Acto V: El Tablero del Imperio y los Aliados Invisibles

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La lluvia golpeaba rítmicamente contra las vidrieras de la biblioteca ducal, un espacio vasto donde el olor a cuero viejo y sándalo envolvía a Julian

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La lluvia golpeaba rítmicamente contra las vidrieras de la biblioteca ducal, un espacio vasto donde el olor a cuero viejo y sándalo envolvía a Julian. El joven bibliotecario no era un simple empleado; era el hijo de una familia noble caída en desgracia, un erudito cuya mente era un mapa de leyes antiguas.

Mientras ordenaba los pergaminos que Lise había "auditado" la noche anterior, un mensajero imperial, vestido con el uniforme de seda carmesí del Palacio del Sol, irrumpió en el recinto.

—Un mensaje sellado para el Duque de Brave Ladington —anunció el mensajero—. Con copia para la Duquesa Roselia. El Emperador exige noticias sobre el debut de la "Rosa de Lila"

Julian, oculto tras una pila de libros, escuchó el contenido. El Emperador estaba impaciente; corría el rumor de que el Ducado estaba en quiebra y quería asegurar que Lise fuera entregada como garantía de paz o moneda de cambio matrimonial.

Pensamiento de Julian: Están cazándola. El Duque la ve como una deuda pagada, y el Emperador como una propiedad estatal. Pero ella... ella vio en mis libros lo que nadie más vio.

Lise, hay una cláusula en el contrato de sangre que tu padre firmó: si la dote de la madre no es devuelta antes del debut, el título pasa a la línea femenina. Debo hacérselo saber.

Esa misma tarde, Julian deslizó una nota entre las páginas de un libro de poemas que envió a la torre de Lise a través de una de las sirvientas plebeyas que la admiraban en secreto.

Helena, consumida por la rabia y el miedo a ser reemplazada, decidió que el "accidente" de Lise debía ocurrir esa misma noche. Convocó a dos de sus guardias personales —hombres que no respondían al Ducado, sino a sus monedas de oro— y les ordenó esperar en el corazón del laberinto de espinas.

Sin embargo, Helena no contaba con el instinto de Roselia, la madre de Lise. La Duquesa, aunque parecía frágil, tenía una red de informantes entre las costureras del palacio.
Roselia entró en la torre de Lise justo cuando esta se preparaba para cenar.

—Hija —dijo Roselia, tomando las manos de Lise. Sus ojos estaban llenos de una tristeza profunda, pero también de una chispa de acero—. No vayas al jardín esta noche. Helena ha pedido que "limpien" las estatuas del centro del laberinto a deshoras. Es una señal.

—Madre, ¿por qué me dices esto ahora? —preguntó Lise, sorprendida por la claridad de su madre.

—Porque durante años permití que el Duque me apagara para protegerte —susurró Roselia—. Pero veo tus ojos, Lise. Ya no eres la niña que necesita ser protegida. Eres la mujer que va a salvarnos a todas. Toma esto.

Roselia le entregó un pequeño frasco con un líquido plateado: un antídoto universal que la familia de su madre había guardado durante generaciones.

Pensamiento de Lise: Madre no es una víctima; es una sobreviviente que estaba esperando un general. Con Julian dándome la ley y mamá dándome los medios, Helena está caminando hacia su propia tumba.

A pesar de la advertencia, Lise decidió bajar al jardín, pero no sola. Sabía que Sir Alaric la seguiría. El entrenamiento no sería en un salón de baile, sino bajo la luz de la luna, cerca de la entrada del laberinto.

—Enséñame a defenderme, Sir Alaric —dijo Lise, deteniéndose frente a él—. Si soy tan valiosa para el Imperio, debería saber cómo mantener mi cuello intacto.

Alaric la miró con severidad. Desenvainó una daga de práctica y se la ofreció por el mango.

—La defensa no es solo técnica, es anticipación. La Baronesa está observando desde el balcón. Muéstrame que puede ser un escudo antes de intentar ser una espada.

Mientras Alaric corregía la postura de Lise, susurrando instrucciones sobre cómo usar el peso del oponente en su contra, una presencia los observaba desde la sombra de un gran roble en el linde del bosque.

Era Caelum, un hombre de capa gris y mirada penetrante, un noble de un ducado vecino que había llegado al palacio bajo la apariencia de un comerciante de telas de lujo. Nadie sabía que él era el verdadero "contacto" del mercado negro, el hombre que había estado comprando las deudas del Duque en secreto para Lise.

Pensamiento de Caelum: Mírate, pequeña rosa plateada. Bailas con un caballero mientras juegas con un imperio. No voy a interferir en tu plan, porque verlo desplegarse es el mejor espectáculo que he presenciado en años. Pero cuando el palacio arda, seré yo quien esté esperando en las sombras para llevarte a un trono de verdad.

Lise sintió una mirada en su nuca, diferente a la de Alaric o la de Helena. No era una mirada de amenaza, sino de... expectativa. Ella no se giró.

Siguió practicando el tajo con la daga, sintiendo cómo sus músculos, antes débiles, empezaban a responder a su voluntad.

—Bien —murmuró Alaric, sus dedos rozando los de Lise al corregir su agarre—. Pero recuerde, Princesa: en este lugar, incluso las sombras tienen oídos.
Lise sonrió, una sonrisa gélida bajo la luna.

—Entonces que escuchen, Sir Alaric. Que escuchen cómo se prepara su caída

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