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El salón de música era un mausoleo de lujo. Las paredes estaban recubiertas de seda color champán y los marcos de los retratos de los antepasados, bañados en pan de oro, parecían vigilar cada respiración de Lise.
El aire olía a cera de abejas, jazmín y el perfume empalagoso de Helena: una mezcla de rosas y almizcle que ahora llevaba el rastro invisible del sedante.
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Hacia el mediodía, el sol golpeaba los ventanales de cristal tallado, creando prismas de luz que bailaban sobre el piano de cola. Helena, que solía ser una estatua de rectitud, comenzó a parpadear con una frecuencia inusual. Sus dedos, que sostenían el abanico con la precisión de un cirujano, temblaron imperceptiblemente.
Pensamiento de Helena: ¿Qué es este peso en mis párpados? El calor debe estar afectándome... No, soy una Baronesa, mi cuerpo debe obedecer. Esta niña me está mirando... ¿me está mirando? Sus ojos lila parecen dos faros en medio de esta niebla que me nubla la vista. Debo... debo corregir su postura.
—Lise... —la voz de Helena salió más grave de lo habitual, arrastrando ligeramente las sílabas—. Tu espalda... parece la de una campesina cargando heno. Rectifícala.
Lise, que estaba de pie con un libro pesado sobre la cabeza, no se movió. Sus ojos, fijos en un punto en la pared, captaron cómo Helena se tambaleaba hacia atrás, buscando el apoyo de una silla de terciopelo.
Pensamiento de Lise: Ahí está. La gota de sedante en su pañuelo ha hecho su trabajo. Cada vez que se lo lleva a la nariz para "refrescarse", inhala su propia ruina. Mírate, Helena. La mujer que quería domarme no puede ni sostener su propia cabeza. Es hora de apretar un poco más.
—¿Se siente bien, Baronesa? —preguntó Lise con una voz cargada de una preocupación tan falsa que resultaba insultante—. Parece pálida. Quizás el esfuerzo de enseñarme es demasiado para alguien de... su posición.
—¿Cómo te atreves...? —Helena intentó levantarse, pero sus piernas se sentían como algodón. El mundo comenzó a girar. El salón de música, con sus espejos dorados, se convirtió en un torbellino de colores desenfocados.
El silencio en el salón se volvió denso.
Las mucamas en la puerta intercambiaron miradas nerviosas, pero nadie se atrevía a intervenir.
Lise dejó caer el libro al suelo con un estruendo seco que hizo que Helena saltara en su asiento, desorientada.
—¡El libro! —gritó Helena, pero su grito fue apenas un susurro ronco—. ¡Recógelo!
Lise se acercó lentamente. En lugar de obedecer, se inclinó hacia el oído de Helena, de modo que solo ella pudiera escucharla.
—El juego de las apariencias es agotador, ¿verdad? —susurró Lise, con una sonrisa que no era humana—. Descanse, Baronesa. Mañana... mañana seré yo quien dé las lecciones.
Helena intentó articular una palabra, pero su cabeza cayó hacia adelante, sumida en un sueño profundo y antinatural justo antes de que el Duque entrara en la habitación.
—¡Helena! —rugió el Duque al verla desplomada.
Lise se llevó las manos a la boca, fingiendo horror, con los ojos llenos de lágrimas instantáneas.
—¡Padre! ¡La Baronesa se ha desmayado de repente! Estaba regañándome y... y simplemente se apagó. ¡Estoy tan asustada!
Pensamiento del Duque: ¿Qué demonios pasa hoy? Helena nunca es débil. ¿Acaso el estrés de lidiar con esta hija inútil la ha quebrado?
Maldita sea, no puedo permitir que esto afecte los planes del debut.
El ambiente pasó de la rigidez pedagógica al caos médico en segundos. Lise, aprovechando el desorden de los criados cargando a Helena, recuperó discretamente el pañuelo contaminado y lo arrojó al fuego de la chimenea.
Evidencia destruida. Inventario actualizado: Helena fuera de combate por 24 horas.

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Ciel mio
RandomMe acerqué al cristal hasta que mi aliento empañó la superficie. Allí, en el centro de aquel rostro de porcelana, mis ojos me devolvieron una mirada que no reconocía. Ya no eran del azul profundo que dictaba la historia; ahora brillaban con un tono...
