Me acerqué al cristal hasta que mi aliento empañó la superficie. Allí, en el centro de aquel rostro de porcelana, mis ojos me devolvieron una mirada que no reconocía. Ya no eran del azul profundo que dictaba la historia; ahora brillaban con un tono...
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La nieve caía sobre el patio trasero del castillo, pero no lograba apagar el calor de la pira que crecía ante mis pies. Nueve veces. He muerto nueve veces en este lugar maldito, y ni el frío del bosque ni la blancura del invierno pueden limpiar la mancha de mis supuestos pecados.
Creí que esta vez la ruta sería diferente. Me juré que mis pasos me llevarían lejos de este patíbulo, pero aquí estoy, al borde de ser consumida por las llamas junto a mis recuerdos.
—¡Aquí, en presencia de su Majestad y la Gloria de Sandez! —la voz del Juez cortaba el viento helado como una cuchilla—. ¡Que la Bendición de Oro caiga sobre nosotros mientras damos fin a la traidora Lise Brave!
El pueblo rugía. Sus gritos eran más hirientes que las astillas de madera bajo mis pies desnudos.
Me lanzaban restos de comida y maldiciones, culpándome de que el Santo Grial les hubiera dado la espalda. Me llamaban cortesana, conspiradora, asesina.
¿Qué hice para merecer esto? —pensé, sintiendo un vacío desgarrador—. Yo les di mi silencio. Yo guardé sus secretos sucios bajo mi lengua mientras ellos conspiraban para hundirme. Intenté salvarlos, y así es como me pagan. Miré hacia el palco real. Allí estaba él. Edian.
—Me prometiste libertad —susurré, aunque el viento se llevó mis palabras—. Me dijiste que bailaría como una flor en un camino desconocido. ¡Pero tú me rompiste los pétalos!
Endulzaste tus frías palabras con actos de caballería que solo eran una máscara de teatro. Fui una marioneta que cayó rendida ante un filtro de amor diseñado para destruirme.
Deseaba tanto ser como él: fría, capaz de apartar la vista y decir que todo "estaba previsto". Pero mi pecado fue humano. Mi pecado fue desear un abrazo, una palabra que me dijera que todo estaría bien. Me convertí en una concubina que suprimía cada gramo de dignidad para no parecer vulnerable ante el hombre que sostenía la antorcha.
Recordé mi otra vida. Aquel mundo de redes sociales, de problemas banales que ahora parecen un paraíso perdido. Comparado con este infierno, mi hogar se siente como un sueño que se desvanece entre el humo.
—¿Cuánto más debe sangrar mi alma? —sentí una risa amarga nacer en mi garganta mientras el fuego lamía los bordes de mi vestido—.
Si este es el final de mi novena vida, que así sea. Que este dolor se grabe en cada rincón de mi ser.
Cerré los ojos mientras el calor se volvía insoportable. Pero esta vez, la desesperación se transformó en algo más oscuro. Algo letal. Si regreso... si el destino vuelve a girar la rueda, juro que no habrá piedad.
No los mataré rápido. No será una caída limpia como la de un tomate que se estrella contra el suelo, tiñéndolo todo de un rojo desesperado. No. Los destruiré lentamente.
Haré que sus actos infraganti salgan a la luz hasta que se ahoguen en su propia saliva. Si el valor de una dama en este imperio depende del rango, entonces me convertiré en la cima de esa montaña.
Seré yo quien mueva los hilos. Seré yo quien ría mientras su "Bendición de Oro" se convierte en cenizas. —Hasta entonces... —murmuré mientras las llamas me abrazaban—. Disfrutad de vuestro reino, porque cuando despierte, el fuego será mío.
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