2-La invitación

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Romperle el corazón a una señorita y más a una con los sentimientos a flote, como los tenía arraigados Enid era muy fácil como si de respirar se tratase.

Lloraba allí en el suelo de su habitación con el corazón hecho trizas y la garganta seca. Lloraba en silencio, cosa que, le agregaba más dolor al acto. Sus lágrima caían de manera paulatina por sus coloradas mejillas. Las manos le temblaban haciéndole saber que con ellas contenía cualquier pequeño sollozo que le pudiera salir de la boca.

A pocos centímetros de ella se encontraba una carta, la cual era el motivo por el que lloraba así, a contención.

Las esperanzas que había tenido en el amor se habían ido en aquel viaje improvisado de su amado Evans.

Un gemido se le escapó de los labios y cerró los ojos con fuerza y los recuerdos de unos días atrás llegaron a ella como el impacto de una taza de té al romperse.

Esa mañana, la había sorprendido con una rosa del jardín—rosa que, todavía guardaba—le dio el hermoso detalle cuando ella se encontraba despistada mirando al pequeño Henry dormir en la sala de estar.

Lágrimas de felicidad que se asomaron en sus ojos, al recibir el delicado detalle, no significaron nada comparadas con los latidos presurosos de su débil corazón. Y ver la sonrisa y amor con la que el susodicho caballero se la entregaba, terminaron de copar sus sentimientos por él.

—Quería...—le había comenzado a decir. Su voz sonaba cariñosa, llena de amor—, que supieras que voy a estar lejos de la mansión por unos días, Enid.

Le encantaba oír su nombre, así de esa manera que parecía ser saboreado en sus labios.

Se acordaba que sus dedos habían temblado al tomar la flor y llevarla a la nariz para poder oler el perfume que impregnaba.

—Gracias, Milord—No sabía cómo responder a tan hermoso detalle. Pero trató de mirarlo a los ojos fijamente, para así poderle transmitir lo cuan agradecida estaba en verdad.

Lord Evans sonrió.

—Vuelvo pronto—se acordaba de la calidez de su mano al posarse en su mejilla izquierda y de la suavidad de sus dedos al acariciarle con delicadeza—. Cuando vuelva, Enid, hablaré con mi madre y con todos y le contaré sobre lo nuestro...

En verdad no tenían nada, pero la gargolita que la joven llevaba en la cabeza la animó a quedarse callada y dejarle hablar.

—Nos juntaremos y seremos...

—¿Cre-Crees qué aceptaran lo nuestro, milord?—la pregunta había dejado al conde sin habla. Su voz al hacerla estaba llena de precaución. Notó un poco de vacilación en sus ojos por momento, pero Evans la tranquilizó de inmediato con un beso amortiguado en los labios.

—No te preocupes por nada. Claro que aceptarán—Le sostuvo la mirada y luego volvió a besarla.

Estuvieron al punto de ser descubiertos por Mary, quien no ser porque se había acercado cantando los pudo haber encontrado con las manos en la masa.

Que tonta e ilusa había sido. ¿Cómo se creyó estar a la altura de un hombre tan decidido y ejemplar como el conde?, ¿Cómo llegó a imaginar que él la querría sin dote alguna y sin saber qué iba a pasar con ella dentro de unos años en la sociedad? Que desfachatez había tenido al pensar tales sandeces y todo por un amor que no le era correspondido ni en sus sueños. Para nada le sirvió soñar despierta todas aquellas noches, que durante el insomnio no pudo dormir, solo pensando en los besos compartidos, en las palabras y caricias dichas y recibidas ¿para quedar así? ¿con el corazón abatido?

Entre dos NoblesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora