El Banquete de las Apariencias

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Me detuve a unos metros de la mansión. Visto de cerca, el lugar era insultantemente elegante; una estructura imponente rodeada de jardines meticulosos y un laberinto que se extendía como una advertencia.

Los sirvientes se movían con la precisión de piezas en un reloj suizo, divididos en facciones: los de rango y los plebeyos que trabajaban para pagar deudas. Sus miradas hacia mí eran una mezcla de lástima y desprecio.

—Debió de ser duro cargar con esto —susurré para la antigua Lise—. Pero no será igual.

Haré que te reconozcan y, sobre todo... ¡haremos dinero! ¡Dinero, dinero, quiero dinero!

Aprovechando que no había nadie a la vista, me permití un pequeño y ridículo "baile de hule". ¿A quién le importa? Pronto verían de lo que soy capaz.

—¿Cazar hombres como el Duque que abandonan a sus hijas? —bufé—. Si ese viejo estuviera en mi época... Pero no, estoy en un lugar diferente. ¡YEEEEEEAH!

Lancé un grito de victoria al aire. A lo lejos, las mucamas se detuvieron, preguntándose qué le pasaba a la "princesa" que, tras un mes de colapso por malnutrición, ahora parecía tener una energía maníaca. No sabían que el cascarón vacío ahora albergaba un alma de acero.

 No sabían que el cascarón vacío ahora albergaba un alma de acero

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Al llegar a la gran puerta, el aire cambió. Adopté una postura rígida, ocultando mi agitación tras una máscara de frialdad.

—Buenos días, señorita Lise —dijo una mucama haciendo una reverencia.

—Es un gusto volver a verla, princesa. ¿Cómo se encuentra de salud? —preguntó el mayordomo jefe. Sus ojos eran los primeros que no me miraban con desprecio.

—Estoy bien, gracias por su preocupación —respondí con calma—. Padre está adentro con la familia y la Baronesa, ¿no es así?

—Así es —asintió él antes de anunciar mi entrada.

Antes de cruzar el umbral, le pedí al mayordomo que pasara más tarde por mi habitación; era el único aliado potencial que veía en ese pasillo.

Al entrar al comedor, la atmósfera me golpeó como un muro físico. El aura de mi padre era pesada, intentando proyectar un relax forzado.

Mi madre, Roselia, estaba allí; era tan bella que me dolía el pecho. Merecías algo mejor que este hombre, pensé.

Entonces, mis ojos se cruzaron con los de mi abuela. Ella no me miraba como un peón. Su mirada era la de una madre preocupada, cargada de una culpa silenciosa por no haber podido frenar los desvaríos de su hijo.

Una opresión me cerró la garganta. ¿Tal vez ella no era parte del complot?
—¿Bueno, no piensas tomar asiento? —la voz de mi padre cortó mis pensamientos—. ¿O es que los nervios te comieron la lengua?

—Espera, cariño —intervino mi madre con voz quebrada—. Acaba de levantarse tras ese... incidente.
Roselia sollozaba en silencio, sus ojos fijos en mí como si fuera un milagro.

—Lamento hacerles esperar, madre, padre... abuela —dije con una elegancia que los dejó mudos—.

Bendiciones sobre ustedes, mi más bella familia. ¡Ah! Me olvidaba de saludar a alguien...

La Baronesa Helena soltó una risita afectada.

—Jo, jo, jo. Pensé que se había olvidado de mí, princesa. ¿Debería presentarme?

—No es necesario —sonreí de manera angelical, una sonrisa que no llegaba a mis ojos lila—. He oído de usted en el camino. Bienvenida, espero que disfrute de su estadía.

Hice una reverencia perfecta, recogiendo mi vestido gris de ambos lados.

Parecía salida de un cuento, pero por dentro estaba haciendo un inventario de sus debilidades.

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