23-Suya

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Suya

Enid sentía los cálidos dedos de Constantine sujetando sus mejillas. Mientras seguía dejándose llevar por sus labios que poseían los suyos decididos, aplicando amor en su alma e implorando su entrega.

Acomodó sus manos en las muñecas del príncipe, aquellas que eran más grandes que las suyas y que acababa de descubrir que le encantaban.

Los besos sonoban y Enid se preguntó si estaría mal, aunque en verdad no importaba. Quería disfrutar de él lo más que le fuera posible. Abrió los ojos con cuidado al sentir como posaba su frente en la de ella y besaba la punta de su nariz.

Se encontró con un brillo especial, que ya estaba empezando a familiarizarse con él. Sus ojos eran preciosos y un tanto expresivos. Lo que le gustaba, eso sí que le gustaba. No eran una belleza, dado que no poseía aquellos verdes y azules a los que la sociedad catalogaba como lindos y bien parecidos. Esos ojos que la miraban con amor expresado en todo su iris, eran únicos, ese color como la miel traspasaba las tonalidades de lo que era amabilidad y respeto hacia una persona, denotando cariño y cuidado hacia ella, protección, amor... un mundo; ofreciendole un espacio que solo podía explorar si se dejaba llevar, si se dejaba guiar por él.

Constantine estaba totalmente seguro, como si de que era sobrino del príncipe regente se tratase, que había casi conquistado el corazón de Enid. Lo veía en sus ojos, aquella forma cálida de mirarle se lo aseguraba. Le gustaba como temblaba cada vez que tomaba sus labios, cuando la abrazaba y el calor de sus cuerpos se mezclaba. Posó su frente en la de ella con sumo cuidado y luego le dio un beso en la nariz.

-Enid, tengo que partir y me temo que no nos volveremos a ver en mucho tiempo-añadió en voz baja y con pesadez acariciando sus mejillas con los pulgares.

La joven cerró los ojos. Como si eso fuese lo último que quisiera escuchar. En verdad así era. No podía creer que él se iría tan pronto de su lado y que durara en sus manos tan poco tiempo. Dejó de pensar con egoísmo y depositó un beso sin florituras en la palma acoplada en su mejilla, cerca del dorso.

El rubio vio aquello y tragó en seco. Enid le estaba demostrando cosas en esos momentos que estaban consiguiendo que se pusiera tieso de inmediato. Él y todos los miembros de su cuerpo.

-Me-Me gustaría que te quedaras... un poco más-el tono vacilante con una nota de súplica oculta hicieron que le diera un vuelco el corazón-. P-Pero ti... tienes que cuidarte y... y estar a salvo-Enid sorbió por la nariz. ¡Dios santo, que hermosa estaba!-Me imagino que al venir aquí...-los dedos le temblaron al posarlos sobre su pecho y los ojos verdes miraban aquel punto en específico-, estuviste expuesto al peligro y quizás... quizás te pueda ocurrir a-algo por mi-mi culpa... ¡no quiero ni pensarlo!-al concluir los dedos de Enid apretaron con rigidez la tela que estaba debajo, Constantine apoyó una mano en aquellos delicados dedos apretados en puños. Los sintió, sintió sus contracciones y pudo jurar que cada una de ellas llegó a su corazón como lo hicieron sus palabras.

La joven se dio cuenta cuando sintió el toque en su barbilla de que estaba llorando. Se guardó los sollozos para ella y siguió ese toque que le exigió de manera silenciosa y delicada que lo mirase.

-Shhh-susurró bajito tratando de calmarla-Dame tus ojos, cariño-escrutó su rostro viendo como de inmediato conectaba sus miradas. La observó tratando de impartir con los suyos aquella calma que sabía, ella necesitaba. Estaba rebosante de amor por ella-. Tranquila, sé muy bien a lo que te refieres amor, pero no hay necesidad de que llegues a esos lados, princesa-siguió surrando mientras besaba decidido aquellas líneas finas que se habían derramado de sus ojos producto de sus lágrimas. Descubrió que a ella se le coloreaba la nariz cuando lloraba y un sentimiento lleno de ternura le embargó.

Entre dos NoblesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora