobias por eso? Recuerda: la muerte es algo que todos tenemos en común; nadie escapa de ella. Si el destino dicta que tu vida ha llegado a su final, pues acéptalo con dignidad: al fin y al cabo, no te quedan más opciones».
23 de febrero de 2013
Desperté con un leve dolor de cabeza. Los intensos rayos del sol chocaban contra mi rostro, lo cual me incomodaba. Después de restregarme los ojos un par de veces, observé hacia el lado izquierdo de la camilla y descubrí a mi madre hincada en el suelo. Dormía plácidamente, sin embargo, tomaba mi mano con mucha fuerza. Su fastuoso anillo de oro refulgía bajo el resplandor de la mañana; mi padre le había regalado dicho accesorio el día de su décimo quinto aniversario. Mi mamá despertó de un salto.
—¿Qué pasó? —preguntó, un tanto exaltada.
—No te preocupes, estoy aquí —le respondí al instante.
Ella suspiró y se tranquilizó.
—¿Cómo te sientes, hija mía? —me preguntó, rascándose los párpados.
—Mejor que nunca, madre. —Le dediqué una amplia sonrisa.
—Un día, ¿no es así?
—Así es, únicamente me queda un día de vida.
Ella cerró sus ojos y rompió en llanto. Las lágrimas resbalaban por sus frías y pálidas mejillas. Sin pensarlo dos veces, tomé su mano y le dije:
—Mamá, yo jamás me alejaré de ti, permaneceré en tu corazón para siempre.
Acariciaba mi cabello mientras me miraba con ojos de dolor. Ya eran las seis y media de la mañana, mi padre no se encontraba con nosotras en ese momento, ya que él se estaba encargando de todos los asuntos relacionados con el funeral: la ceremonia de despedida, el ataúd, etc.
Observar el amanecer es una experiencia maravillosa: este transmite mucha tranquilidad y motivación. Mi madre soltó mi mano y se dispuso a preparar mis maletas. Lo que ansiaba hacer, era correr hacia el mar y sumergir los pies en sus frías aguas. Mis ojos brillaban como nunca antes y reflejaban sincera felicidad. Mi madre, asombrada, me preguntó:
—Hija, ¿por qué no lloras?
—Porque no vale la pena derramar más lágrimas, mamá; al contrario, es mejor repartir sonrisas y mantener una vibra positiva —le contesté con una voz dulce y apacible.
—Eres incluso más fuerte que yo —expresó, tratando de contener el llanto.
Me abrazó y recibí su calor. Una ola de recuerdos de mi infancia inundó mi cabeza. Después de nuestro pequeño momento afectivo, mi madre me besó en la frente y ambas abandonamos la habitación. Ya dentro del auto, admiré la gran ciudad a través de la ventana. La felicidad me invadió por completo, ya que por fin iba a salir del hospital por unas cuantas horas.
«Esta es mi última oportunidad para valorar cada segundo de mi vida», pensé, subiendo la mirada hacia el cielo.
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