Alianzas, Venenos y Sombras

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El estruendo de la puerta al cerrarse tras el Duque y Helena dejó un silencio sepulcral en el comedor. Lise, aún con el rostro húmedo por las lágrimas, sintió la mano cálida de su madre, Roselia, sobre su hombro.

—Hija, descansa. No permitas que sus palabras te rompan —susurró Roselia con el corazón en la mano.

Lise asintió débilmente, pero sus ojos, ocultos tras su cabello plateado, buscaban a la verdadera jugadora en la sala.

Antes de retirarse, Lise interceptó la mirada de su abuela. La anciana matriarca no se había movido; permanecía sentada como una estatua de mármol, sosteniendo su bastón de ébano.

—Abuela... —murmuró Lise, acercándose lo suficiente para que solo ella la escuchara—. Gracias por... protegerme.

La Abuela la observó fijamente. Por un segundo, el escalofrío que Helena tanto temía recorrió la columna de Lise. La anciana no sonrió, pero sus ojos se entrecerraron con una inteligencia punzante.

—No te protegía a ti, pequeña —dijo la Abuela con voz de grava—. Protegía el honor que tu padre está arrastrando por el fango. Pero dime... ¿desde cuándo tus ojos brillan con esa luz de quien ya ha muerto una vez?

Lise sintió un vuelco en el corazón. La Abuela no era una aliada fácil; era un espejo que veía la verdad.

—Desde que aprendí que el silencio es un arma, Abuela —respondió Lise con una chispa de su nueva determinación.

La anciana golpeó el suelo con su bastón una sola vez. Un código. Una señal de respeto. Lise tenía una mentora, si lograba sobrevivir lo suficiente.

Mientras tanto, al final del pasillo, Helena y el Duque entraban en el despacho privado

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Mientras tanto, al final del pasillo, Helena y el Duque entraban en el despacho privado. El olor a tabaco y ambición llenaba el aire.

—Esa niña es un problema, Helena —gruñó el Duque, sirviéndose un brandy—. Esos ojos... esa forma de mirarnos. No es la misma tonta de antes.

Helena se quitó los guantes con una elegancia depredadora.

—Es solo una reacción al trauma, querido. La fragilidad tiene muchas caras.

Pero no te preocupes, yo me encargaré de su "educación". La domaré para que sea el tributo perfecto que el Emperador desea.

Tú obtendrás tus tierras y yo... yo obtendré el lugar que Roselia ocupa por puro accidente de nacimiento.

Helena ya visualizaba el ducado bajo su control total, sin saber que su "diamante en bruto" ya tenía sus propias herramientas de corte.

Lise regresó a la torre, escoltada por el mayordomo que le había mostrado respeto. Una vez sola, cerró la puerta y su expresión de "niña rota" desapareció instantáneamente, reemplazada por la frialdad de una administradora de crisis.

Se acercó a la mesita de noche donde la sirvienta había dejado una taza de leche con miel "para sus nervios". Lise no bebió. En su lugar, sacó el alfiler de plata que había ocultado y lo sumergió en el líquido.

El metal no cambió de color, pero Lise, usando sus conocimientos prohibidos de alquimia, vertió una gota de la resina de las espinas alucinógenas que había recolectado antes. El líquido reaccionó, creando pequeñas burbujas aceitosas en la superficie.

—Sedantes —sentenció Lise—. Quieren mantenerme dormida mientras Helena organiza mi "debut".
No iba a tirar la leche. Usando un frasco de perfume vacío de la antigua Lise, guardó el líquido sedante.

—Si Helena quiere que tome mi medicina, se la devolveré en el momento adecuado —sonrió de forma gélida.

Abrió su "inventario" mental y trazó el plan de la semana:

Lunes a Miércoles: Fingir sumisión total ante Helena en las clases.
Jueves: Usar el contacto del mercado negro para obtener información sobre las deudas del Duque.

Viernes: Empezar a mover las piezas para que la Abuela y la Madre formen una facción interna contra Helena.

Lise se sentó frente a la ventana, viendo el laberinto sumido en la niebla. El juego de las apariencias había comenzado, y ella no solo iba a participar; iba a ser la dueña del casino.

Ciel mioWhere stories live. Discover now