Keira Gray tenía una vida bastante normal, al parecer. Vivía en el condado de Arizona, en Phoenix, con su madre. Iba a clases de Ballet desde los cuatro años, en donde conoció a la que se volvería su mejor amiga, Bella Swan, quien fue su compañera d...
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Me tomó mucho tiempo procesarlo. Mientras que mi madre dormía, yo estaba en la cocina preparando café. Subí con aquella taza humeante y pegué un brinco en cuanto vi al chico alto, rubio y jodidamente atractivo frente a mí.
Pasé saliva y él sonrió, dando un paso para acercarse. Pero cuando lo hizo, yo retrocedí, por lo que él borró su sonrisa y hundió las cejas, sin entender el porqué de mi reacción.
Él entornó los ojos y me miró de arriba abajo, luego relajando su expresión un poco.
—Tienes miedo —afirmó—. Tu corazón late muy rápido.
Y aunque estaba nerviosa, no tenía miedo. Lo que él no sabía es que mi corazón latía rápido por otra razón. Razón que estaba de pie frente a mí, que me miraba con atención, intentando descubrir qué era lo que sucedía.
—Ya lo sé todo, Jasper —demandé con firmeza, pero tratando de no hacer mucho ruido para no despertar a mi mamá—. Sé lo que tú y tu familia esconden.
Dejé la taza en mi escritorio, sin quitarle la vista de encima. Él se relamió los labios y bajó la mirada, para luego meter sus manos en el bolsillo de su pantalón.
—Ahora me temes.
—No —me apresuré a decir, a pesar de que me sentía nerviosa. Me senté con cautela en la cama y palmeé el edredón, esperando que él tomara asiento a mi lado—. Solo es muy shockeante.
—Te lo contaré todo —se sentó a mi lado y examinó mis ojos con premura.
Habíamos quedado relativamente cerca, y mi corazón se había acelerado mucho más al notar el dorado brillante de sus ojos. Nos quedamos en silencio durante unos minutos, segundos... No sé por cuánto tiempo, solo sé que luego agaché la cabeza, mordiendo mi labio para ocultar el sonrojo que eso había ocasionado.
Jasper levantó la manga de su camisa y extendió su brazo; blanco, pálido. Fruncí el ceño y ladeé la cabeza y él soltó una pequeña risa.
—Para ustedes no son fáciles de ver —no entendí a lo que se refería hasta que tomó la lámpara de mi mesa y alumbró su brazo. Lo miré con los ojos abiertos y el ceño fruncido.
—¿Eso es...?
—Marcas de guerra —completó él. Su brazo estaba cubierto de cicatrices de mordidas. Mordidas como de un humano, solo que yo sabía que no se debía a eso.
Algo dubitativa, pasé la yema de mi dedo índice por su brazo. En el primer toque, Jasper entreabrió los labios, sorprendido de mi acción. Pasé saliva pero no me detuve. Remarqué el camino de cada marca y me detuve en la parte de su muñeca, dejando la palma extendida allí, sin moverla.
—Jasper Whitlock Hale es mi nombre real —comenzó a relatar, y yo sin quitar mi mano, levanté la cabeza para observarlo con atención—. Nací en 1843, en Houston, Texas. Cuando tenía casi 17 años, mentí acerca de mi edad, alegando que tenía 20, para poder unirme al Ejército Confederado para servir en la Guerra Civil.