Keira Gray tenía una vida bastante normal, al parecer. Vivía en el condado de Arizona, en Phoenix, con su madre. Iba a clases de Ballet desde los cuatro años, en donde conoció a la que se volvería su mejor amiga, Bella Swan, quien fue su compañera d...
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A penas mis pies se lograron despegar del suelo. Caminé algo nerviosa en medio del estacionamiento, en medio de todas esas miradas sorprendidas y celosas. Pronto, levanté la cabeza para ver a Jasper, y él me dedicó una sonrisa que me dio seguridad. Mis pasos se volvieron firmes y entonces carraspeé.
—¿Es normal que nos miren tan fijamente? —pregunté.
Él asintió. Sin mirarme, su vista más bien estaba fija en todas las demás personas, cambiando de vez en vez.
—Están sorprendidos. Nunca me habían visto con alguien —me contó y ladeé la cabeza.
—Creí que no leías mentes.
—No lo hago —me miró y sonrió—. Pero tengo una audición increíble, así que escucho todo lo que murmuran. ¿Quieres saber lo que dicen?
Sacudí la cabeza. Preferí —a pesar de morirme de curiosidad por saber qué decía la gente—, no preguntar. No quería escuchar los malos comentarios. Claro que sabía que también habían muchos buenos, pero opté por quedarme en silencio, disfrutando de la cercanía de Jasper.
A lo lejos, vi a mis amigos. Ángela, quién me veía con una enorme sonrisa, levantaba los pulgares en el aire. Mike, Tyler y Eric me miraban boquiabiertos y Jessica estaba perpleja. Yo les dediqué una pequeña sonrisa ladina mientras que llegábamos por fin al edificio en el que tendríamos literatura.
Me giré un poco y por encima de mi hombro, pude ver cómo Bella miraba con fijeza a Edward y luego caminaba hacia el bosque. Él la siguió y casi de inmediato sentí un escalofrío recorrerme de pies a cabeza. Esperaba que todo saliera bien, porque sabía lo hondo que Edward había calado en el corazón de Bella, y una vez allí...
—Va a estar bien —me consoló Jasper colocando una mano en mi espalda baja.
Al instante una profunda calma me invadió y no supe si fue por lo que él era capaz de producir en mí, o porque estaba usando sus dones. Aún me costaría algo de trabajo acostumbrarme a él, a sus habilidades, a su caballerosidad... ¿Había hecho algo demasiado bueno en mi vida pasada como para haberlo conocido?
Con su brazo allí, rodeó mi cintura de nuevo, me atrajo hacia su cuerpo y cuando sonó la campana, comenzamos a caminar hacia nuestra clase de literatura. Fuimos los primeros en llegar, y nos sentamos en el último asiento de la última fila.
—¿Es cierto que duermen en ataúdes? —susurré, y Jasper soltó una pequeña carcajada.
—No, eso es mentira —me dijo soltando una pequeña risa—. Yo no duermo.
—¿Nunca? —pregunté, curiosa.
—Nunca.
Entreabrí los labios, sorprendida—. Si te muestro ajo...